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| 11/6/2000 12:00:00 AM

Biografía de un sueño

En una tarde imborrable, un animal de 300 kilos le espantó de una sola embestida su sueño de torero. Más tarde, su gusto todavía incipiente, por la acuarela, lo puso en el camino de una ilusión utópica: ser pintor. Así, para recorrer ese destino, hubo de enfrentar el escepticismo de los demás, pues salvo Flora Angulo, por intuición materna, y el tío Joaquín, por un inmenso afecto, nadie más creyó en sus dotes de artista.

Antes de cumplir los veinte años salió de Medellín, una ciudad encerrada entre montañas que preservaba su aire provinciano, y cuyas casas de techos de teja cocida conservaban, detenidas en el tiempo, amplios patios interiores, sus corredores adornados con geranios y su hilera de cuartos en galería hasta donde llegaba el aroma de azahares de los naranjos del solar. Las familias se reunían a la hora del almuerzo, había tiempo para la siesta y apenas uno que otro escándalo menudo alteraba la monotonía del ambiente. Los artistas de la tierra cimentaban futuros y atisbaban, si acaso, el arte universal, representado en láminas. Abandonaba, pues, Fernando Botero, al Medellín de 1951, para convertirse en uno de los más reconocidos artistas del mundo, poseedor de una expresión que mantenía intactas sus raíces atávicas, hundidas para siempre en su alma de creador, y que le imprimen a su obra una veta inagotable, que hace de lo provinciano un tema universal.



Nace un anhelo

De la misma manera como aparecen sus esculturas monumentales, que a partir del apunte toman cuerpo en dócil cerámica y luego son materia colosal, abrasada en el horno y cargada de brillos y de formas, nació la idea de una donación que fue, al principio, noble sentimiento, luego empeño generoso y después esperanzadora realidad. En el origen de este hermoso itinerario, subyace ese apego de Fernando Botero a su tierra, como nostalgia e inspiración, como indestructible cordón umbilical. En la cumbre de un éxito personal que nunca ha llegado a estropear el espíritu sencillo y descomplicado del artista, comenzó a gestarse la Donación Botero.

El 12 de julio de 1974, el recinto de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín estaba colmado de asistentes, entre quienes se destacaban el Maestro Pedro Nel Gómez, la crítica de arte Marta Traba y varios artistas e intelectuales de la época. Se inauguraba una Sala de Arte con una muestra fragmentada de la obra de Fernando Botero, quien se dirigía al público a través del micrófono. En ese momento alzó la voz Teresa Santamaría de González, una mujer intelectual y culturalmente adelantada a su tiempo, y que había rescatado el Museo de Antioquia del desván en el que agonizaba, y le preguntó a Botero si podría venderle al museo una obra pagadera por cuotas, de la misma manera como los almacenes de telas del centro de la ciudad lo hacían con sus clientes. Y agregó con mucha gracia: "O mejor por club, a ver si nos lo ganamos". La propuesta originó risas entre los asistentes y una respuesta inmediata y generosa de Fernando Botero. Allí, comenzó a concebirse una donación de obras que 23 años después permitiría nombrar a Medellín como la Ciudad de Botero y señalaría a Colombia como la cuna de uno de los grandes maestros del arte contemporáneo.

Fue así como llegó a Medellín un guacal, el primero, que contenía "La Plegaría", una óleo cargado de humor e ironía y con el cual Botero participó en la Bienal de Arte de Coltejer, en 1970. En un extremo del lienzo se ve al artista arrodillado en una devota acción de súplica frente a la imagen de la Virgen, a quien le pide el milagro de un premio; su figura está envuelta en simbólicas culebras, y al otro extremo del cuadro, se ve un cartel a modo de Ex - voto, que agradece por anticipado el favor recibido. Con la llegada de la obra, Botero dijo una frase que habría de convertirse en estribillo a lo largo de esta historia: "...Si remodelan el Museo, si lo amplían, estoy dispuesto a regalar más obras a mi ciudad".



