Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2015/10/22 12:47

“Aquí hay muchos títeres y pocas cabezas”: Carolina Sanín

La escritora bogotana habla de ‘Pasajes de Fernando González’, un nuevo libro en el que compendia y comenta parte de la obra del filósofo paisa.

Carolina de Sanín acaba de publicar 'Pasajes de Fernando González' (Ed. Lumen). El libro ya se encuentra en librerías. Foto: Simón Ganitsky.

De Fernando González Ochoa (1895-1964) se puede decir que fue original y polémico, autor de una amplia obra que puso en evidencia a la sociedad que le correspondió vivir. Su carácter crítico le acarreó varios problemas, que tal vez repercutieron para que hoy no se conozca su obra de manera profusa. La escritora Carolina Sanín investigó y retomó su obra y el resultado es un libro que ella comenta y del que habló con SEMANA.

Semana.com.: En la introducción del libro usted cuenta cómo llegó a Fernando González, pero no quedó claro cuáles fueron aquellas pocas páginas que la atrajeron. ¿Aparecen
en el compendio?, ¿Por qué la agarraron?

Carolina Sanín:
Leí primero un libro que se titula El payaso interior, que fue publicado póstumamente. No aparece en la selección, pero su sentido se encuentra en otros pasajes que sí quedaron. Lo que primero me atrajo de la lectura de esas páginas fue el hallazgo de un autor que escribía para aumentar y ampliar sus preguntas.

Semana.com.: ¿Este libro es un rescate, un homenaje o un redescubrimiento?

C. S.:
Es el testimonio de un descubrimiento.

Semana.com.: ¿Por qué cree que en este país, especialmente en las últimas décadas, se había olvidado a González?

C. S.:
En Bogotá, en parte, por centralismo. En Bogotá, todavía, lo que no es bogotano (o no se presente como tal) importa y pesa menos que lo que es (a menos que gane un gran premio internacional). Por otra parte, aunque muerto hace ya cincuenta años, González es quizás demasiado moderno y demasiado postmoderno para una sociedad cuyos intelectuales se aferran a las fórmulas, las ideas heredadas y el lugar común. Además, creo que González fue o trató de ser un hombre libre, y no hay nada que dé más miedo a nuestra sociedad postcolonial que las personas libres.

Semana.com.: Al recoger una obra tan extensa como la de González, y como usted lo afirma, tuvo que desechar. ¿Qué lamentó dejar por fuera?

C. S.:
Me habría gustado incluir algunas partes de Los negroides (1936), algún fragmento de El pesebre (1963), que es un texto para radio escrito por Fernando González y Andrés Ripol, y algunos apartes de la correspondencia entre ellos dos, entre otras muchas páginas. Pero, como se trataba de hacer una antología y no de editar las obras completas, no lamento haber dejado mucho por fuera.

Semana.com.: En Los negroides, González es crítico con la vanidad y con la costumbre de
los colombianos de copiarlo todo. Algunas de las cosas que él dice son muy afines a lo que usted expresa (o expresó) en columnas y en Facebook. ¿Coincide?

C. S.:
Coincido. El problema no es solo que copiemos, sino que copiamos sin discernir y copiamos mal. Tampoco solemos preguntarnos qué es lo que podríamos hacer nosotros que otros no podrían hacer. No nos hacemos responsables de nuestra diferencia, y nos enorgullecemos de ser nosotros sin saber quiénes somos, sin preguntarnos cuál es el objeto del supuesto orgullo; con pura vanidad de acomplejados.

Semana.com.: ¿En qué se pueden identificar González y usted?

C. S:
En el desprecio por las formas vacías. En el amor por las vacas.

Semana.com.: ¿Por qué es tan difícil encasillar a González?

C. S.:
Porque es un autor en apariencia contradictorio, que trató de escribir la vida y no de representarla en un volumen limitado por las convenciones de los géneros literarios. Porque era un intelectual que enraizaba su especulación y su esperanza en la observación del espíritu a través de la experiencia de la cotidianidad; es decir, era un escritor místico, lo que por definición excede cualquier casilla.

Semana.com.: ¿Charlatán o filósofo?

C. S.:
No creo que sean opciones mutuamente excluyentes. Es un filósofo porque busca las articulaciones entre el saber y el poder, busca conocer la ley que gobierna la existencia y busca aprender cómo morir. Si se le considera un charlatán, sigue siendo fascinante la composición de su discurso, pues refleja la peculiaridad de nuestra charlatanería: la publicidad del culebrero, el sermón del cura de pueblo, la cantaleta de la matrona…

Semana.com.: ¿Cree que su libro cambie algunos prejuicios sobre Fernando González?

