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| 1/23/2016 10:00:00 PM

La bodega de Bogotá que se vistió de arte

En una bodega de Bogotá se exponen, hasta el 20 de febrero, obras de 39 grandes nombres del arte nacional e internacional contemporáneo. El vínculo, su preocupación por el espacio.

En Colombia, pocos lugares le apuestan a producir proyectos de arte contemporáneo que acentúan en su relación con el espacio, pues por lo general los montajes de las llamadas obras in situ, o de sitio específico, son complejos, costosos y difíciles de ejecutar.

Sin embargo, junto al Museo de Arte de la Universidad Nacional y algunos espacios independientes, la fundación NC-arte encontró un lugar en esa línea de trabajo y también ha venido llenando ese vacío. En pocos años, la fundación se ha convertido en uno de esos lugares –muy consolidados en el exterior, pero raros en el país– en los que el artista es llamado a intervenir el espacio para modificarlo, en los que se acompaña el proceso creativo desde la concepción hasta el montaje, y en los que el público participa de esos procesos a través de propuestas educativas.

A finales del año pasado, NC-arte cumplió cinco años de trabajo, y por ello organizó una muestra en una bodega de repuestos automotores en la zona industrial de Bogotá, sobre la avenida de las Américas. Allí se expondrán, desde el 25 de enero hasta el 20 de febrero (mediante recorridos gratuitos previamente programados con la galería) obras de los 39 artistas nacionales e internacionales que han intervenido NC-arte desde el día de su apertura.

La exposición se titula La quinta pared: “NC es un espacio-casa con una forma cuadrangular que funciona como contenedor de propuestas artísticas, pero tiene una quinta pared que nunca está acabada: un muro cambiante que se materializa en cada exposición; se trata del valor añadido que cada artista invitado aporta al dialogar con la forma del lugar así como con su memoria”, dice la curadora Claudia Segura.

Los proyectos, entonces, no consisten en exhibir una obra colgada en la pared con su ficha técnica. Claudia Hakim, directora de la fundación, cuenta que los artistas son invitados a conocer la arquitectura meses antes de la muestra. “Sobre ella, y a partir de sus proyectos de investigación artística, llevan a cabo un proyecto. El espacio se transforma cada vez que un artista llega: se levantan y se tumban paredes, se inunda el piso, se colocan 200 bombillos”.

El año pasado, por ejemplo, se llevó a cabo una de las instalaciones más ambiciosas, del colectivo europeo Troika, que había expuesto ya en lugares como el Art Institute de Chicago, el Tate Britain y el MoMA de Nueva York. Con Límites de un territorio conocido se instaló un tubo por el que transitaban gotas de agua bajo una luz led que titilaba a alta velocidad. Además, Troika inundó el primer piso de la galería y en el techo formó una serie de goteras, mediante las cuales caía, subía o se mantenía estática el agua. Una de las piezas que acompañaba esa exposición se exhibe ahora en La quinta pared. Se titula Calculating the Universe (Calculando el universo), y está compuesta por 36.325 dados blancos y negros dispuestos a partir de un principio de acomodación que nunca lleva a los mismos resultados. En una misma pieza se conjuga así el cálculo matemático con el concepto del azar.

Entre los colombianos convocados están Miguel Ángel Rojas, Clemencia Echeverri, Jaime Franco, Fernando Arias, Eduard Moreno, Miler Lagos y Monika Bravo, entre muchos otros. También exponen Marco Maggi (Uruguay), Fred Sandback (Estados Unidos), Jorge Macchi (Argentina), Marcius Galan (Brasil), Rafael Lozano-Hemmer (México) y el cubano Carlos Garaicoa con i Toxicómano.

Algunos hicieron obras nuevas, y otros exhiben una de las piezas que acompañaba la muestra original en NC. “Marco Maggi mandó 60 dibujos nuevos por los 60 meses de los cinco años de NC. Ese tipo de anécdotas quedan del vínculo con los artistas. En promedio, 80 por ciento de la producción de cada montaje es hecho en el espacio mismo de la galería, no afuera, en un estudio, incluso en el caso de los artistas nacionales”, dice Hakim. El argentino Jorge Macchi es un buen ejemplo de ello. El año pasado saturó el espacio con las instalaciones en madera de Lampo.

En la bodega de las Américas se asoman obras disímiles, como la de Monika Bravo, una artista colombiana que vive en Nueva York y que expuso en 2015 en el pabellón del Vaticano de la Bienal de Venecia. La pieza, WT_Esquinas, recuerda a Urumu, su exposición en NC, que mediante instalación y video simulaba el tejido de las figuras de las mochilas arhuacas y wayúu. Bravo recurrió a las formas que en las culturas indígenas representan la naturaleza y la divinidad, para volver a su origen a través de un trabajo digital: “Los indígenas cogen la naturaleza y la abstraen en formas geométricas. Yo cojo las formas geométricas y revelo la naturaleza de donde vienen”.

También Jaime Franco trabaja a través de programas computacionales, pero haciendo el recorrido inverso: de lo extremadamente geométrico y arquitectónico pretende llegar a lo más primitivo a través del trabajo con el barro en grandes instalaciones en las que las formas perfectas se deconstruyen. En La quinta pared, Franco expone una cortina inmensa de papel mantequilla que, esta vez con óleos, rememora el edificio arquitectónico de constructivismo ruso que en NC estaba hecho con el barro. Su obra se llama Foro, y representa el arte que parte no del proceso intuitivo, sino de un estudio racional de las formas.

A un lado, en una de las paredes, se asoman las hojas de coca de Miguel Ángel Rojas, uno de los artistas contemporáneos colombianos más importantes. Las hojas secas simulan un camino de hormigas que transportan granos comestibles de arroz, fríjol y maíz. “‘Sostenible’ se refiere a la economía de algunas regiones rurales, no solo de Colombia sino de todos los países de la región, sustentada por los cultivos ilegales como única fuente viable a mejores condiciones de vida”, dice Rojas.

Otra obra que interviene visiblemente el espacio –ya no solo la pared– es la escalera de Juan Fernando Herrán, que en NC fueron muchas, y más altas, y le dieron vida a una de las exposiciones más recordadas de la fundación. La pieza expuesta en La quinta pared, titulada Espina dorsal, remite a aquellas estructuras construidas en las comunas de Medellín, muchas veces a partir de materiales improvisados. Son escaleras aparentemente enclenques, que no llevan a ninguna parte más que al vacío del salto, o a dar media vuelta para escapar de un ascenso poco sólido.

Muy cerca de la escalera se explaya Tierra en la lengua, de Eduard Moreno, una instalación hecha de impresiones de rostros perfilados de mineros chocoanos. Una suerte de bandas transportadoras llevan, en vez de mineral y piedras, retratos que parecen fotografías, realizados mediante una técnica obsoleta pero explorada por Moreno desde hace algunos años.

Aunque en la bodega de las Américas estas y las otras obras que se exponen se pierden en el espacio –en palabras de Clemencia Echeverri, “es un gran homenaje”–, cada pieza expuesta vuelve al lugar de donde partió y a la exploración que fue posible solo por la disponibilidad de ese lugar. NC y su aniversario fueron una excusa para convocar obras de arte efímero, cuyo lugar de origen se arriesgó a darles salida, a pesar de su inherente fugacidad.
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