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| 3/25/1985 12:00:00 AM

CABALLO GRANDE...¿ANDE O NO ANDE?

El tamaño no necesariamente habilita a una obra para el espacio público

No es la posición del artista ni la del arquitecto, ni siquiera del artista que todo arquitecto, en cierta manera,lleva dentro, sino otra que de ningún modo resulta de la combinación aritmética de las anteriores; ella exige que ambos tipos de creadores plásticos entregue aquella parte de sí mismos que corresponde al afán de firmar, figurar, descollar, y asuma los deberes con el espacio público. Que entienda que una vez ante esa exigencia su dimensión personalista debe tomar segundo plano ante la necesidad de contribuir a la mejor función comunitaria con la que ahora se compromete. Es este tipo de consideraciones lo que explica, quizás lo único que hace comprensible, que una misma obra de arte pueda ser buena, incluso excelente, cuando aparece en el entorno de la sala privada la galería o-el museo, y sea impropia, aun pésima, cuando pretende actuar fuera de puertas contra el medio urbano del ruido, la velocidad, las multitudes, o contra condiciones que son sencillamente distintas por su escala, funciones e implicaciones de aquellas donde se desarrolla el arte privado, de capilla, de salón; contra el espacio público que demanda de la obra una particular dimensión de la escala que no debe ser confundida con su tamaño, a secas.
Esta confusión, sin embargo, se ha vuelto lugar común entre los artistas plásticos colombianos, quienes, quizás guiados por el afán de ver sus obras ante las masas, han olvidado que la escala, más que el tamaño, es la capacidad física, visual y trascendente para relacionar lo pequeño y variable (el peatón y su tamaño, sus acciones, el tráfico, etc.) con lo grande y estable (lo continuo de edificaciones, vías, puentes, etc.); que la escala es la facultad de la obra para reunir diversidades y aportar coherencia. Si se considera lo anterior ante el marco de referencia del caos ya habitual en nuestras grandes urbes, se verá lo necesario de obtener estas virtudes. También se podrá entender, y ya pensando un poco al contrario, por qué la mayoría de nuestros artistas plásticos que han intervenido con sus obras en el espacio público últimamente, lo han hecho como agentes de la contaminación visual que nos agobia pues se han limitado a pretender el simple agrandamiento de sus obras, aun a sabiendas de que ellas se han originado en el concepto del arte de salón; el agrandarlas no las convierte de manera automática en piezas aptas para el espacio público. Por el contrario, casi siempre resultan mamotretos que lejos de contribuir a la mejor comprensión de lo urbano, interrumpen desafortunadamente su lectura y coartan aún más la capacidad del usuario para comprender su medio ambiente en la ciudad.
Las anteriores disquisiciones, aunque a primera vista puedan parecer vagas, resultan sin embargo de la visita a la Sala de Exposiciones de la Biblioteca Luis Angel Arango en Bogotá, donde en la actualidad se exhiben las piezas que concursaron recientemente para optar por su construcción definitiva en el aeropuerto José María Córdoba en la ciudad de Medellín. El llamado a concurso constituye una iniciativa de por sí loable, aunque seriamente discutible des de el punto de vista de la lista de invitados a participar. Pues si está bien que los artistas acudan al servicio de lo comunitario, no tiene sentido que ciertos creadores que han hecho carrera con obras exclusivamente de caballete, obras que en términos de lo escultórico siempre se desarrollan sobre bases en el espacio privado, obras eminentemente móviles, tengan que inventarse, súbitamente, la carrera que no conocen, solo porque alguien pone su nombre en una lista y los tienta con jugosos premios. El resultado de todo esto no puede ser más claro. La inmensa mayoría de las obras se limita a proponer imágenes correspondientes a trabajos de salón que deberán ser "inflados" a varias veces su tamaño con el fin de hacerlos visibles en los grandes espacios tanto internos como exteriores. En esos términos es notoria la falta de sentido que tienen propuestas como las de Granada, Negret, Rojas, Góngora, Rayo, etc., entre muchos otros, de los cuales una proporción considerable corresponde a artistas serios e importantes. Son, en su mayoría, las obras que han concursado, propuestas que pecan por su ubicuidad; por la independencia con respecto a las determinantes del sitio y la arquitectura, de las condiciones generales y de la función del aeropuerto. Son estas, obras capaces de ser localizadas donde quiera v no pertenecen a sitio alguno ni a compromiso funcional alguno, ni a compromiso estético alguno. Hasta tal punto llega la falta de "muralidad" y especificidad de algunas de ellas, que un ilustre concursante ha llegado al extremo de señalar varios posibles sitios para la localización de su pieza, lo cual no deja de ser risible.
Por otra parte, creadores tan serios como Beatríz González, llegan apenas a los límites del chiste medianamente bueno; Santiago Cárdenas, quien ha sido siempre visto como artista responsable, se contenta con el pastiche de Oldenburg, como si aquí nadie supiera de qué se trata su propuesta; Ana Mercedes Hoyos cae en el lugar común de la contaminación visual por vía del Museo Vial, y así por el estilo. Casi todo lo que está a la vista en la Luis Angel peca de improvisacionismo provinciano con visos de genialismo al instante, que aparte de la curiosidad que provoca, no deja de deprimir considerablemente.
Las obras de mayor interés son: la verdaderamente divertida e irreali zable propuesta de Juan Camilo Uribe con sus manos poderosas en el horizonte, que ha debido convertirse en algo así como el afiche oficial del aeropuerto; el "Rayo" de Salcedo; el "Paisaje Cautivo" del Taller de Arquitectura de Medellín; las ominosas figuras propuestas por Alcántara, evocadoras del destino como en los coros clásicos, tan a propósito en este sitio al borde de los vuelos, y los Pórticos a colores de Hugo Zapata, que guiarán de noche y de día como un monumental sistema de señalización a los que desde Medellín van por diversas rutas al aeropuerto, y a los que, al contrario, por diversas rutas buscan la urbe, abajo, en el valle de Aburrá. -
-Galaor Carbonell -
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