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| 9/8/2014 12:00:00 AM

Cartagena celebró los 400 años de sus murallas

Para defender al puerto de los ejércitos enemigos el Imperio levantó una fortaleza militar que se convirtió en una de las obras más importantes de la Corona en América.

La Heróica celebró este lunes con varios actos los 400 años de la puesta de la primera piedra de sus emblemáticas murallas, un sistema de fortificaciones y monumentos construido por la Corona española y declarado en 1984 Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad por la Unesco.

Los festejos comenzaron con un acto en el que el alcalde la ciudad, Dionisio Vélez, develó una placa conmemorativa en el mismo lugar en donde hace cuatro siglos el gobernador Diego de Acuña, en compañía de las autoridades eclesiásticas, dio inicio a las defensas de Cartagena contra las invasiones de piratas y corsarios.

Una de las obras de ingeniería más costosas y ambiciosas realizadas por el Imperio español en América fueron las murallas de Cartagena de Indias. Desde tiempos milenarios, las ciudades se habían defendido de sus enemigos con empalizadas y murallas. Muchas se caracterizaban por tener una gran altura pero poco grosor, de modo que, salvo las catapultas, no había armas capaces de derrumbarlas. Sin embargo a finales de la Edad Media, cuando aparecieron los cañones, los parapetos tradicionales quedaron obsoletos. Fue necesario construir unas murallas no solo que soportaran el ataque de cañones sino que pudiera albergarlos. Tenían que ser macizas y fuertes más allá de todo lo conocido.

Durante el siglo XVI Cartagena se convirtió en el centro del mayor circuito comercial internacional conocido hasta la época. Por eso no es de extrañarse que la ciudad fuera objeto de codicia no solo de los reinos adversarios de España, sino de piratas, corsarios y bucaneros. Los ataques llevaron al Imperio a empezar a construir una fortificación capaz de defender los tesoros que allí llegaban, y ese proceso tomó dos siglos de obras.

Los fuertes de Bocagrande


En esa época Cartagena tenía dos entradas marítimas naturales: Bocagrande y Bocachica. Por su profundidad, la primera permitía la llegada de barcos de más calado que la segunda. Después de varios ataques piratas ocurridos entre 1540 y 1560, la Corona tomó la decisión de fortificar la entrada por la primera. En 1566 fue levantado allí, en la isla de Manga, el fuerte San Felipe del Boquerón, y un año después, en Punta Icacos, el fuerte de San Matías. Ambas estructuras, construidas con materiales poco resistentes, sucumbieron ante las fuerzas del pirata John Hawkins en 1568 y a la toma de la ciudad de Sir Francis Drake en 1580.

Frente a estas desgracias, a finales del siglo XVI la Corona proyectó la construcción de un sistema defensivo inexpugnable. En 1595 el ingeniero Bautista Antonelli diseñó varios fuertes en Bocagrande y el amurallamiento de la ciudad. En 1603 se reconstruyó San Matías y, entre 1608 y 1620, el ingeniero Cristóbal de Roda, continuador del proyecto de Antonelli, edificó la plataforma de Santángel y el fuerte Castillo Grande o Santa Cruz. Pero hacia 1630 Santángel y San Matías fueron demolidos y en su reemplazo se construyó el fuerte San Juan, en el extremo nororiental de la isla Manzanillo. Cartagena quedó así custodiada por San Juan y Castillo Grande.

La fortificación de Bocachica

A mediados del siglo XVII, los galeones Buensuceso y Concepción se hundieron en la entrada de Bocagrande y la taponaron. Esto obligó a fortificar la otra entrada a la bahía: Bocachica. Se construyó en el sur de Tierra Bomba el castillo de San Luis de Bocachica. La seguridad de Cartagena quedó en manos de esta fortificación ya que Castillo Grande y San Juan habían sido desmantelados. A inicios del siglo XVIII el ingeniero Juan de Herrera y Sotomayor decidió reconstruir San Luis, complementarlo con varias baterías en la costa occidental de Tierra Bomba y emplazar el fuerte de San Felipe en el extremo norte de Barú. La prueba de fuego de todo este complejo defensivo fue el asedio del almirante Edward Vernon. Aunque San Luis fue destruido, retardó la entrada de los ingleses a la bahía, lo que en últimas fue una de las causas de la derrota de los invasores, pues hizo que muchos se contagiaran de enfermedades tropicales.

Una década después del ataque inglés, la Junta de Fortificación y Defensa de Indias ordenó construir el fuerte de San Fernando para reemplazar al de San Luis.

El encierro de la plaza

El plan original de amurallar la ciudad comprendía construir una serie de cortinas y baluartes para encerrar la región de Calamarí. La obra se inició en 1602 cuando el ingeniero Cristóbal de Roda puso las primeras piedras del Baluarte Santo Domingo. Hacia 1635, estaban terminadas casi todas las murallas.

A mediados del siglo XVII, el ingeniero Francisco de Murga continuó la obra de Roda y comenzó a construir el amurallamiento de Getsemaní. Cincuenta años más tarde el ingeniero militar Juan de Herrera y Sotomayor reconstruyó, modificó y amplió el trazado original de las murallas, obra que fue continuada por el también ingeniero Antonio de Arévalo. Para finales del siglo XVIII toda Cartagena se encontraba rodeada por murallas.

En 1656 Pedro Zapata de Mendoza, gobernador de la ciudad, por orden de la Corona mandó a construir en el cerro de San Lázaro un pequeño fuerte. Durante casi un siglo la fortificación no sufrió ninguna transformación significativa hasta que en 1762 Antonio de Arévalo inició la obra de todo un complejo defensivo. Se trataba del castillo de San Felipe de Barajas.

Debilidad de las murallas

Arévalo finalizó el ciclo de construcción de las murallas en 1796, cuando terminó la escollera que une Punta Icacos con Tierra Bomba. Desde entonces esas fortificaciones mantuvieron la ciudad a salvo de los enemigos del Imperio español. Sin embargo, como lo señala el historiador Rodolfo Segovia, el periodo de independencia mostró los puntos débiles de la ciudad amurallada, que serían aprovechados en un primer momento por los realistas y posteriormente por los patriotas.

Según Segovia, el sistema defensivo de Cartagena se había concebido a partir de la idea de que el enemigo atacaría desde el mar Caribe y que no contaría con apoyo de algún aliado en tierra. Este fue el punto débil de Cartagena, pues las batallas por la independencia, en especial la reconquista española, no solo fue una invasión marítima, pues Morillo contaba con un apoyo no despreciable en el interior de la Nueva Granada. Esto significó que el asedio se dio por todos los lados y que la ciudad no pudo abastecerse. La misma estrategia fue usada por los patriotas para derrotar a los
realistas en Cartagena en 1821.
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