Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1996/04/29 00:00

CAMBIO DE IMAGEN

NUEVOS NOMBRES CON ARGUMENTOS INESPERADOS DAN INICIO A UNA RENOVACION NECESARIA EN EL PANORAMA DEL ARTE NACIONAL.

CAMBIO DE IMAGEN

Un cambio de imagen amplio y positivo ha comenzado a observarse en la escena plástica del país en los últimos meses. Artistas sin larga trayectoria y con obras relativamente desconocidas y de concepción inesperada, han ingresado al calendario de museos y galerías, aportando una necesaria corriente de aire fresco a un panorama que tendía a permanecer inamovible y satisfecho con enriquecer las hojas de vida de los artistas reconocidos. En el Museo de Arte Moderno, por ejemplo, se lleva a cabo una sólida y sensible exposición de Claudia Cuesta, artista que confronta la escultura de manera novedosa en ejecución y contenido. En sus obras se involucran variados materiales como metales, piedras, espejos, textiles y luces, y se utilizan mecanismos industriales para conformar metáforas sorprendentes y complejas sobre el cuerpo, la vida y los sentimientos del ser humano. Sus trabajos más recientes mantienen un común denominador en cuanto al significado pero varían ampliamente en su estilo y elaboración. En la primera obra que encuentra el visitante, una serie de conos de donde parten diversas conexiones, impone una asociación inmediata con pechos y conductos vitales. Una especie de cordón umbilical conecta esta parte de la obra con una máquina que expele aire inflando y desinflando una bolsa con un ritmo que se relaciona inevitablemente con la respiración. La pieza siguiente es una especie de instalación con láminas de acero oscuras, frías y fuertes, que podría decirse que conforman el mundo exterior, las cuales encierran un espacio blando, placentero y cálido que se ilumina por medio de un sensor al registrar la cercanía de las personas, mientras una grabación repite indefinidamente 'ma, ma, ma...'. Otra obra es una escultura más tradicional puesto que reproduce fielmente en alabastro unos senos que reposan en un estuche de terciopelo sostenido por una base de mármol blanco. A pesar de tan marcadas diferencias, es claro que estas piezas aluden a la maternidad y tienen que ver con afirmaciones de la vida. Es decir, las tres presentan contenidos similares aunque cada una es totalmente independiente, a la inversa de lo que sucedía hasta hace poco tiempo cuando la consistencia del estilo y las peculiaridades del lenguaje eran las prioridades del expositor. En la galería El Museo, por otra parte, tiene lugar una muestra de Gabriel Silva, un artista que ha regresado de Europa a radicarse en Colombia y cuya obra se refiere en parte a las sensaciones y emociones que se derivan de este hecho. La exposición incluye ensamblajes donde el anjeo le aporta a la iconografía cierta inestabilidad coincidente con su calidad de vivencias y visiones y también trabajos realizados con parafina, un material dúctil en el cual se puede insertar todo tipo de elementos para complementar el sentido de las obras. La reiterada forma del mapa de Colombia y la permanente alusión al fuego (algunos trabajos están elaborados con fósforos) resultan elocuentes acerca de las situaciones dignas de purificación que el artista ha percibido recientemente, así como sobre el rumbo intuitivo y poético que siguen sus representaciones. En la misma galería se presenta simultáneamente una muestra de Catalina Mejía, quien en su corta trayectoria ha incursionado en las más diversas maneras de creatividad plástica, desde la abstracción expresionista hasta el conceptualismo. Sus últimos trabajos mantienen las limitaciones de color de su producción anterior así como el carácter atmosférico de manchas indefinidas, pero estos elementos comparten ahora los espacios con la representación aparentemente inconexa de objetos, signos y animales. Algunas de estas figuras proyectan su propia sombra sobre el lienzo, a la manera del juego entre ilusión y realidad de la pintora argentina Liliana Porter, pero el trabajo de Catalina Mejía persigue una finalidad estrechamente vinculada con definiciones de la expresión plástica, y así lo corrobora su particular mezcla de un abstraccionismo de orígenes gestuales con el realismo que se deriva de la fotografía y con un conceptualismo de contexto autobiográfico. En la galería Carlos Alberto González, finalmente, se presenta una instalación de Omar Valbuena por virtud de la cual el recinto se ha transformado en una especie de cuarto de baño con cortinas de plástico, toallas, tinas y jabones. Si se tiene en cuenta que las bañeras de hallan llenas de petróleo y que la forma del lagarto se repite en las cortinas y las baldosas, no es difícil desentrañar un mensaje que demanda limpieza en la política y en el manejo de los campos petroleros y de todos los recursos naturales del país. No obstante la disparidad en conceptos y objetivos, las obras de estos cuatro artistas tienen en común una presencia actualizada y promisoria que rompe con el ánimo cansado y sin sorpresas que parecía haberse adueñado de la programación de los museos y gale-rías del país.

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