La primera Sala

Ese mismo año y a raíz de la condecoración que el Gobierno Venezolano le impuso a Botero, con ocasión de una retrospectiva de su obra, el periodista Darío Arizmendi, por aquella época Jefe de Redacción del periódico El Colombiano de Medellín, sostuvo una charla con el artista, quien estimó en unas quinientas las obras ejecutadas por él hasta entonces, no todas adquiridas, ya que había decidido guardar quince de ellas en una caja fuerte en Nueva York, para su propia colección. "…O para…" agregó con ademán de soñador; dos palabras que se perdieron en el aire, cortadas por su propia risa nerviosa. El periodista, inquisitivo, logró llevarlo otra vez del pensamiento a las palabras y Botero habló entonces de regalar esas obras a su ciudad. Aquello era apenas una idea, o como él mismo aclaró, "pensamientos que se le pasan a uno por la cabeza".

Después de inaugurada la retrospectiva en Caracas, dijo que no lo amargaba el hecho de ser condecorado por un país extranjero antes que por el suyo y que le gustaría llevar la exposición a Medellín, su ciudad natal, donde, paradójicamente, no se le conocía de verdad. Una frase expresó la generosidad de su propuesta: "No cobro nada y ningún cuadro está para la venta". La frase se convirtió primero en reto y luego en convocatoria. Se creó en Medellín un movimiento encabezado por Teresa Santamaría de González y Teresa Peña de Arango, Presidenta de la Junta y Directora del Museo, respectivamente, mientras Jorge Molina Moreno, por entonces presidente de la Compañía Suramericana de Seguros, creaba un fondo de contribuciones para financiar la traída de la muestra a Medellín.

Sin embargo, otro futuro tuvieron aquellas palabras. Lo que comenzó como la organización de una exposición, se transformó, gracias a la insistente promesa, en donación. Botero declaró que si el Museo de Antioquia fuera remodelado y ampliado y si una de sus salas fuese bautizada con el nombre de su hijo Pedrito, muerto trágicamente, estaría dispuesto a donar a Medellín algunas de las quince obras que tenían para él, no sólo un valor artístico, sino sentimental. Así pues, la idea que el mismo Botero había considerado como "algo alocada", se convirtió en realidad, y el 11 de agosto de 1976, el artista vino a Medellín a confirmar la donación de quince de sus obras más representativas, que quedarían en aquella sala y guardarían, para siempre, la memoria de Pedrito. La directora del Museo asumió aquello como una orden manifiesta y de inmediato convocó al Alcalde de la ciudad, Víctor Cárdenas Jaramillo, quien aceptó el desafío de remodelar el Museo, mediante una asignación inicial de tres millones de pesos. La firma Arquitectos S.A. donó los diseños y Bernal Llano Arquitectos se encargó de la construcción, sin ningún cobro por concepto de honorarios. Para conseguir el valor de lo presupuestado, los directivos de la institución pensaron en todas las posibilidades, hasta en hipotecar el Museo al Banco Industrial Colombiano, propuesta que confundió tanto a la Junta del Banco, que optaron más bien por una donación en efectivo de trescientos mil pesos.



Crece la Donación

El 23 de septiembre de 1976 llegó el primer envío de pinturas, como culminación de una verdadera odisea en la que nada fue fácil, ya que implicó desde negociar con el Estado, los absurdos aranceles exigidos, nada menos que a un patrimonio artístico, de beneficio para la comunidad, hasta la lucha para evitar que los guacales permanecieran en un patio, a la intemperie. La empresa Avianca se hizo cargo del valor del flete, valorado en 23 mil pesos y un grupo de compañías asumió el seguro de transporte. El valor de las obras se estimó en diez millones de pesos. Durante varios días, el propio Botero se enclaustró en su sala para colgar personalmente las obras, en largas jornadas de trabajo, que interrumpía brevemente para comer algo sencillo, que le traían de algún café vecino. Quienes estuvieron a su lado, recuerdan que al anochecer bebía ron para mitigar la fatiga del día.

