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| 9/23/1991 12:00:00 AM

CALLEJON SIN SALIDA

El Museo Nacional expone el trabajo reciente de Omar Rayo, un artista que no llegó tan lejos como parecía prometerlo su obra de hace dos décadas.

EL MISMO AÑO EN QUE FERNANDO BOTERO OBTUVO EL PRIMER premio del Salón Anual de Artistas Colombianos (1958), Omar Rayo ocupó el segundo puesto. El país vivía entonces una de las épocas doradas del arte. La modernidad había entrado de lleno. Propuestas como la de Alejandro Obregón comenzaban a abrirle las puertas a una plástica renovada.
La vanguardia empezaba a consolidarse -después del gran impulso de pintores como Ignacio Gómez Jaramillo-, sin que por esto se hubiera perdido la inspiración nacionalista. Lo que ocurria era que en materia de arte se estaba hablando en términos universales. Y Rayo era uno de los candidatos para mantener ese estandarte.

Ahora, tantos años después, cuando el Museo Nacional exhibe su obra reciente, surge la pregunta de hasta dónde lo ha mantenido. Omar Rayo fue traduciendo sus figuras originales, con gracia e ingenio, en una propuesta abstracta de indudable consistencia. Habla en sus trazos geométricos algo original, que de entrada llamaba la atención. Y cuando el espectador caia en la trampa de dedicarle unos minutos al cuadro, éste iba revelando ese misterio de las sombras, ese espacio donde habita el inconsciente, esa magia de los pliegues que hacia creer en la presencia de imágenes tridimensionales.
Algunos de sus temas demostraban una inspiración precolombina: más exactamente, podria decirse que varios de sus motivos recurrentes tenian el influjo indiscutible de los tejidos indigenas. Y esa traslación de épocas, esa interpretación de lo legendario ha sido siempre bien recibida cuando se emprende con maestria..
A partir del claroscuro, se le daba vida a una realidad multifacética, que parecia tener sus origenes en el centro de un lienzo profundo e inalcanzable. Los motivos se sostenian en un fondo etéreo como si la gravedad no existiera. Eran una especie de laberintos mentales, en los cuales se reafirmaba su condición misteriosa por el protagonismo del blanco y el negro. El color surgia como detalle ubicado estratégicamente, aplicado con precaución, y se convertia muchas veces en la llave que permitia emprender la lectura del cuadro. Los cuadros de Rayo creaban suspenso. Y creaba suspenso también su obra en conjunto... criticos y espectadores se preguntaban cuál seria el siguiente paso.
A dónde llegaria el vallecaucano en las etapas que estaban por venir.

Pero al mirar su producción reciente, desafortunadamente queda la idea de que el artista no encontró la puerta de salida de esa propuesta pictórica que prometia tantos frutos. Su obra siguió girando en torno de los mismos parametros iniciales. Y no es que volver siempre al mismo tema sea un pecado en la plástica. No lo es, siempre y cuando se avance hacia nuevas interpretaciones, que es lo que no aparece en la actual muestra de Rayo. Por el contrario, parece que el deseo de interpretación y de búsqueda cedió ante la tentación del facilismo. La obra se volvió, entonces, más decorativa.

De cualquier manera, Omar Rayo sigue ocupando un lugar en la historia reciente del arte colombiano. No hay duda de que su producción de hace algunas décadas despertó la imaginación de muchos de los artistas que apenas empiezan a consolidar un estilo propio. Y esto significa que si la critica no lo ha favorecido en los últimos años es, precisamente, porque se esperaba mucho más de él, y no porque se quiera poner en entredicho la obra que le dio tanto vuelo en su momento.
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