C. S:
Ignoro qué prejuicios se tienen sobre él, pero con mi libro espero que alguien encuentre en la lectura de González alguna inspiración.

Semana.com.: ¿Fernando González sería Fernando González si no hubiese nacido en Antioquia?

C.S.:
Creo que nadie sería quien es si hubiera nacido en otro lugar distinto de aquel donde nació. Creo que existe esa dimensión vegetal del ser humano, que lo vincula necesaria y permanentemente a la tierra donde nace y crece.

Semana.com.: ¿Cómo pudo haber tanto humor en un hombre a la que la vida le parecía horrible?

C. S.:
A Fernando González no le parecía horrible la vida, o se lo parecía solo por momentos; le parecían horribles algunos aspectos del mundo que hemos construido. Por otra parte, sin una intención crítica y sin una mirada que ambicione penetrarlo todo, no hay humor. Algunas personas piensan que el humor es ligereza, cuando, por el contrario, la producción humorística procede de la concentración, la seriedad y la intensidad.

Semana.com.: ¿Uno puede decir que este libro es sobre un filósofo polémico escrito por una escritora polémica?

C. S:
Él no es polémico, porque está muerto y en Colombia los muertos son o desconocidos o santos unánimes. Yo tampoco soy polémica, porque a mí nadie me lee.

Semana.com.: ¿Quién le debe más a González: los nadaístas o Fernando Vallejo?

C. S.:
Los nadaístas se relacionaron con Fernando González y su teoría sobre la Nada, pero no creo que la influencia actúe solamente a través de una recepción concreta. Más que influencias de unos autores sobre otros a través de una especie de linaje, creo que hay contigüidades, afinidades, coincidencias. En el caso de Fernando Vallejo, encuentro semejanzas evidentes de intención y de tono con González, pero eso no significa, por lo antes dicho, que Vallejo haya estudiado a González, sino que ambos crecieron entre ciertos modos de ser y de hablar.

Semana.com.: Usted es feminista, pero hace un libro elogioso sobre un 'viejo verde', un machista. ¿Tan así es el poder de las letras de González?

C. S.:
Si yo dejara de estudiar las obras de autores que han sido misóginos o machistas, conocería y disfrutaría poco de nuestra tradición literaria (por “nuestra” me refiero a la de la humanidad). Además, la misoginia no procede del menosprecio por la mujer sino del miedo al propio deseo y del miedo a la imagen de la mujer, apreciada y considerada en su poder y en su capacidad. Por eso, leídas con atención, las obras aparentemente misóginas enseñan tanto sobre las mujeres y los hombres como las que no lo son.

Semana.com.: ¿Hay otro escritor colombiano que la tiente a hacer algo similar a lo de González?

C. S.:
Por ahora no tengo planeado hacer otras antologías, aunque creo que hay muchos autores locales a los que deberíamos volver a leer. En Colombia, sobre todo fuera de la academia, pero a menudo también dentro de ella, se suele leer en función de la anécdota, de la biografía y del llamado “contexto”, en lugar de realmente leer los textos.

Semana.com.: ¿Cuáles son esos autores a los que debíamos volver a leer?

C. S.:
Creo que hay muchos y que debe de haber aun más que no conozco. Aunque las listas me parecen inútiles, entre los muertos se me ocurren Eduardo Zalamea Borda, Rodríguez Freyle, Andrés Caicedo, la prosa de José Asunción Silva, los discursos de Rafael Uribe Uribe, León de Greiff, los cuentos de juventud de García Márquez, Jorge Gaitán Durán (pero cuantos más menciono, más me hago consciente de los muchos que no debería omitir).

Semana.com.: ¿Le gusta la literatura que se hace actualmente en Colombia?

C. S.:
Admiro algunas obras colombianas recientes. Salvo por ellas, considero que se hace una literatura extremadamente uniforme y, por lo mismo, insincera: en este mundo mortal, nada puede ser tan uniforme sin que esté mintiendo.

Semana.com.: ¿Se abstiene de dar nombres?

C. S.:
Sí, dejo las listas para las revistas culturales.

Semana.com.: ¿Por qué ya hizo fama que en su perfil Facebook no queda títere con cabeza? (ni escritores, ni periodistas, ni académicos, ni actrices, ni actores, ni políticos, en fin...).

C. S.:
Aquí hay muchos títeres y pocas cabezas. Yo lo que intento hacer es ponerles cabeza a los títeres.

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