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| 11/24/2012 12:00:00 AM

Cara y cruz

Esta audaz propuesta narrativa del escritor colombiano Ricardo Silva reúne dos novelas de géneros distintos en un mismo libro.

Érase una vez en Colombia
Ricardo Silva Romero
Alfaguara, 2012

Dos novelas sobre Colombia. Una, la historia de una masacre; la otra, como lo indica su título, comedia romántica. El 'cara y cruz' nos da la opción de empezar por cualquiera. Yo empecé por El Espantapájaros, la masacre: primero la noticia mala.

No es grato leer una narración sobre una masacre. Y me imagino que lo es menos escribir sobre ella. El periodismo colombiano lo ha hecho y con muy buenas crónicas. Bueno, es apenas lógico, la omisión de este tema hubiera sido imperdonable: las masacres hacen parte de nuestra historia, de nuestra realidad cotidiana. En cambio, la literatura no y era llamativo, como lo señaló alguna vez Antanas Mockus, durante su campaña a la Presidencia. "Fue el único momento de lucidez que tuvo en esa campaña", dice Ricardo Silva. Lo cierto es que los tiempos de la literatura son distintos, más lentos, más decantados, sin urgencia. Y ningún escritor está obligado a tratar un tema en el cual no encuentre una motivación personal, una necesidad profunda.

Por la observación de Mockus o porque ya lo rondaba la idea, Ricardo Silva es el primero en abordar este tema desde la ficción y ojalá no sea el último. Las masacres colombianas han sido un verdadero Holocausto, con mayúscula, donde el sentido de lo humano se ha puesto a prueba. Hasta ahora estamos empezando a digerir los horrores y los niveles de maldad que allí se alcanzaron.

No es grato enfrentarse con el mal. Y menos de frente, en tiempo real. La masacre que narra El Espantapájaros ocurre en un día, o mejor, en lo que dura la luz del día: empieza en la mañana y termina al atardecer. "Nada ni nadie imagina la masacre": desde la primera frase quedamos atrapados en el ritual macabro que tendrá lugar en la vereda Camposanto del municipio de Montenegro, un caluroso pueblo de 298 habitantes al cual llega arrasando Cigarra, el comandante del Bloque Titanes, con un ejército de 114 hombres, del cual forma parte Polilla, de 11 años: "Y un niño, vestido de soldado pregunta '¿adónde disparo, ¿a quién hay que matar ' antes de pegarle un tiro en la cabeza a un perro cojo que pasa por ahí".

La única manera de aceptar el horror es con belleza. Uno no quisiera seguir leyendo pero la precisión de las frases, el ritmo de la narración, lo que vamos sabiendo de los personajes, sus voces, con sus tics, nos impiden abandonar la lectura. El Cigarra es en el fondo un hombre inseguro, temeroso de que lo consideren "bruto", de que alguien lo vaya a irrespetar. Es el instrumento de 'el Doctor', el terrateniente de la zona que necesita el terreno sobre el que se aposenta Camposanto. Pero también tiene un duelo personal con el Espantapájaros, el bandolero de la época de la Violencia que le mató al hermano, que le robó la mujer —la negra Briseida—, y que vive escondido en el pueblo, protegido por "los viejos", sus antiguos camaradas. Los motivos sobran, pero no son suficientes. Hasta el criminal más criminal —el más chapucero—, necesita hacer parte de una representación simbólica. Por eso el Cigarra busca en las líneas de la mano de sus víctimas el vaticinio de una muerte violenta y él mismo se oculta las suyas con unos guantes de ciclista. Urde una tragedia del destino y de la venganza a la manera de un wéstern.

Gracias al lenguaje, no me resultó devastadora la lectura de la masacre. Ante el caos, la forma. Ante el sinsentido, las palabras, el orden que impone una historia bien contada. Ya podía darle la vuelta al libro y disfrutar "la comedia romántica", también con un comienzo atrapante: "¿Le digo lo que quiero yo, Benjamín, le digo de frente lo que quiero: una conversación que dure toda la vida". Eso promete la novela y eso cumple: mantener el aliento de un diálogo divertido e inteligente, que dura 266 páginas, sin interrupciones. Mientras pasa la vida y la joven pareja de Benjamín y Martina se casa, tiene hijos, envejece. Como apuesta literaria, no era menos difícil. Ni menos profunda: mantener viva la llama del amor puede llegar a ser una tarea épica, no exenta de drama, ni de los avatares políticos, como se verá en las páginas finales. El destino asumido y el destino como fatalidad histórica se entretejen en un monstruo de dos cabezas: Érase una vez en Colombia.
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