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| 1/16/2010 12:00:00 AM

Cartagena: meca de la cultura y el 'jet-set'

El Festival de Música Clásica de Cartagena y el Hay Festival han convertido a La Heroica en el lugar donde la elite intelectual y la alta sociedad tienen que estar en el mes de enero.

Enero no es lo que solía ser en Cartagena. Alrededor del 15 los miles de turistas que llegaban a la ciudad buscando el mar y la rumba, empacaban sus maletas, cogían su carro y regresaban a sus casas. Las carpas desaparecían de las playas, las calles de la ciudad amurallada quedaban vacías como en un eterno domingo, los restaurantes cerraban y los hoteles del centro pasaban de no tener un cupo a la desolación. De un tiempo para acá, sin embargo, el paisaje es muy distinto. A partir de la segunda semana de enero, melómanos, figuras del jet-set, músicos, expertos y periodistas empiezan a llegar a la ciudad, se funden con los turistas, pero lo que buscan es muy distinto. El segundo jueves de enero inicia el Festival de Música Clásica -el más importante en el país y uno de los pocos de su tipo en América Latina- y, durante ocho días, las plazas, las catedrales y teatros del centro histórico se llenan de música de las mejores orquestas sinfónicas del mundo. Las mismas plazas y teatros que sólo dos semanas después serán escenario de un festival muy distinto pero con la misma acogida: el Hay Festival de Cartagena, que este año celebra su quinto aniversario y es considerado, desde hace unos años, el más importante de las letras en el continente. No en vano, pues, se oye decir que la temporada en Cartagena se extiende ahora hasta febrero. ¿Qué hace que la de Cartagena sea tierra fértil para este tipo de festivales?

Lo que se traen los festivales
Poco antes de que se realizara la primera edición del Hay Festival en Cartagena, sus organizadores no sabían muy bien qué esperar. Era el primer festival literario que se hacía en Cartagena, ciudad donde el interés por la literatura era minoritario, según les contaron, con escritores prácticamente desconocidos para el público colombiano, y en unas fechas complicadas, la última semana de enero en Cartagena, por la que nadie daba un peso. Sin embargo, según cuenta Ana María Aponte, desde entonces la encargada de comunicaciones, "ese festival desbordó todas las expectativas de asistencia y de impacto mediático". A mediados de enero, gran parte de las 7.000 boletas para entrar a las charlas de 40 escritores ya estaba

vendida, estudiantes universitarios pedían apoyo para asistir al festival y el Hay empezaba a aparecer en los principales medios de comunicación del país. Al año siguiente, el número de escritores invitados subió a 72 -una cifra considerable para una segunda edición- y tres años después, en la edición de 2009 al que vinieron 106 escritores y hubo 40.000 boletas vendidas.

En poco menos de cinco años el tamaño del Festival se ha triplicado -más, si se habla de asistencia-, se ha consolidado como el más importante de su tipo en América Latina y convertido en un plan obligatorio para quienes se interesan en la literatura, la buena charla y la rumba. Por las calles de Cartagena han caminado superestrellas de la literatura como el premio Nobel nigeriano Wole Zoyinka, el indio Vikram Seth y el inglés de ascendencia paquistaní Hanif Kureishi; los polémicos Christopher Hitchens y Salman Rushdie, y referentes obligatorios de la intelectualidad contemporánea como historiadores de gran peso como Anthony Beevor y estrellas literarias de mucho peso como Mónica Ali y Anne Enright. Gracias al festival, el público colombiano ha hecho pequeños descubrimientos como la literatura de la india Kiran Desai, novelas como Cada hombre es una raza, de Aminata Forna, de Sierra León y Cómo el soldado repara el gramófono, del bosnio Sasa Stanisik, y la poesía de la galesa-india Tishani Doshi. Y figuras importantes del mundo cultural iberoamericano como Fontanarrosa, Serrat y Sabina, Miguel Bosé, Junot Díaz, estuvieron en Cartagena. En pocas palabras, el Hay Festival ha logrado un intercambio literario y cultural entre Europa (incluidas nombres de Oriente, Oriente Medio y África que suenan en ese continente) e Iberoamérica.

Aunque la creación del Festival de Música Clásica en Cartagena a mediados de enero no obedeciera al éxito rotundo de la primera edición del Hay el año anterior, es claro que los dos festivales comparten un ambiente, un escenario y una proyección internacional importante, lo que apenas fue un sueño de Julia Salvi, una comprometida con la música clásica desde hace años. En apenas cuatro años, el Festival de Música Clásica se ha convertido en el más importante de su tipo en Latinoamérica. De hecho, es uno de los pocos que se realizan en el continente. La seriedad, el profesionalismo y la calidad de los músicos y orquestas invitados, de la organización, hacen que no tenga nada que envidiarles a los festivales más prestigiosos del mundo: el de Salzburgo en Austria, Glyndebourne en el Reino Unido, Verona en Italia o Bayreuth en la Baviera Alemana. Su crecimiento en los últimos cuatro años es notable. Si la asistencia en 2007 al festival fue de cerca 20.000 personas incluidos los conciertos al aire libre, al cierre de esta edición se estimaba que la asistencia de este año se acercaría a 100.000 boletas vendidas -incluidos los dos nuevos escenarios, los conciertos en barrios marginales de la ciudad y los talleres que se dictaron a los niños de la Fundación Batuta-.

