Martes, 17 de enero de 2017

| 1997/12/01 00:00

BOTERO AL RUEDO

En el más reciente libro sobre su obra el pintor Fernando Botero se confiesa de cabo a rabo.

BOTERO AL RUEDO

Ana María Escallón: ¿Cuál considera es su aporte a la pintura contemporánea?Fernando Botero: Tendría que hablar sin modestia. Creo que he llevado la idea del volumen al paroxismo. Y esa exageración hace parte del arte moderno, porque nuestro tiempo trata de llevar las cosas hasta sus últimas consecuencias. Si vemos los coloristas del siglo pasado, sus alcances son tenues al lado de los del siglo XX. Si vemos a los fauvistas, a Matisse, o a Van Gogh, los del pasado parecen opacos. Y no significa que sean mejores. Yo prefiero el color de Tiziano al de Van Gogh porque me parece un color más noble, más armónico, más bello. El color fuerte y radical lo inventaron en este siglo. Lo observo igual en mi manera de hacer las cosas, mi volumen es más desorbitado que el de los pintores volumétricos que admiro. Y en ese sentido hay un aporte. No digo que sea mejor, pero es una proposición.
A. M. E.: ¿Por qué busca ese paroxismo en el volumen?
F.B.: Vivimos en un tiempo en que las convicciones se vuelven agresivas. En tiempos pasados se pintaba en un estilo, pero el pintor tenía un compromiso con la realidad porque no existían ni la fotografía, ni la televisión, ni el cine. Pero nosotros no tenemos esa obligación. Canaletto tenía la necesidad de mostrarle a Europa cómo era Venecia y Van Dyck tenía que legar a la posteridad cómo eran ciertos personajes. Pero nosotros no tenemos ese problema. Ahora lo importante es el estilo, lo cual es muy sano.
A.M.E.: ¿Qué busca en la superficie lisa de sus obras?
F.B.: Busco calma en las formas y la sensación de volumen. En la pintura predominó durante varios siglos una superficie lisa _si podemos hablar en ese sentido_ hasta que llegó el impresionismo en el que las pinceladas fueron más evidentes.
A.M.E.: ¿Cómo es ahora la relación de su pintura con la realidad?
F.B.: Hay dos mundos: uno de la realidad y otro de la pintura, mientras más se mete uno en el mundo de la pintura, más descartada queda la realidad. Me interesa que la pintura transforme la realidad en algo distinto y que ese algo diferente sirva como alimento para el espíritu. La quietud tiene que ver con esa abstracción de la idea del movimiento que eterniza el gesto. Eso es lo que lo hace maravilloso. Habla de un trabajo con estructura.
A.M.E.: ¿No le da miedo repetirse?
F.B.: Eso es imposible. Por ejemplo, el cuadro de naranjas que pinté hace cinco años es diferente al que pudiera pintar ahora. Siempre hay un ajuste de las ideas. Muy sutil, pero ahí está.
A.M.E.: ¿Qué lo hace cambiar?
F.B.: La duda. Uno siempre piensa en que lo puede hacer mejor.
A.M.E.: ¿De qué duda usted?
F.B.: De todo. Siempre tengo dudas diferentes y por eso trabajo. Se debe ensayar y ensayar. Siempre empiezo una obra con la idea de que voy a realizar la mejor de mi vida. Pero rápidamente me doy cuenta de que no estoy satisfecho con ese planteamiento inicial. Pero uno sigue adelante y termina, siempre con la esperanza de que en el próximo tomará el camino correcto para llegar a la obra ideal. Tengo dudas porque estoy buscando un camino que sea cada vez más efectivo para expresar lo que quiero. A través de la duda he encontrado la forma de buscar algo más perfecto. Así he ido conquistando mi liberación, aplicando el color y transformando las formas. Siempre busco que la imaginación encuentre una manera cada vez más efectiva. Y en ese sentido, siempre tengo dudas. No quiero aceptar lo que soy y siempre tengo que poner todo en tela de juicio para seguir adelante.
A.M.E.: ¿Tiene alguna certeza?
F. B.: Hago todo con la mayor honestidad y sin espíritu mezquino. La única certeza es ese deseo profundo de producir una obra de arte, en el sentido más estricto de la palabra.
