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| 4/24/2005 12:00:00 AM

Buenos días, noche

El cineasta Marco Bellocchio nos recuerda la historia de un asesinato que puso en evidencia lo insensata que puede ser una sociedad.

Título original:Buongiorno,Notte
Año de producción:2003
Dirección:Marco Bellocchio
Actores:Luigi lo Cascio, Maya Sansa, Roberto Herlitzka, Pier Giorgo Bellocchio, Giovanni Calcagno, Paolo Briguglia, Giulio Bosetti, Roberta Spagnuolo.

Esta es la nota de prensa, el párrafo de libro de historia que resume las escenas que vemos en los televisores viejos de Buenos días, noche. El político Aldo Moro, dos veces primer ministro de Italia, presidente más bien conciliador de la Democracia Cristiana, fue secuestrado a sangre y fuego en Roma el martes 16 de marzo de 1978 por militantes de la Brigada Roja (grupo que desde 1969 había emprendido la lucha marxista-leninista en aquel país), y ejecutado y hallado sin vida en un carro ubicado en un lugar estratégico, después de 55 insólitos días de cautiverio en los que el Papa Pablo VI. Importantes miembros de su partido y delegatarios del gobierno de Giulio Andreotti exigieron su liberación sin mayor convicción (todo fue muy extraño: se ha llegado a rumorar que la CIA estaba infiltrada en las brigadas, que ciertos líderes sabían en qué apartamento estaba atrapado Moro), al tiempo que le cerraban las puertas al intercambio propuesto por los radicales de la izquierda.

El cineasta italiano Marco Bellocchio, que desde el estreno de las controversiales Los puños en los bolsillos (1965) y China está cerca (1967) parece haberse trazado como meta "agitar las sensibilidades burguesas", esta vez se ha propuesto contar aquellos 55 días desde el punto de vista de Chiara, la única mujer entre los secuestradores, en la búsqueda de una mirada crítica a todos los personajes involucrados en el episodio. En los ojos de la vacilante Chiara, que para la gente del barrio es una simple bibliotecaria de clase media, la lucha en nombre del proletariado paso a paso se convierte en una insensata guerra entre dos generaciones (los viejos que seguían celebrando la caída del fascismo y los jóvenes que no entendían por qué el pueblo no se rebelaba contra el capitalismo occidental) y las verdades absolutas se desvanecen una por una mientras los hombres del relato se resisten a ceder en nombre de ideologías que más bien parecen cuestiones de orgullo.

Gracias a su atmósfera claustrofóbica, sus diálogos realistas, su música evocadora y su sensible acercamiento a la cotidianidad de los captores, Buenos días, noche nos recuerda que el cine está en la capacidad de sacudir nuestra memoria. No cede a la tentación de lanzar consignas. No juzga ni descalifica a sus protagonistas. Nos invita a entender sus disyuntivas, nada más. Y si se muestra crítica con alguien es con ese monstruo invisible -la suma de los poderes de una sociedad- que jamás reacciona a tiempo, que pierde años enteros buscando, persiguiendo, mirando de reojo a los falsos culpables hasta darse cuenta de que ha cometido el crimen con sus propias manos. Las secuencias finales, en las que el absurdo reemplaza al realismo, sólo habrían podido ser filmadas por un director tan experimentado como Bellocchio: es entonces, cuando las vemos, que ponemos en perspectiva las batallas políticas que conocemos.
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