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| 7/13/1998 12:00:00 AM

CARO DIARIO

A través de tres episodios aislados el director Nanni Moretti recrea sus confesiones íntimas sobre la Italia de hoy.

La Italia de hoy puede ser descrita perfectamente como un gran disparate. Al menos eso es lo que piensa el director Nanni Moretti, quien pasados los 40 años ha decidido plasmar en su más reciente película confesiones muy particulares sobre paradojas e ironías de la cotidianidad de su país. Luego de autodefinirse como un cuarentón espléndido, Moretti propone, a manera de diario, es decir sin que sea necesario ligar situaciones, tres miradas a la Italia contemporánea. La primera es, sencillamente, la de un viajero en moto por los diferentes barrios de Roma. El propio Moretti hace las veces de protagonista y en medio de un paseo sin tráfico por las calles capitalinas va tejiendo reflexiones sobre la arquitectura y sus habitantes, sobre la violencia en el cine y sobre la transformación de los valores urbanos y de pertenencia. La segunda, de nuevo con Moretti como personaje central, es un viaje por las islas Eolias, mediante el cual el director descubre no sólo que es imposible aislarse del mundo, como es el propósito de sus habitantes, sino que además sus moradores viven incomunicados. Evidentemente hay más tráfico en las islas que en la propia Roma y una suerte de tradición recién nacida ha decretado que sean los niños quienes contesten al teléfono e intercepten cualquier posibilidad de comunicación entre los adultos. Y la tercera, quizás la más redonda de todas, es una mirada a la medicina desde el punto de vista kafkiano. El suceso es real y tiene que ver con la odisea de Moretti por superar un cáncer de piel luego de decenas de visitas a refinados conocedores de la dermatología a raíz de una rasquiña que no lo deja vivir en paz. Con ironía, pero sobre todo con entera libertad estilística, Moretti va colmando de paradojas la pantalla, cada una de ellas dedicada a alguna característica significativa de la Italia contemporánea. La frescura de su relato parece ser su principal virtud y quizás por ello Moretti se llevó con esta película el premio al mejor director durante el Festival de Cannes de 1994.
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