El 16 de septiembre de 1977, el Museo de Arte de Medellín Francisco Antonio Zea, fue reinaugurado con nuevas salas y auditorio. El costo total de la remodelación fue de seis millones de pesos, de los cuales el Municipio aportó tres y medio y la empresa privada el resto. Y otra vez cobró vigencia el "estribillo", pues al final del último logro, quedaba en el aire aquella frase insistente que ofrecía la llegada de más obras, condicionada a la ampliación de los espacios, proyecto orientado hacia la expansión de la segunda planta y compra de los inmuebles vecinos, idea que, más que proyecto, fue un sueño que nunca se realizó.

Durante la inauguración, Botero volvió a fantasear en voz alta cuando dijo que estaría dispuesto a donar una sala de sus esculturas, siempre y cuando al Museo le cambiaran el nombre por el de Antioquia. "Sería más sonoro, estimularía a la raza antioqueña, sería más universal y cobijaría todas las actividades y manifestaciones artísticas del Departamento". Como reacción típica en un país de leyes, la propuesta no tardó en desatar una encendida polémica que se prolongó durante años y que involucró a políticos, gobernantes, editorialistas, columnistas, intelectuales y ciudadanos comunes; hasta Germán Zea Hernández, entonces Ministro de Gobierno, se convirtió en encarnizado opositor.

Los amigos del apellido Zea se enfrentaron a los amigos del arte. El debate se convirtió en asunto de Estado; nunca antes se había hablado tanto del Museo, como en aquella ocasión, ni aún en las continuas crisis que lo ponían al borde del cierre por la indiferencia de los gobernantes y ciudadanos. Resultaba irónico que en su afán de oponerse al cambio de nombre, los detractores que decían defender la memoria del prócer Francisco Antonio Zea, ignoraban el hecho de que la casa donde él nació, se caía a pedazos, solitaria y abandonada, a escasos metros del Museo.

Quienes se afanaban por abrir el Museo al mundo del arte, insistían en el cambio de nombre. Si la última sentencia se inclinaba por el apellido del prócer, Antioquia perdería las esculturas y Bogotá ganaría la posibilidad de un Museo Botero. "Todo depende de la sala que se construya en el Museo de Antioquia. Si hay espacio suficiente, las veinte esculturas no tardarán en llegar".



De polémica a Sala de esculturas

Mientras tanto, el 15 de noviembre de 1977, Botero mostró sus esculturas por primera vez en el Grand Palais de París, lo que significaba comenzar en el lugar en donde terminan los escultores consagrados. La singular noticia aumentó el interés de muchos y se pensó, entonces, que ahora con mayor razón había que complementar la Sala Pedrito Botero, con una sala de esculturas.

Pero la promesa de donación no fue suficiente para obrar el milagro. Vinieron siete años de polémicas, registradas en un voluminoso archivo de prensa que da cuenta de la miopía de algunos y de la visión de otros. Para entonces María Eugenia Villa era la Directora del Museo y, en consecuencia, la encargada de dar la contienda. Luego tomó el mando Lucía Montoya, a quien le tocó culminar el proceso. Hoy resulta mucho más fácil para el cronista someter los sucesos de aquellos años a la estrechez de unos pocos párrafos, que para los protagonistas lograr semejante victoria, con lo cual estaban construyendo las bases para el renacimiento de un gran Museo.

El 30 de agosto de 1984, un poco más de un siglo después de haber sido fundada, se reabrió la institución con el nombre de Museo de Antioquia, gracias al uso de plenas facultades de la Junta Directiva y una determinación tomada contra todos los vientos; no obstante, que la decisión fue demandada ante el Consejo de Estado, el fallo a favor del Museo dio paso a su extraordinaria transformación.

La remodelación tuvo un costo de veinte millones de pesos y fue la Cooperativa de Habitaciones, amparada en un decreto basado en aportes para las artes, la que donó los diseños y se encargó de las obras civiles.