A.M.E.: ¿Ve su modernidad como parte de una estética o, por el contrario, es el argumento de una antiestética?
F.B.: Nunca me he planteado el problema de la modernidad. Mi pintura y mi escultura recogen mucho de la historia del arte, pero pertenecen necesariamente al siglo XX. Para mí es importante que cualquier persona que esté frente a una obra mía reconozca que es un Botero.
A.M.E.: ¿Y es estética o antiestética?
F.B.: Definitivamente estética. Hay muchos artistas que parten de la idea de que "toda cosa que es bella, es sospechosa". Yo, en cambio, estoy convencido de que hago una cosa bella. El arte es sin ánimo de belleza. Para muchos lo que yo entiendo como bello es lo contrario. Dentro de mi mente 'deformada', mi trabajo es bello. Pienso que la belleza es una preocupación tradicional y me interesa entre otras cosas, porque es una posición desde la cual uno se puede equivocar menos, porque se asume la experiencia de los siglos. Pero en términos concretos el arte se creó para producir placer, no para perturbar. Da placer el solo deseo de hacer una cosa estéticamente bella. Y la belleza tradicional es muy exigente.
A.M.E.: ¿Qué relación existe entre su pintura, su escultura y su dibujo?
F.B.: La relación es obvia porque existe el mismo interés en la forma y en el volumen. Si uno observa mi pintura, entiende cuán lógico puede ser que se vuelva tridimensional. Eso sucede en muchos de los artistas del Renacimiento: ellos realizaron su pintura y después necesitaron que esas figuras tuvieran tridimensionalidad. Ahora, hay mucho de dibujo en la pintura y hay mucho de dibujo en la escultura. Todo depende de la intención primera porque allí radica toda la diferencia. Si se trata de concebir una escultura, lo mejor es establecer desde el principio tridimensionalmente el ritmo en el espacio, y allí mismo la obra encuentra su balance.
A.M.E.: Cuando uno se enfrenta a su escultura siente que todo el trayecto de su trabajo ha sido para que usted sea escultor. ¿Qué piensa de eso?
F.B.: Siento el mismo placer pintando que realizando escultura. Pero estoy satisfecho de ser un escultor de medio tiempo.
A. M. E.: ¿Por qué solo de medio tiempo?
F.B.: La verdad es que gran parte de la riqueza de mi imaginación proviene de la pintura porque me da ideas, soluciones, posibilidades, me abre enormes horizontes.
A. M. E.: ¿Por qué?
F. B.: En la pintura todo es más ágil. Cuando uno pinta, construye y destruye. En todo hay un proceso mental. En cambio, en la escultura todo es mucho más lento. Y a mí me gusta esa flexibilidad de la pintura mezclada con cierta irresponsabilidad.
A. M. E.: ¿La irresponsabilidad es importante?
F. B.: No se debe ser demasiado responsable porque paraliza. En el arte es también importante la audacia. En ese sentido, estoy contento de ser escultor de medio tiempo, tengo la pintura como refugio y como inspiración. Mis experiencias de pintor me sirven y se prolongan. Una cosa nutre a la otra y me apasionan ambas. Todas.
A.M.E.: Si tuviera que elegir, ¿qué preferiría?
F. B.: No podría abandonar el goce que me producen.
A.M.E.: ¿Por qué no pinta en Pietrasanta?
F.B.: Pinto en París, en Nueva York, en Mónaco. Cuando llego a Pietrasanta me dedico a la escultura.
A.M.E.: ¿Cuáles son las condiciones de lo heroico en sus personajes?
F.B.: Es una vocación por el continuo desafío. Desafiar la naturaleza, los dioses, la mitología. Esas ideas eternas que han pasado por la imaginación del hombre.
A.M.E..: ¿Cuál es su concepción sobre su pintura?
F.B.: Me interesa mi mundo y lo que quiero es subrayar esa actitud. En esa medida trato de establecer una declaración de principios.
A.M.E.: ¿Cuál es esa declaración de principios?
F. B.: Amo lo que hago.

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