Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2003/03/30 00:00

Burbujas literarias

La última novela de Darío Jaramillo: una historia de narcotráfico y violencia con juegos literarios y parodias al género negro.

Dario Jaramillo Agudelo
El juego del alfiler
Pre-Textos, 2002
151 paginas

Estudie derecho y me sentí lejos de la literatura. Entonces estudié literatura, en la Universidad Javeriana, y me sentí aún más lejos. Sin embargo, siendo justo, debo decir que allí aprendí una cosa bastante útil para el oficio literario: el autor no es el narrador. Desde el primer semestre, me inculcaron este dogma barthesiano: quien habla (en el relato) no es quien escribe (en la vida), y quien escribe no es quien existe. Las primeras páginas de El juego del alfiler, la novela de Darío Jaramillo, me hicieron sentir por un momento que estaba volviendo a las clases de primer semestre.

"El narrador y personaje de este cuento dice llamarse Darío Jaramillo. Pero es un ser ficticio, distinto de quien escribe". O sea que así se llame Darío Jaramillo, así sea abogado y tenga una prótesis que cada cierto tiempo se revisa en Miami, es alguien completamente distinto al escritor Darío Jaramillo que firma este libro, también abogado y con una prótesis en el pie izquierdo. Clase repetida: desde el momento en que Milan Kundera o Ernesto Sábato aparecen con sus propios nombres en sus obras de ficción ya sabemos que no son los personajes reales. El Mario Vargas Llosa y la tía Julia de La tía Julia y el escribidor, protagonistas de novela, son distintos de Julia Urquidi y el famoso escritor peruano, personajes reales. Así se lo demostró un juez a la pobre Doña Julia cuando pretendía ganar un juicio contra Vargas Llosa por haberla puesto a decir cosas que ella no dijo "en la vida real".

En El juego del alfiler dicha aclaración innecesaria tiene un fin: advertirnos que será el "Darío real" quien controlará la historia. Sí, aunque parece haber un "Darío real" con varias identidades -simpático en Caracas, huraño en Bogotá, etc.- será éste, con su pluma Mont Blanc y su procesador de palabras, "el amo y señor de este cuento". El que puede, en cualquier instante, empujar el alfiler y "hacerle plop" a la burbuja. (Sí, plop: como Condorito). Porque, en su opinión, "una historia inventada es como una burbuja". De ahí el título y la propuesta de la novela: un juego de alfileres. Bien mirado, se trata de otra aclaración innecesaria: el "Darío real" no es más que el conocido narrador omnisciente, el dios que controlaba a su antojo a los personajes e intervenía descaradamente en la historia en la novela decimonónica, antes de que apareciera Gustave Flaubert y dijera: "Madame Bovary soy yo".

No obstante, a pesar de sus inocentes juegos de metaficción -de una posmodernidad bastante trasnochada-, esta novela contiene una historia que vale la pena por lo bien contada. Tres colombianos corrientes, de pronto, se ven involucrados en una aventura de narcotráfico y de sangre. Un relato que seduce por sí mismo y por las luces que da sobre nuestro comportamiento colectivo: "Un producto típico del país, característico de una cierta época en que esta especie prosperó: el tipo que se la pasa de listo, el audaz que no le tiene miedo a nada (y le gusta exhibirse así), el perito en bordear la ley sin salirse de ella". Darío Jaramillo, el del Mont Blanc, es un narrador inteligente, cuidadoso, sobrio, irónico.

¿Para qué, entonces, recordarnos a cada rato que se trata sólo de una invención? Tal vez para imprimirles cierta distancia a unos hechos demasiado colombianos y fatalmente condenados a contarse a la manera de una novela negra convencional. (Una estructura que se parodia pero, al final, no se subvierte). Por eso, resulta intrascendente este juego de la tras escena que más que levedad produce es falta de credibilidad. Uno no puede terminar una novela buena (seria o divertida, según la intención) diciendo "plop" porque se viene abajo, como les suele ocurrir a los personajes de Condorito. Desde El Quijote la novela es consciente de vivir en un límite azaroso que va de la realidad a la ficción. Todo es ambiguo, todo se puede poner en duda. Todo, menos la credibilidad de los personajes. La literatura fracasa cuando no consigue que la palabra sea real. Don Quijote nunca existió, pero nadie duda de su realidad.

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