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| 3/27/1995 12:00:00 AM

BOTIN DE GUERRA

Cuando todo el mundo las creía perdidas, cientos de obras de arte, que representan el último trofeo soviético de su victoria sobre Alemania en la Segunda Guerra Mundial, serán exhibidas en el museo del Hermitage.

A TRAVES DE LA HISTORIA LAS OBRAS de arte han sido consideradas como un valioso botín de guerra. La Segunda Guerra Mundial no fue la excepción. Adolfo Hitler, llevado por la idea de hacer de Alemania el más grande museo artístico de Europa, se encargó de saquear los tesoros de cuanto país iba conquistando. Polonia, por ejemplo, según datos del New York Times, perdió durante la conflagración el contenido de 76 palacios y 15 museos, incluida una obra maestra de Rafael, que a los ojos de los expertos representa la mayor pérdida artística de la guerra. De los Países Bajos y Bélgica desaparecieron pinturas de los viejos maestros y miles de campanas de iglesias, tomadas por los alemanes para fabricar armamento. Y Francia perdió más de 11.000 pinturas y 2.300 esculturas.
Más tarde, con la caída de Hitler y en respuesta al objetivo de tan arbitrario curador, el ejército rojo de Stalin se encargó de vengarse de los nazis llevándose de Berlín mucho de lo que el fuhrer había robado a sus enemigos, y algo más. Alrededor de un millón de piezas se perdieron durante este intercambio.
El inventario sería mucho más extenso y desolador si no fuera por la reciente decisión del gobierno ruso de mostrar al público uno de los secretos mejor guardados de los últimos 50 años: el botín artístico de guerra que el ejército rojo se apropió como símbolo de su victoria sobre Alemania.
La noticia sorprendió a los especialistas del mundo entero. Desde hace varias décadas los expertos habían llegado a la conclusión de que todo el tesoro reunido por Hitler en Berlín, junto con muchas de las obras de propiedad alemana antes de la guerra, habían desaparecido durante la conflagración. Pero el anuncio del director del museo del Hermitage de San Petersburgo, Mikhail Piotrovski, de exhibir a partir de marzo más de 300 obras que hicieron parte del trofeo soviético en la Segunda Guerra, no sólo causó conmoción en los medios artísticos internacionales ante la aparición de un invaluable tesoro que se creía perdido para siempre, sino que revivió el interés por el tema.
En enero un simposio internacional reunido en Nueva York, titulado Los trofeos de la guerra, patrocinado por el Centro Bard de Estudios en las Artes Decorativas, atrajo la atención de 65 expertos del mundo y más de 300 asistentes. El tema central era el de analizar qué había pasado con las obras de arte europeas durante el último conflicto mundial. Pero sin duda el mayor atractivo corrió por parte de la delegación rusa, que exhibió en diapositivas siete obras maestras (de El Greco, Tintoretto, Manet, Degas, Goya Corot y Renoir) de las 130 que fueron extraídas de colecciones privadas húngaras por la Unión Soviética durante la guerra, las cuales harán parte de la próxima exhibición del Hermitage.
La decisión de hacer público este tesoro, que incluye obras de pintores como Degas, Van Gogh y Gauguin, entre otros muchos maestros, fue tomada por Piotrovski, en compañía del Ministro de Cultura de Rusia, en 1993, según ellos como resultado de la caída del muro de Berlín y de los vientos de apertura del Estado soviético. No obstante, para muchos la verdadera razón reside en la necesidad de una urgente reparación del palacio del Hermitage. Una exposición como esta serviría para recoger los fondos que ni el Ministerio de Finanzas ruso, ni mucho menos el de Cultura, pueden garantizar.

