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| 3/18/2006 12:00:00 AM

Capote

No sólo la premiada actuación de Philip Seymour Hoffman convierte a este drama inteligente en una película extraordinaria.

Título original: Capote.
Año de producción: 2005.
Dirección: Bennett Miller.
Actores: Philip Seymour Hoffman, Catherine Keener, Clifton Collins Jr., Chris Cooper, Bruce Greenwood.

Lo primero que sorprende de Capote es la sobriedad, la paciencia, la precisión de todas sus secuencias. En una era en la que el poder de las cámaras digitales, la imponente lógica de Internet y el montaje frenético de los video clips han transformado profundamente el lenguaje cinematográfico, en una época en la que los consumidores parecerían exigir escenas cada vez más rápidas, más arriesgadas, más espectaculares, esta perturbadora radiografía de una mente ambiciosa, la primera película de Bennett Miller, se la ha jugado toda por una cámara que no invade los escenarios ni persigue a los personajes, sino que se toma su tiempo en la búsqueda de un encuadre que en verdad diga lo que pretende decir. Capote obliga al público a habitar sus imágenes. Es, como el mejor cine de autor que se hace en Estados Unidos, una reivindicación de un auditorio que ha sido menospreciado por los estudios desde los años 80.

Cuenta una historia que no nos deja en paz después de verla: la del derrumbe, desde 1959 hasta 1965, de aquel Truman Capote que estuvo a punto de enloquecer (o mejor: de extraviarse en su propio ego) mientras trataba de escribir A sangre fría. Prestigioso narrador con aires de estrella de Hollywood (una de sus novelas más exitosas, Desayuno en Tiffany's, se transformará en un clásico del cine), el Capote del comienzo de la película es una caricatura de sí mismo: "siempre, desde que era un niño, la gente me ha estereotipado por mi forma de hablar, por mi forma de ser", dice en una de las primeras escenas. Está cansado de su propia imagen. Está harto de escribir ficciones. Su siguiente libro contará, por eso, la trasescena de cuatro asesinatos sucedidos en Holcomb, Kansas, el domingo 15 de noviembre de 1959. No imagina, en ese punto, que conseguirá darle estatus de novela a una crónica de páginas judiciales. Ni mucho menos que establecerá una enfermiza relación con uno de los dos hombres condenados a la pena de muerte por haber cometido aquellos crímenes.

Philip Seymour Hoffman, actor de culto del nuevo cine estadounidense (vale la pena verlo en La hora 25, en Boogie Nights, en Casi famosos), logra, como el Capote del relato, descubrir el monstruo que descansa en la caricatura. No es fácil, en un principio, identificarse con su personaje. Pero con el paso de los minutos, mientras el relato deja de ser la observación de un escritor en un callejón sin salida para convertirse en el drama de un hombre que sólo puede salvarse a sí mismo destruyéndose, nos es imposible no ponernos en su sitio. ¿Cómo volver a escribir cuando se ha descubierto que el personaje, el hombre a estudiar y el horror descubierto es uno mismo? ¿Cómo perdonarse cuando se ha publicado la tragedia de otro, a sangre fría, en la búsqueda del éxito? Nos duele ver a ese Truman Capote, genial e irredimible, completamente solo con esas preguntas.
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