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| 5/28/2011 12:00:00 AM

Carancho

El cineasta Pablo Trapero retrata una vez más a un tipo mezquino que hace lo mejor que puede para sobrevivir a tanta corrupción. ***

Título original: Carancho

Año de estreno: 2011

Género: Drama

Dirección: Pablo Trapero

Guion: Alejandro Fadel, Martin Amuregui, Santiago Mitre y Pablo Trapero.

Actores: Ricardo Darín, Martina Gusman, Carlos Weber, José Luis Arias, Fabio Ronzano, Loren Acuña, Gabriel Almirón, José Espeche. 

Una resolución puede redefinir una película. Para bien o para mal. El recargado final de Carancho, esa cadena truculenta de ases sacados de la manga, nos hace sentir engañados por un buen largometraje de suspenso que hasta ese momento había conseguido ponernos de su lado. Podía sentírsele, en algunas escenas, cierta impaciencia por someter a sus personajes: esa dificultad a la hora de convencernos de que ha tenido la culpa el destino, no los guionistas, de lo que les ha sucedido a los protagonistas. Podían vérsele las ganas de, como se dice en fútbol, "hacer una de más". Pero no era fácil imaginarle semejante incapacidad para encontrarle una salida digna al enredijo en el que había metido a sus personajes.

Tal vez sea bueno repetirlo: Carancho es una buena película. Fría, quizás, pero buena. Verla es una experiencia que deja con los nervios de punta. Las actuaciones tensas, la ambientación realista, la cámara de documental, el montaje de thriller, la música que subraya la angustia: todo, salvo los giros finales de la historia, resulta convincente.

El director argentino Pablo Trapero, autor de obras tan duras como Mundo grúa (1999), El bonaerense (2002) y Leonera (2008), vuelve a contar con su pulso de siempre la historia que tanto le obsesiona: la de un hombre que hace lo mejor que puede para escapar al infierno al que lo ha condenado la profunda corrupción de su sociedad. Se trata, esta vez, de un abogado que ha perdido su licencia a fuerza de hacer trampas: un tipo mezquino de apellido Sosa -una especie de ave carroñera: un carancho- que se pasa los días a la caza de accidentes de tránsito que puedan dar lugar a una buena demanda. El pícaro Sosa es, aunque la película no lo quiera, un personaje de comedia: le ha tocado ser así. Y la prueba es que se encuentra, en el agobiante submundo de la noche, con una paramédica drogadicta que le ofrece una segunda oportunidad: una mujer triste y pálida, Luján, que no tiene tiempo para pensar en el futuro.

Por esa belleza hallada en lo sórdido, por la osadía de narrar el mundo "después de las horas", cuando se tiene enfrente Carancho se llega a pensar en Vidas al límite (1999) de Martin Scorsese. Hay, sin embargo, una gran diferencia: mientras el largometraje de Scorsese, retrato de un médico nocturno a punto de perder la cabeza, sostiene hasta el final la compasión por todos sus personajes (y sigue, hasta su bellísima escena final, el ritmo de los nervios de su protagonista), Carancho se la juega toda por una serie de giros de thriller que obligan al espectador a ponerse a la caza de verosimilitudes.

Y su resolución se siente, entonces, como una traición a sus conmovedores personajes, al talento de todos los involucrados en la producción, al trabajo a fondo que ha hecho el auditorio. Y se sale del teatro diciendo: "Vale la pena ver 'Carancho', pero, apenas la vea, hablemos del final".
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