Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2004/11/14 00:00

Buenas notas

Desde hace 12 años la Escuela de Música de Ginebra, Valle del Cauca, no sólo educa intérpretes de aires andinos sino ciudadanos integrales.

En un par de casas con piso de baldosín y unidas por dos puertas y un solar, a dos cuadras de la plaza de Ginebra, Valle, funcionan las oficinas y el centro de documentación de Funmúsica, la fundación que desde 1978 organiza el Festival del Mono Núñez. A las 2 de la tarde comienzan a llegar niños y niñas a pie, en bicicleta. Rubios, mestizos, negros, algunos con camisetas del Cali y otros con la del América. Vienen de todos los rincones de Ginebra y del vecino corregimiento de Costa Rica, de El Cerrito, de Guacarí, de Buga, de alguna lejana vereda a dos horas de camino en las faldas del páramo de Las Hermosas. (A esa misma hora, en miles de pueblos y veredas del resto de Colombia millones de niños que acaban de salir de sus escuelas y colegios vagan sin rumbo por calles y trochas o se emboban frente a Padres e hijos en el televisor de sus casas). Pocos minutos después las dos casonas se llenan con los sonidos de instrumentos de cuerda, de vientos, voces de niños que cantan. Es un instante que se prolonga hasta el final de la tarde. Se habla en el idioma de la convivencia. La educación se vuelve diálogo, un juego mucho más importante y divertido que repetir por obligación un árido listado de fechas y ecuaciones.

La Escuela de Música de Ginebra comenzó hace 12 años. Bernardo Jiménez, un administrador de empresas que nació en Tuluá, era en ese entonces presidente de la junta directiva de Funmúsica. "Pensé que podíamos usar la música colombiana, con énfasis en la andina, como un instrumento para alejar a los niños y jóvenes de la violencia, la drogadicción y tantos otros vicios a los cuales están propensos en una población pequeña donde no tienen en qué utilizar sanamente su tiempo libre". Con la ayuda del folclorólogo Octavio Marulanda y de Jairo Cardona, director de las academias de música para adultos que tenían en Ginebra y Guacarí, diseñaron un programa musical que abarcara la primaria y el bachillerato. Hoy funciona en los dos colegios oficiales de Ginebra, las cinco escuelas públicas del área urbana de la ciudad y en una escuela de Costa Rica. Un esfuerzo que ha valido la pena y que lo llena de orgullo: "Todos nuestros egresados estudian en distintas universidades y muchos de ellos han seguido la carrera musical. Uno de ellos participa en la Banda Sinfónica del Valle y otro, en la Orquesta Sinfónica de la Universidad Javeriana de Bogotá".

El programa comienza con el Semillero, del que participan los 726 niños y niñas que cursan entre primero y tercer grado en los centros educativos de Ginebra. Allí comienzan a familiarizarse con la música a través de un taller musical, otro de expresión corporal y clases de guitarrillo, instrumento de cuatro cuerdas que ellos desarrollaron para facilitar el aprendizaje de la guitarra.

Como señala Dalia Conde, fundadora y directora ejecutiva de la Fundación Canto por la Vida y directora de la Escuela de Música de Ginebra, "en esta etapa todo lo hacemos bajo el principio pedagógico de aprender música haciendo música, lo cual permite que los niños disfruten de estas actividades". Así, los niños juegan con canciones y rondas mientras acostumbran su oído al lenguaje de la música.

Los niños que se interesan por la música entran al Ciclo Formativo, que en la actualidad acoge a 180 estudiantes. Aprenden a tocar instrumentos típicos colombianos de la región andina, percusión, flauta dulce, instrumentos de banda sinfónica como clarinete, saxofón o tuba, piano, expresión corporal y gramática musical. También aprenden a construir guitarrillos, tiples, bandolas y guitarras. Estos conocimientos teóricos los desarrollan en la práctica a través de distintas formaciones musicales (estudiantinas, bandas, cantorías) que les han permitido a los alumnos presentarse en diversos escenarios de Colombia y además grabar dos CD.

Para Bernardo Jiménez, el gran secreto de este programa está en la vocación de los maestros, que lo han adoptado como un proyecto de vida. También se han integrado algunos de los egresados que estudian música y que dedican su tiempo libre a enseñanzar en el colegio.

El gran dolor de cabeza ha sido financiar el proyecto. Aunque reciben donaciones de diversas entidades gubernamentales, fundaciones privadas y particulares, "en ningún año hemos contado con un presupuesto cierto que nos permita tener la tranquilidad para trabajar sin sobresaltos", comenta Jiménez. Igualmente venden presentaciones musicales, CD e instrumentos que fabrican en el taller y asesoran empresas. Una cuarta parte de los alumnos paga una pequeña suma por matrícula y pensión que no llega al 4 por ciento del total de los ingresos.

Ahora están penando para adquirir más instrumentos de vientos, reparar techos y cielorrasos que están en mal estado, conseguir fondos para contratar más profesores y construir un taller de construcción de instrumentos para convertirlo en una empresa que los ayudaría en gran medida a financiar todo el proyecto.

Pero todas estas dificultades se vuelven muy poca cosa cuando la música sale de cualquiera de los salones donde profesores y alumnos, además de cuidar y valorar la música andina colombiana, todos los días trazan un camino, el de un país tolerante, creativo, alegre, en el que sí vale la pena vivir.

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