DILEMA POLITICO
Pero más allá del beneplácito de los expertos por la reaparición de semejantes joyas, una colección que reúne buena parte del legado artístico de los siglos XIX y XX, lo que ha desatado este descubrimiento es un delicado dilema político entre Rusia y Alemania por el retorno del botín a su lugar de origen. Los antecedentes de la controversia hacen más complicada la situación.
El 22 de junio de 1941 las tropas del Tercer Reich violaron la frontera soviética dispuestas a llegar hasta Moscú en el marco de la última ofensiva nazi en su afán de apoderarse de Europa. La historia se encargó de demostrarle a Hitler que su obsesión por Moscú le costaría la guerra, y con ella un jugoso botín que los soviéticos tomarían sin piedad.
Uno de los mayores sueños del fuhrer era el de hacer del museo austriaco de Linz el palacio artístico más importante de Europa. Sistemáticamente había dado la orden de saquear museos en Francia, Polonia, los Países Bajos y en toda nación que sucumbiera al paso de las tropas alemanas. Pero sobre todo ambicionaba el Hermitage, el imponente palacio de invierno construído en tiempos de Catalina la Grande, considerado como uno de los más valiosos resguardos artísticos del mundo. .
Los rusos, que presentían la catástrofe, se dedicaron a esconder en catacumbas y bóvedas de seguridad toneladas de obras de arte en el transcurso de los 30 meses que duró la ocupación alemana. Pero el esfuerzo de miles de patriotas no fue suficiente para salvar el tesoro. El Hermitage fue bombardeado 32 veces, mientras ciudades como Kiev, Minsk, Kharkov, Smolensk y Novorod eran víctimas de un saqueo artístico similar.
La retaliación soviética no iba a ser más compasiva. Cuatro años después la debilitada Alemania de Hitler, y en especial Berlín, iba a sufrir quizás la mayor devastación de su historia.
En 1945 el ejército de Stalin entró victorioso a la capital del imperio nazi y se encargó de tomar el que es considerado uno de los trofeos de guerra más valiosos de los tiempos modernos. Miles de obras de arte, piezas de arqueología, bibliotecas enteras y planos arquitectónicos fueron a parar a la Unión Soviética, repartidos entre museos y coleccionistas privados. Cientos de obras del impresionismo y el posimpresionismo francés fueron transportadas por las tropas rojas hacia Rusia y, en general, las brigadas de Stalin arrasaron museos en Berlín, Dresden y otras ciudades.
Según los cálculos de los alemanes, a la Unión Soviética fueron a parar cerca de 200.000 obras artísticas y arqueológicas, tres kilómetros de archivos y dos millones de libros, incluidas las biblias de Gutenberg -los primeros libros impresos en Occidente-, cada una avaluada en 20 millones de dólares. Y aunque los rusos alegan haber perdido 40.000 obras de arte, una cifra desproporcionada en relación con el trofeo artístico soviético, ahora el pueblo ruso está dispuesto a defender su tesoro como suficiente compensación por el sufrimiento causado por Alemania durante la guerra. Más si se tiene en cuenta que años después de culminado el conflicto, en la década de los 50, la Unión Soviética devolvió cerca de un millón de obras a su principal aliado europeo: la entonces llamada Alemania Oriental.
Pero si el dilema entre Alemania y Rusia se está tratando con la mayor cordialidad y como pisando huevos, el asunto causa escozor en Rusia con sólo nombrarlo. En un extenso artículo sobre el tema, publicado en la edición de marzo de la revista Vanity Fair, el editor del periódico San Petersburgo News, Andrei Yurkov, reconoció que era prácticamente imposible sostener una discusión política sobre el tesoro artístico del Hermitage. Al parecer la cuestión es de orgullo. En momentos en que Rusia atraviesa una de las peores crisis políticas, económicas y sociales de su historia, las obras obtenidas en Alemania hace 50 años se erigen como el último bastión del otrora poderío soviético y en el último recuerdo de su victoria en 1945.
Por el momento, expertos alemanes han podido observar, por primera vez en 50 años y después de haberla considerado extraviadas, para siempre, la colección de artefactos de oro extraídos en excavaciones realizadas en el siglo XIX en ciudades antiguas por el arqueólogo Heinrich Schliemann, entre ellas las ruinas de Troya, que el científico alemán descubrió en 1871 y que fueron a parar también a la Unión Soviética en 1945.
Aunque la polémica sobre la devolución de un tesoro tan valioso como el del Hermitage apenas empieza -y es probable que continúe por años- lo más seguro es que mientras tanto la solución más cercana sea un extenso préstamo de las obras para que puedan ser exhibidas nuevamente, no sólo en Alemania sino en toda Europa, para deleite de turistas, estudiantes e investigadores.
Con todo, el caso del museo del Hermitage y su invavaluable trofeo de guerra ha hecho pensar a muchos que la Segunda Guerra Mundial no ha terminado todavía y que aún falta una última batalla diplomática para saldar cuentas de una vez por todas entre vencedores y vencidos.-
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