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| 10/18/1982 12:00:00 AM

CASTILLO DE NAIPES

"Atlantic City", la última película de Louis Malle, una visión corrosiva y nostálgica de una ciudad y un hombre que intentan, en vano, revivir un pasado de glorias.

Sólo han transcurrido unos pocos minutos desde que comienza la película, cuando la cámara se detiene reposadamente frente a un gran edificio. De súbito, cual castillo de naipes, la gran mole de concreto se derrumba estrepitosamente. El simbolismo de esta escena se hace evidente a medida que transcurre la película y se ve cómo, tanto una ciudad como los protagonistas que en ella viven, se desmoronan paulatinamente en medio de sus sueños irrisorios. La ciudad no es otra que Atlantic City, el balneario entre New York y Filadelfia que, a pesar de las buenas intenciones de los promotores turísticos que buscan afanosamente su resurrección, nunca volverá a ser lo que fue.
A principios de siglo, Atlantic City estaba de moda entre las damas burguesas norteamericanas; allí pasaban sus vacaciones estivales entre sombrillas de encaje y lujosos sillones, abanicándose suavemente con pañuelos de batista fina. Allí, años más tarde, cuando la "ley seca", los caballeros iban a hurtadillas a probar el whisky prohibido. Y luego, en la post guerra, la clase media en ascenso acudía durante los fines de semana, para admirar en los casinos a Frank Sinatra y a Dean Martin. Hoy todo ésto es leyenda. Atlantic City vive de sus recuerdos.
Esta ciudad sirve como tema a Louis Malle para realizar, en compañía del dramaturgo neoyorquino John Guare como guionista, una película de igual nombre con la que ganó el León de Oro en el festival de Venecia en 1980. "Atlantic City" se nos presenta a la vez como una película de gángsters, un melodrama romántico y una comedia satírica (precisar exactamente a cuál de estos tres géneros pertenece, se presenta como una tarea inútil) en la que prima una visión sentimental, nostálgica y corrosiva de la que antaño fuera ciudad lujosa.
La historia que se cuenta en la película es una pequeña muestra de la tosudez del sueño americano. Hombres de negocios han construido nuevos restaurantes y casinos en un intento por revivir comercialmente la ciudad. En ella vive un anciano de nombre Lou (Burt Lancaster) que, en su juventud, conocido como "El Desalmado", fue un temible gángster. Ahora se ha convertido en el amante y sirviente de una ex-reina de belleza que vive en el mismo edificio, en una pieza donde se respira el anacrónico estilo de los años cuarenta. En una habitación vecina vive Sally, una joven y atractiva muchacha que sueña con hacer carrera de croupier en Montecarlo, pero mientras tanto es vendedora de pescado y mariscos. Lou, lleno de nostalgia, todas las noches desde la ventana de su cuarto, contempla a la joven mientras ésta se desnuda antes de acostarse.
Lou ha comenzado a vivir resignadamente de sus recuerdos, cuando recibe, por casualidad, una fuerte suma de dinero proveniente de la venta de un paquete de cacaína que no le pertenece. El dinero le abre la posibilidad de volver a ser lo que en otro tiempo fue. Se despoja de su vieja gabardina y se compra un elegante traje, enfrenta decididamente a los jóvenes gángsters que, momentos antes, lo habían tratado despectivamente como un pobre viejo y se decide, cual mancebo galán, seducir a Sally. En este proceso, la joven pierde su trabajo y una parte de sus ambiciones y Lou sus últimas ilusiones.
Malle ha jugado, a lo largo de toda su película, con la contraposición entre la transformación del individuo, Lou, y la de la ciudad, Atlantic City. Ambos realizando un gran esfuerzo, quizá el último, por salir desesperadamente de su estado decadente. Esfuerzo que finalmente se convierte en algo inútil. Ni la nueva apariencia de Lou, ni los nuevos casinos construidos en la ciudad, harán que ambos vuelvan a ser lo que antaño fueron. Sólo les queda la nostalgia de un pasado irrecobrable.
Irónicamente, Burt Lancaster (Lou) en la vida real está viviendo el mismo proceso. Quien fuera el actor del cuerpo atlético y la sonrisa fuerte, asiste, con añoranza y resignación, al ablandamiento de sus músculos y la decrepitud de su sonrisa. Han quedado atrás, para él, los papeles de hombre de acción. Algo parecido ocurre con Louis Malle. Los años de la "nueva ola francesa" y películas como "Los Amantes" y "Lacombe Lucien" son para él cosas del pasado. Sin embargo, empecinadamente trata de recobrarlas, con no poca melancolía, produciendo cintas como "Pretty Baby" de una superficialidad impresionante para un director como él. Y si se mira bien, no poco de lo anterior también está presente en "Atlantic City".
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