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| 9/19/2004 12:00:00 AM

Cadáveres bien parecidos

El cementerio más famoso del mundo, el Père Lachaise de París, acaba de cumplir 200 años. SEMANA recorrió el lugar donde reposan algunos de los más grandes genios de la humanidad.

Al entrar al Père Lachaise se sabe de inmediato que se está en el mundo de los muertos. Nada concuerda con el exterior: aunque se encuentra en el corazón de una de las ciudades más agitadas de Europa, es difícil oír un solo ruido. Y en uno de los días más calurosos de julio parece que fuera otoño: un viento gélido no para de soplar, hace frío y el cielo es siempre gris.

El cementerio está situado en el 20ème arrondisement de París, al final de la avenida República y no muy lejos de la Ópera. Allí, sobre la colina Mont-Louis, una de las siete que rodean la ciudad, se encuentra este increíble lugar que parece más un parque que cualquier otra cosa. La ciudad tiene otros 20 cementerios, pero este es indiscutiblemente el más famoso: tiene más de 70.000 tumbas y lo visitan dos millones de personas al año. Después de la Torre Eiffel, la catedral de Notre-Dame y el museo del Louvre, es el cuarto lugar más popular de París.

Sobre héroes y tumbas

A principios del siglo XIX París vivía un terrible crisis sanitaria. La ciudad había crecido sin ningún control y no tenía un sistema de cementerios suficientemente desarrollado. Los cadáveres se llevaban a fosas comunes o se abandonaban en las catacumbas. Ante semejante situación, el emperador Napoleón Bonaparte decidió que era hora de construir un nuevo cementerio que cumpliera los requerimientos de la ciudad más grande de Europa. El encargado de construirlo, en un área de 17 hectáreas, fue el arquitecto Alexandre Brongniart bajo las órdenes del alcalde Nicolas Frochot.

El Père Lachaise se inauguró el 21 de mayo de 1804 y recibió su nombre en honor al confesor de Luis XIV, el padre François de la Caise d'Aix, conocido como Père Lachaise, quien vivió en ese lugar por muchos años. Pero al comienzo el experimento fue un fracaso. Los parisienses -como siempre- no quisieron cambiar sus costumbres y durante los primeros 10 años apenas se llevaron a cabo 500 entierros. En 1817 las autoridades decidieron trasladar los restos de Abelardo y Heloísa, los míticos amantes del siglo X, para darle un segundo aire al cementerio. Hoy en día esta tumba, una pequeña capilla gótica, es una de las más visitadas y se ha convertido en un lugar de encuentro para parejas clandestinas. En los años siguientes llegaron los cuerpos de los escritores Jean de la Fontaine y Moliere. La estrategia fue tan exitosa que en 1830 ya tenía 33.000 tumbas y lo ampliaron en cinco ocasiones. Se dividió en 97 zonas que aún se conservan y en 1887 le construyeron un crematorio y un columbario neobizantinos que todavía están en uso.

En sus 200 años de historia los sectores más viejos del cementerio han sufrido graves daños. En 1814, por ejemplo, durante la guerra entre Francia y Rusia, el cementerio fue escenario de algunas batallas. Igualmente, durante las revueltas de 1871 se llevó a cabo una verdadera guerra civil entre las tumbas. Por esto algunas de las más viejas, las de principio de siglo, fueron casi destruidas. Así mismo, durante las guerras mundiales el cementerio sufrió varios daños.

En la década de los 80 el entonces alcalde de París, Jacques Chirac, organizó una campaña para recuperar el Père Lachaise. Limpió los callejones más viejos y se restauraron las tumbas que estaban en mal estado. Algunas, como las del cantante y poeta Jim Morrisson y la de Oscar Wilde, se cercaron para evitar que los turistas se acercaran demasiado y otras se demolieron. También se eliminó un bosque que servía de punto de encuentro para algunos homosexuales.

Tumbas de la gloria

En ningún lugar del mundo se pueden encontrar tantas celebridades como en el cementerio Père Lachaise de París. Y sí, es cierto, todos están muertos. Pero tampoco hay que ser demasiado exigentes.

Gran parte de las dos millones de personas que visitan el cementerio cada año buscan encontrarse, así sea en silencio, con sus ídolos. Pero casi todos se llevan una sorpresa ante la sencillez de sus sepulcros. El caso más sorprendente es el de Marcel Proust. El autor, uno de los narradores más ilustres de las letras francesas, está sepultado en un sector alejado, en medio de desconocidos. Su tumba es una simple losa de mármol negro con su nombre inscrito en letras doradas. Eso sí: siempre hay algún literato demasiado entusiasta que se sienta por ahí a leer uno de los tomos de En busca del tiempo perdido. Lo mismo les ocurre a los adoradores de la pintura de Amadeo Modigliani o de las novelas de Balzac: esperan encontrarse con mausoleos enormes y apenas se tropiezan con lápidas muy modestas.

