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| 11/4/2006 12:00:00 AM

Campo de batalla

Beatriz González, pintora e historiadora, realizó para SEMANA una visita guiada de la muestra que recoge lo más representativo de la historia de los salones nacionales de arte.

No es tarea fácil reunir en un par de salas lo más representativo de 66 años y 40 ediciones del Salón Nacional de Artistas. Al fin de cuentas, este ha sido, ante todo, un escenario de encendidas polémicas y batallas, un evento que, al mostrar los distintos presentes del arte colombiano, cuando se le mira con la perspectiva del tiempo, se convierte en un testimonio clave de grandes cambios del arte colombiano que, en su momento, se vieron como engendros, errores o el resultado de modas que parecían pasajeras.

Beatriz González, pintora e historiadora y una de las curadoras de esta exposición, advierte que este "no es un salón de premios sino un salón hecho para exhibir las obras que significaron un cambio en la ruta del salón".

Las obras están expuestas en la sala de exposiciones temporales del Museo Nacional, sobre un fondo que no es blanco sino reproducciones ampliadas de periódicos relacionadas con noticias y críticas de los distintos salones. Así, el visitante no sólo ve la historia de los salones a través de las obras mismas, sino también de las reacciones que generaron. La muestra la complementan varias pantallas de televisión donde se presenta un video didáctico con la historia de los salones y un catálogo de la muestra.

Y aunque al Salón Nacional muchas veces se le ha criticado porque casi nunca participan artistas consagrados sino más que todo los jóvenes, en esta muestra figuran Débora Arango, Ignacio Gómez Jaramillo, Guillermo Wiedeman, Obregón, Botero, Ramírez Villamizar, Negret, Bernardo Salcedo, Roda, Álvaro Barrios, Doris Salcedo, José Alejandro Restrepo, Juan Fernando Herrán... es decir, casi todos los nombres más representativos de los últimos 70 años del arte colombiano. Emociona ver La Violencia (1962) de Obregón al lado de Contrapunto (1957) de Botero y Horizontal Blanco y Negro (1958) de Ramírez Villamizar. Es como si, de pronto, ese museo soñado que no existe se hiciera realidad, al menos hasta el 14 de enero, cuando se cierra esta exposición.

Como recuerda Beatriz González, el Salón comenzó durante la república liberal, más exactamente durante la administración de Eduardo Santos y cuando Jorge Eliécer Gaitán era ministro de Educación. Era, ante todo, un proyecto que buscaba acercar el arte al ciudadano común, al pueblo. En los primeros salones se enfrentaron las propuestas de los paisajistas y los académicos a pintores que comenzaban a atisbar en el arte del siglo XX y presentaban pinturas con rasgos expresionistas. Luego, el gobierno conservador de Ospina Pérez clausuró el Salón, Laureano Gómez lo revivió dos años, de nuevo lo cerró Rojas Pinilla y reapareció con gran ímpetu en 1957, de la mano de Marta Traba. "La década más rica fue la de los años 60, cuando la dirigió Marta Traba. Durante esos años siempre hubo salón y se dieron grandes discusiones. Ella lo defendió siempre, lo llamaba su batalla", explica González.

Una de las obras más importantes de esa época fue Algo de comer (1967), de Santiago Cárdenas, muy influida por el hiperrealismo y el pop. Beatriz González también recuerda cómo los jóvenes querían impedir a toda costa que las vacas sagradas participaran. Este fenómeno fue sucediendo generación tras generación, y así fue como fueron apareciendo en el panorama del salón nuevos nombres que a su vez se fueron consolidando y entraban a formar parte de esa categoría de vacas sagradas que algún día habían criticado.

En los 70, además del arte politizado línea Moscú y Pekín, también irrumpieron por un lado grabadistas y dibujantes mientras se comenzaba a consolidar el arte conceptual. De esa época se destacan las cajas de Bernardo Salcedo y los trabajos de Antonio Caro como Colombia (1976) con el logo de Coca Cola. También comenzaron a aparecer obras como Bocagrande (1979) de Alicia Barney; Llamarada (1976) de Juan Camilo Uribe, una pieza cinética . Otra obra conceptual que destaca Beatriz González es Alacena de zapatos (1978), de los barranquilleros del Grupo el Sindicato, de la que en su momento el crítico Eduardo Márceles Daconte dijo: "En un país que está en manos de narcos y que la gente quiere decorar sus casas con arte, se hace una obra antimuseo, antigalería, antiarte...".

En los 70 nacieron los salones regionales y abiertos, lo que les abrió el camino a muchos artistas jóvenes de las regiones que de otra manera jamás habrían podido acceder a la capital. A finales de los 70 y comienzos de los 80 hubo un regreso a la pintura y aparecen las obras de Rojas con material fotográfico sobre papel sensible, Cupido equivocado (1988) y la cortina de Óscar Muñoz, Pinturas de agua (1985).

En el salón de 1987 se hizo en Medellín, irrumpió el nombre de Doris Salcedo, que resultó ganadora junto a Juan José Peláez. Su obra Con olor a hospital, propiedad de la galería Tate Modern, de Londres, no está en la muestra, pero Beatriz González consideró pertinente mostrar una foto, dada la importancia de su obra. Salcedo, tal vez la artista colombiana con mayor proyección en la actualidad, ha dicho que participar en el salón fue definitivo para su obra.

Ya en los 90, el Salón reflejó nuevas tendencias como el performance, el video, aparecen los nombres de María Teresa Hincapié, Óscar Muñoz, José Alejandro Restrepo, el presente del arte, un territorio cada vez más difuso, más difícil de definir, pero no por ello menos apasionante y creativo.

La obra que cierra el salón es un video de Óscar Muñoz, Re-trato (2004), en el cual él pinta con un pincel una y otra vez su atorretrato sobre una superficie que lo evapora. Sin duda se trata de una muy buena metáfora del Salón Nacional, un evento que nace, muere, resucita y se reinventa. El gran escenario de las batallas del arte colombiano.
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