La noche de la inauguración de la nueva sala, Botero dijo: "Mi intención con el cambio de nombre era conmover a los antioqueños con el espíritu regional. Creo que el nombre es la base del éxito de algo. Por ahora, lo más importante son los planes para ampliar el Museo…" Vuelve la frase promesa a quedarse en el ambiente durante los siguientes doce años. Quedó manifiesto el anhelo repetido verbalmente, una y otra vez, por el Maestro Botero, en su generosa intención de dejar lo más representativo de su acervo, más que al Museo de Antioquia, a su tierra y a su gente.



Voluntad política

En 1997, las directivas del Museo hicieron una valiente reflexión frente al papel de la entidad, máxime cuando se acercaba un nuevo siglo y se vivía uno de los momentos más difíciles de nuestra historia regional y nacional. Para entonces sólo se contaba con 1.150 metros cuadrados de área de exposición, con capacidad para exhibir un 10% de las colecciones, mientras disminuía el número de visitantes, cuya cifra, en 1996, fue de 33.000 personas, equivalente a un 0.6% de la población de Antioquia y a un 0.3% de los estudiantes de la región. Los recursos humanos, técnicos y económicos eran insuficientes, fuera de que mediante la Constitución Política de 1991, habían sido suprimidos los auxilios y el Museo no contaba con suficientes rentas estables que aseguraran su sostenimiento. La institución no sólo afrontaba un déficit financiero, sino que no contaba con el presupuesto para continuar operando.

El hecho de que la entidad, anclada en el pasado, era insuficiente para una ciudad y un departamento que crecían desmesuradamente, la obligaban a cambiar de manera integral, ampliando sus espacios y garantizando los recursos para el cumplimiento de su misión. La determinación se le comunicó al Maestro Botero con la intención de concretar su vieja y reiterada promesa. De inmediato Botero se comprometió con la donación de tres nuevas salas, y un millón de dólares para ayudar en la construcción o remodelación de una nueva sede. Tampoco dudó cuando se le pidió que dejara escrita su promesa. Una carta a mano alzada llegó por fax en cinco minutos.



Mayo 23 de 1997



Gobernador Alvaro Uribe Vélez

Alcalde Sergio Naranjo

Directora del Museo Pilar Velilla



A continuación de mi charla telefónica con Pilar Velilla, quiero decir mis ideas relacionadas con el posible nuevo Museo de Antioquia, porque Medellín necesita un gran museo que sea un atractivo más para la ciudad. Un sitio de fácil acceso, campestre, seguro, donde los jardines sean un atractivo más junto al arte. Un lugar de reposo y contemplación.

Si el Municipio o la Gobernación donaran un lote realmente importante en tamaño y en ubicación, se podría construir un museo sobre los planos ganadores de un concurso arquitectónico.

Si este proyecto se inicia con el deseo de hacer algo realmente grande, como lo merece la ciudad, yo estaría dispuesto a hacer una donación de una nueva sala de pintura, otra de escultura y una de dibujo y contribuiría con un millón de dólares, al presupuesto de la construcción del edificio.

Cualquier otra idea de cómo mejorar el Museo contará también con alguna colaboración de mi parte.



Atentamente,



Fernando Botero



De allí en adelante el tema de una nueva sede para el Museo desató una viva discusión apoyada por los medios de comunicación. Se pensó en un gran proyecto y se estudiaron alrededor de veinte posibilidades de sedes. El Gobernador Alvaro Uribe Vélez propuso varios edificios y propuso convertir las once cuadras de la Fábrica de Licores de Antioquia en un parque cultural; el Alcalde Sergio Naranjo se inclinó, entre otras propuestas, por el antiguo Palacio Municipal. En medio de múltiples debates suscitados en escenarios políticos, académicos y privados, el Museo volvió a estar en boca de todos, como indicio prometedor de su renacimiento.

Corría el último semestre de los gobiernos departamental y municipal, época poco propicia para iniciar grandes proyectos, máxime cuando ya se estaba en pleno debate de campañas políticas. El tema sirvió a los candidatos para el discurso demagógico, el ataque gratuito o el compromiso real. Juan Gómez Martínez, quien buscaba por segunda vez la Alcaldía de Medellín, incluyó el cambio de sede del Museo en su programa electoral. El 1 de enero de 1998 se posesionó como Alcalde de Medellín y, desde las primeras semanas de su gobierno, se comenzó a estudiar el proyecto. Zoraida Gaviria, Directora de Planeación, cumplió con el deseo del Alcalde de convertir el cambio de sede del Museo en un revitalizador del centro de Medellín, como uno de los empeños de su plan de desarrollo de la ciudad.