Los que no se decepcionan, en cambio, son los admiradores de Oscar Wilde. La tumba de este dramaturgo y novelista se encuentra en el sector 89, bastante cerca de su colega Proust, bajo una enorme escultura de Jacob Epstein. La escultura, una especie de ave Inca o de demonio volador, está llena de besos pintados que acostumbran dejar los visitantes. Todas las semanas los encargados de la seguridad del cementerio la limpian, pero a los pocos días vuelve a estar llena de huellas de besos rojos.

Un poco más hacia el oriente se encuentra una de las secciones más impresionantes: la de los monumentos a los caídos durante la Segunda Guerra Mundial. En un callejón amplio están los monumentos más imponentes, dedicados a la comunidad francesa judía, a los soldados franceses, a las víctimas de los campos de concentración en Alemania y a los ciudadanos franceses que hicieron parte de la Resistencia. De hecho, el Père Lachaise es el único cementerio del mundo que tiene monumentos dedicados a todos los muertos en los campos de exterminio.

Otro de los lugares sorprendentes es el llamado Callejón Principal, en el extremo oriental del cementerio. Allí enterraron a personajes tan importantes como los escritores Alfred de Musset -a quien le dejan poemas-, Miguel Ángel Asturias, el pintor Eugene Delacroix y el músico Fréderic Chopin. Justamente, la tumba de Chopin esconde uno de los mayores enigmas del cementerio. Durante todo el año -no importa que sea invierno- bajo el busto del músico hecho por Auguste Clésinger se encuentran dos claveles blancos y uno rojo. Nadie sabe quién los pone pero siempre están ahí.

Y la lista de celebridades sepultadas continúa. Ahí está Edith Piaf junto a su novio Théo Sarapo y la actriz Simone Signoret al lado de su amante, el también actor Yves Montand. Los fanáticos de la literatura y la filosofía pueden encontrar a los más grandes: Guillaume Apollinaire, Jean François Lyotard, Paul Elouard, Gérad de Nérval, Jules Michelet, Maurice Merleau-Ponty y Gertrude Stein. Quienes prefieren a los músicos y en particular el bel canto pueden visitar a Vicenzo Bellini, a Georges Bizet (autor de Carmen), a María Callas y a

Gioacchino Rossini, el compositor de El barbero de Sevilla. Quienes no tienen tiempo de ir al Louvre también estarán muy contentos en el Père Lachaise: podrán ver las tumbas de los maestros del romanticismo Louis David, Théodore Géricault y Dominique Ingres y la del impresionista Camille Pizarro. Y, como si fuera poco, también están sepultadas las actrices Sarah Bernhardt y Simone Signoret, el cineasta Georges Méliès, el fotógrafo Nadar, la bailarina Isadora Duncan y gran cantidad de importantes políticos, periodistas y científicos.

Morrison hotel

Pero si se trata de tumbas famosas, ninguna en todo el cementerio -o en el mundo- le gana a la de Jim Morrison, el cantante de The Doors. Este músico y poeta californiano sufrió una sobredosis en julio de 1971, pero meses antes de su muerte había visitado el cementerio y había pedido ser enterrado ahí. Sobre su pequeña tumba se alcanza a leer un epitafio en griego: "Kata Ton Daimona Eaytoy". Esta frase se puede traducir de muchas formas. Una de ellas es: "Al espíritu divino dentro de él". Otra es: "Creó sus propios demonios".

Frente a su tumba siempre hay alguien. Puede ser un turista japonés que toma fotos sin saber muy bien quién fue Morrison o algún hippie confundido que ha viajado muchos kilómetros para tener un encuentro espiritual con él. Pero, por lo general, son jóvenes rebeldes que se reúnen a fumar hachís o a tomar un trago de whisky en honor del cantante. Antes de las reformas de Chirac los visitantes podían dejar flores y escribir mensajes en tiza sobre la tumba. Incluso algunos fanáticos extremos llegaron a arrancar la lápida. Ahora, el sepulcro de Morrison está cercado y hay varios guardias de seguridad vigilando la famosa tumba. A la entrada los visitantes reciben un anuncio -en un tono bastante francés, por cierto- que les advierte sobre los peligros de acercarse demasiado a la tumba del 'Rey Lagarto'.

Existen muchas leyendas sobre cosas que suceden sobre la tumba de Morrison. Algunos aseguran que grupos satánicos se encuentran a media noche para hacer misas negras en su honor. Pero esto nunca se ha podido probar. También hay leyendas sobre otras tumbas famosas: algunos afirman que las mujeres estériles deben visitar la tumba de Virgil Noir. Lo único que deben hacer para quedar encinta es frotar el sexo de la estatua que se levanta en honor al periodista asesinado. Otra leyenda urbana dice que los alumnos de un colegio muy cercano al cementerio, el Liceo Voltaire, se reúnen todos los miércoles por la tarde en el antiguo columbario y organizan orgías maravillosas. O también dicen que quienes visitan la tumba de Allan Kardec, fundador del espiritismo, reciben una carga de energía mágica.

En fin, cada tumba tiene su historia en el Père Lachaise. Algunas más macabras que otras. Algunas más verídicas que otras. Lo único que parece ser cierto es que después de 200 años este cementerio está más lleno de vida que nunca.
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