Tanta ha sido la demanda para el último festival, que poco después de que saliera a la venta la boletería a mediados de octubre, resultaba imposible tener acceso a localidades privilegiadas, lo cual naturalmente genera críticas muy severas de quienes desean apuntarse a la fiesta. Ya en Cartagena, la semana pasada, era común ver a jóvenes empezar a hacer fila a las 6 de la tarde para un concierto que se llevaría a cabo a las 10:30. De esta manera, se ha puesto en evidencia lo que hasta hace unos años no tenía importancia: la carencia de escenarios capaces de absorber la gigantesca demanda de público. Si el epicentro natural del Festival es el Teatro Heredia, cuyo aforo es apenas superior a 800 localidades, es necesario usar sedes alternas a las capillas de los claustros de Santa Teresa y Santa Clara en la Ciudad amurallada, inferiores en capacidad y con magnífica acústica pero de visibilidad limitada -una realidad común a todos los grandes festivales: Bayreuth y Glyndebourne, por ejemplo, que se desarrollan en teatros pequeños donde encontrar un puesto es milagroso, pero la dificultad forma parte de su encanto y su aura-.


Ciudad para la cultura
Que Cartagena sea una de las joyas arquitectónicas y culturales del Caribe y que la mayoría de los eventos de ambos festivales se lleven a cabo en el Centro Histórico ha sido quizá la clave de su éxito y rápido crecimiento. No sólo porque los principales escenarios -el Teatro Adolfo Mejía, El Claustro Santo Domingo, la Plaza de San Pedro Claver- están a una distancia que se puede recorrer a pie, sino porque la ciudad misma se vuelve un escenario en el caso del Festival de Música Clásica y un lugar que propicia el encuentro casual entre el público y los escritores en el caso de Hay. El Hay, de hecho, heredó su formato del Hay-on-Wye que se lleva a cabo en una pequeña ciudad de Gales, con no más de 1.600 habitantes (pero que gracias al Festival hoy cuenta con 41 librerías), y que durante cuatro días recibe a 500 escritores y a unas 100.000 personas. "Cartagena es un gran marco cultural, histórico y humano, de gran belleza, de grandes contrastes. Esto -dice Cristina Fuentes, directora del Hay Festival de Cartagena- es lo que hace que sea un festival y no una serie de eventos".

Lo que dice también aplica, por supuesto, al Festival de Música Clásica. Festivales similares en el mundo comparten ciertas características y la principal es el tipo de espacio en el que se desarrollan. Todos se llevan a cabo en localidades de dimensiones medianas o pequeñas con una carga histórica y cultural excepcional; como Cartagena, que no sólo es bella, sino que en el contexto continental es única por las características de su trazado urbano, por el alto grado de conservación y restauración de su patrimonio y porque es una de las pocas ciudades amuralladas del planeta. Por eso y por la cada vez más sonada calidad del Festival, este año se vio un incremento en de prensa internacional -en el que priman las revistas de turismo, pero también las especializadas en música-, y de extranjeros que oyeron del Festival de boca de viajeros que llegaron a él por casualidad en años pasados.

Y aunque el público de ambos festivales es distinto (en años pasados, los turistas de la temporada navideña se quedaban para el Festival de Música, cosa que cada vez es más difícil porque público especializado demanda más boletas), es claro que las características urbanas de Cartagena atraen una gran cantidad de personas, la inversión extranjera y sostiene la confianza de los patrocinadores, cuya inversión es clave en este tipo de festival masivo. En palabras de Peter Florence, director del Hay: "Colombia tiene una energía vibrante. Tiene una combinación muy atractiva de buena comida, música y actitud. Nuestro objetivo ha sido hacer un festival americano. El ritmo, el espíritu y la participación son obra de los escritores y del público. Estamos aprendiendo sobre la marcha, pero sabemos que nos encanta la forma como rumbean los colombianos". La rumba: porque si algo en el Hay ha dado de qué hablar son sus monumentales fiestas en las que se integran la cultura y la buena celebración.

Más allá de las murallas
Como era de esperarse, los dos festivales no han estado exentos de crítica. La principal es que se trata de eventos elitistas a los cuales no tiene acceso la mayoría de los colombianos. En las páginas sociales de las revistas aparece, año tras año, la elite cartagenera y bogotana sonriendo junto a superestrellas de la literatura, la política y el periodismo. Mientras tanto, dicen los detractores, en los barrios más pobres de la ciudad, en "la otra Cartagena" las cosas siguen igual; que los medios sólo muestran la parte de la realidad de la ciudad. Esa crítica, en cierta forma, es válida. Los festivales pueden llegar a ser elitistas porque son caros. Es caro llegar a Cartagena, es caro alojarse en Cartagena y aunque las boletas en muchos casos tengan precios accesibles, los cupos siempre serán pocos por las limitaciones de espacio. Pero no por ello se puede olvidar que por una parte, es absurdo pretender que un Festival tenga la capacidad de transformar una estructura social heredada, y por otra, la extraordinaria labor social y cultural que se lleva a cabo en sectores deprimidos -como los magníficos planes de promoción de lectura para niños del Hay Festivalito que patrocina Mapfre o los talleres de Lutería del Festival de Música, sí dejan una impronta en la ciudad-.

Independientemente de esto, los festivales le han dado a La Heroica una importancia turística en el nivel mundial que no tenía antes. El boca a boca de italianos, suecos, noruegos, que llegan a sus países diciendo que acaban de descubrir uno de los secretos mejor guardados del Caribe, tiene un enorme efecto multiplicador. Y se sabe: el turismo es y será siempre el motor de desarrollo de Cartagena de Indias.
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