Después de seis meses de conversaciones y propuestas, aún no se llegaba a una decisión y fue entonces cuando el Alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, propuso a Botero construir un Museo destinado exclusivamente para sus obras. El artista, agradecido, decidió entregarle a esa ciudad, en cabeza del Banco de la República, 190 obras suyas y de artistas internacionales que componían su colección privada. La noticia levantó revuelo y fueron muchos los que llegaron a pensar que Botero le quitaría a Medellín su donación, cosa que jamás ocurrió, pues el artista se sostuvo en su promesa y, contrario a lo que se pensó, aumentó en varias ocasiones el número de obras. En ese momento el Alcalde Gómez Martínez tomó la determinación de comprar el antiguo Palacio Municipal y el parqueadero a las Empresas Públicas de Medellín, entidad que apoyó y facilitó el proceso, al disponer de inmediato la venta del edificio y la evacuación del 60% de su capacidad, para dar paso a la histórica renovación arquitectónica. Paralelamente se iniciaron procesos de compra y demolición de los inmuebles vecinos, para dar paso a la construcción de la Plaza Botero, un espacio de 7.000 metros cuadrados, y ubicar en él 14 esculturas monumentales de Fernando Botero. La idea general tomó su nombre técnico: "Proyecto de intervención urbana de la zona de la Veracruz y reubicación del Museo de Antioquia", con el arquitecto Tulio Gómez Tapias como gerente y la Promotora Inmobiliaria de Medellín, como entidad encargada de la negociación de los inmuebles, de la renovación arquitectónica del Museo y de la construcción de la Plaza.

Comenzó un histórico momento para la ciudad. El Alcalde y sus funcionarios no ahorraron esfuerzo para culminar un proceso que planteó dificultades desde muy diversos ángulos. Buena parte de los ciudadanos miraron, entre emocionados y perplejos, la desaparición de antiguas edificaciones, situación que coincidió con el arribo de los guacales con su maravilloso contenido de obras de arte. Dos enemigos: la ignorancia de un lado, y el límite de tiempo del otro, parecían conspirar cada uno a su manera, el primero impidiendo la comprensión cabal de los objetivos sociales del proyecto, y el segundo obligando a comprimir un programa de estas dimensiones, en escasos e insuficientes 18 meses. Al mismo tiempo, la empresa privada hizo suya la renovación del Museo. Bancolombia lanzó una campaña de educación colectiva frente al Museo, como presencia real, mientras una cantidad de empresas precedidas por Suramericana de Seguros y Avianca, hicieron posible la llegada de la donación a Colombia y otras más adoptaron espacios y salas, completando así el presupuesto necesario para su amoblamiento.

Esta es la breve historia de cómo revivió un museo en medio de una ciudad aporreada por la violencia irracional. La zona a su alrededor floreció, y las construcciones ruinosas cedieron su lugar a una plaza poblada de esculturas. El Museo creció para llenar sus nuevos espacios de niños fascinados ante su propia y desconocida historia, y de adultos que habrán de descubrir un mundo de sensaciones que hasta ahora les han sido negadas. Fernando Botero ha seguido con devoción cada paso de este itinerario, interviniendo en los diseños, orientando la museografía, disfrutando con un goce casi infantil cada uno de los avances. "Estoy tan contento que les voy a quedar debiendo", dijo el día en que el pueblo antioqueño le expresó su cariño y su gratitud limpia y espontánea. Era el mismo joven que un día de 1951 salió de su casa, llevando la ciudad en su corazón. Lo que no imaginaba entonces era que un día regresaría, cubierto de gloria, a dejarle este legado que la enaltece y la dignifica.

En algún lugar del universo, Flora Angulo sabe que no le falló su intuición materna.
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