Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1996/09/09 00:00

CARIBE SOY

En la celebración de los 100 años de su nacimiento, el mundo apenas comienza a reconocerle al compositor cubano Ernesto Lecuona su condición de gran maestro.

CARIBE SOY

La conmemoración de los 100 años del nacimiento de Ernesto Sixto Lecuona Casado -de estado civil soltero- pone a los hispanoamericanos ante la triste realidad de que su música no es tomada realmente en serio ni porellos mismos. La evidencia de que Lecuona era un genio está ahí, en su música, que habla del auténtico elegido, del genio, del músico de estirpe que emerge de su impresionante colección de más de 70 danzas para piano, para apenas citar una faceta de su variado corpus musical.Tan no se lo ha tomado lo suficientemente en serio que la Historia de la música en Cuba de Alejo Carpentier registra su nombre en la edición mexicana de 1946 así: "Otro músico, muy bien dotado en sus comienzos, Ernesto Lecuona, no ha logrado mejorar los aciertos primeros de la 'Danza Lucumí', de la 'Danza de los náñigos' y de 'La comparsa'. Su 'Rapsodia negra' para piano y orquesta, estrenada recientemente en Nueva York con gran alharaca, es una obra inconexa y superficial, más hecha para halagar el gusto medio norteamericano que para traducir, de alguna manera, un aspecto de la realidad sonora de la isla". Más categórica es la opinión de Edgardo Martín: "Su trabajo creador comprende 600 composiciones muy diversas y de muy diferentes niveles de calidad, para observar más adelante que la mayor parte corresponde a las urgencias de un éxito comercial".La afirmación de Martín tiene de cierto lo que es verdad de a puño: que Lecuona ha sido el compositor cubano de más extraordinario éxito comercial, al menos en lo que va corrido del siglo XX, y también el que evidencia en su obra más cosmopolitismo.La verdad es que, para muchos expertos, la obra de Lecuona, por sus particularidades, termina siendo inclasificable, y esta podría ser la más relievante de sus características. Tan temerario sería asegurar que Lecuona era un 'clásico' -a la manera de un Schubert o un Chopin- como referirse a él como un compositor popular. Lecuona sencillamente no se deja clasificar y se escapa escurridizo de los códigos, que algunas veces son tan nefastos para el arte.Las populares Danzas para piano se han dejado vestir, a lo largo de las últimas décadas, de todos los ropajes posibles, desde las más increíbles baratijas de la llamada 'música ambiental', pasando por todos los arreglos imaginables, hasta las sofisticadas versiones que monstruos del jazz como Stan Getz y Dizzy Gillespe improvisaron a partir de su obra. Sin embargo ese es apenas un Lecuona, porque hay otro, aquel que emerge de sus grabaciones al piano y también de las interpretaciones que de su obra ha hecho su compatriota Frank Fernández, y por qué no decirlo, la colombiana Teresita Gómez.Cuando la obra de Lecuona pasa a manos más autorizadas la cosa cambia y trasciende. Es entonces cuando en la riqueza del acompañamiento de la mano izquierda y en medio de todo lo que es indiscutiblemente cubano, emergen ecos de la España de Turina, Albéniz, Granados y sobre todo la de don Manuel de Falla, ecos que traen los ancestros del piano romántico de Liszt y Chopin. Es ahí cuando se perfila el Lecuona que quieren comparar con Oscar Wilde: esbelto, de pelo negro peinado con la raya al medio de la cabeza, mirada melancólica, culto, de andar distinguido, perfecto dandy caribeño, músico precoz, descendiente de una matancera y un canario de Santa Cruz de Tenerife, alumno de Joaquín Nin, medalla de oro del conservatorio de La Habana, elogiado por el círculo musical de la isla.Lecuona, caribeño hasta los tuétanos, dotado y poco consagrado, dejaba sus conciertos en manos de su talento y ensayos superficiales. "A ensayo malo concierto bueno", solía afirmar, y así recorrió todos los teatros de la isla, el Acolian Hall, el Capitol y el mismo Carnegie Hall de Nueva York. Veinticuatro mil personas asistieron a su concierto del Hollywood Bowl, donde incluyó la Raphsody in Blue y el Concierto en fa de Gershwin, que esa noche subió al escenario para saludarlo y más tarde afirmar que nadie tocaba su música como él.Y hay más Lecuonas. Cómo pasar por alto su zarzuela María la O, que recoge ecos de la música cubana, española y lo mejor del musical americano, que espera todavía ser llevada a la escena en las mejores condiciones de producción. La misma a que ha estado sometida su música, apenas atendida por artistas excepcionales que la han entendido en toda su dimensión.Para los más pomposos amantes de la música casi sería disparatado creer que los monstruos sagrados suramericanos del piano internacional, como Daniel Baremboim o Martha Argerich, incluyesen una danza de Lecuona siquiera como regalo de uno cualquiera de sus conciertos en Londres o Berlín. Ni qué soñar con que ocurra lo propio con los tangos argentinos de Ernesto Nazareth o los intermezzos del colombiano Luis A. Calvo. Pero esta es una triste evidencia de que musicalmente a los compositores latinoamericanos todavía no los toman en serio en su tierra.Los homenajes que este año le rinden al compositor de Siboney, en conmemoración de los 100 años de su natalicio, son de alguna manera una aproximación a sus verdaderas condiciones de músico. Porque lo cierto es que, por encima de su triunfo popular, Ernesto Lecuona demostró ser, ante todo, un gran maestro.

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