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| 12/8/2006 12:00:00 AM

Borges en privado

El diario póstumo de Bioy Casares registra sus polémicas conversaciones con Borges durante 40 años.

Adolfo Bioy Casares
Borges
Destino, 2006
1663 páginas

Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges se conocieron en 1932 en el trayecto entre San Isidro y Buenos Aires. Borges era entonces un escritor de renombre y Bioy Casares un muchacho con un libro publicado en secreto y la cabeza bastante confundida a causa de las ideas vanguardistas. A pesar de la diferencia de edad –Borges le llevaba 17 años– y de gustos literarios disímiles, hubo una empatía inmediata. Las largas caminatas se repetirían con frecuencia y las apasionadas discusiones sobre libros y argumentos de libros. Al poco tiempo Bioy abandonaba sus pretensiones innovadoras y se adhería al bando de Borges: el de la ‘literatura deliberada’ que construye sus tramas con orden y claridad y no busca impresionar al lector. En 1935 escribieron a cuatro manos un folleto comercial sobre las propiedades del yogur. Sería el comienzo de un fructífero trabajo en colaboración que dará origen a varias antologías famosas y a la creación de autores ficticios estilísticamente muy diferentes a cada uno de ellos: Bustos Domecq y Suárez Lynch.
A partir de 1947, Bioy decidió consignar en su diario las conversaciones que mantuvo con Borges hasta la muerte de éste en 1987. Acaban de ser editadas en un voluminoso libro de 1.663 páginas y ya ha suscitado encendidas polémicas por sus revelaciones y por los juicios descarnados de Borges sobre personajes, escritores importantes y menos importantes.
Pregunta Borges a Bioy, refiriéndose nada menos que al Fausto de Goethe: “¿No te parece el mayor bluff de la literatura?”. Sobre Shakespeare, a quien sus piezas de teatro le parecían escritas de cualquier modo, con argumentos ajenos y confusos, dice: “Shakespeare siempre usa el mot injuste”. “Yo creo que Thomas Mann era un idiota. A Estela Canto le gustaba mucho”. Estela Canto fue uno de sus grandes amores frustrados, o sea: dos pájaros de un tiro. “Mallea, insistiendo con sus novelas ilegibles, se mantiene en el recuerdo. Mientras viva, Mallea será un escritor de algún nombre; después, se hundirá en el olvido, como si fuera de plomo. ¿Quién se atreverá a reeditar sus novelas? Nadie. Sábato desaparecerá, sin dejar rastro, después de la muerte. Es curioso el caso de Sábato: ha escrito poco, pero ese poco es tan vulgar, que nos abruma como una obra copiosa”. Esto lo dice, valga la aclaración, antes de publicarse Sobre héroes y tumbas. Cristo tampoco escapa a sus comentarios lapidarios: “Cristo no era un caballero, como Sócrates. Tenía algún talento literario, shakesperiano… Si comparas la muerte de Sócrates y la de Cristo no hay duda de que Sócrates era el más grande de los dos. Sócrates era un caballero y Cristo un político, que buscaba la compasión… con su efecto falsamente teatral de ‘perdónalos porque no saben lo que hacen…’ o maldiciendo una ciudad donde no le llevaron el apunte, no parece un individuo muy admirable. Los Padres de la Iglesia son otra porquería”.
Otros que no salen muy bien librados en este diario son su traductor al inglés Norman Thomas Di Giovanni y su viuda, María Kodama. El primero, por indelicado y utilitarista, y la segunda, por no ser propiamente la compañera amorosa que pretende haber sido: acusaba a Borges por cualquier motivo; lo castigaba con silencios –él era ciego–, lo celaba –se ponía furiosa ante la devoción de sus admiradores– y se impacientaba con su lentitud. María Kodama, por su parte, ha dicho que la publicación de este diario infidente es una cobardía y una traición a la amistad. ¿Tiene razón? No lo creo. Para nadie es una sorpresa la arbitrariedad de los juicios literarios y personales de Borges, “efusiones de sangre en el teatro en las que después nadie muere”. Algo secundario frente a lo que realmente importa, un material muy valioso, de primera mano, que da cuenta de una época y permite reconstruir su personalidad –aparecen todos sus prejuicios en estado bruto– mucho mejor que en los miles de libros y biografías que sobre él se han escrito. Además, ¿no es la verdad sin maquillajes lo que le reclamamos a esta clase de libros? n
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