Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2000/02/14 00:00

Celebración

Una fiesta familiar en la que emerge un drama escalofriante.

Celebración

Un trigal barrido por el susurro del viento. Un ejecutivo a lo lejos camina hacia la cámara con paso firme. Se podría pensar en un hijo pródigo o en un hermano que se ha hecho cosmopolita y vuelve a visitar a su familia provinciana, quizá campesina. Pero de súbito timbra un teléfono celular y con velocidad de vértigo da al traste con estas prenociones bucólicas para darle paso a la neurótica celebración de los 60 abriles de Helge (H. Moritzen), un magnate-patriarca que reúne a familia y amigos en la mansión campestre donde se criaron sus hijos, rondada por los fantasmas de una infancia sórdida pero ocultos tras las bambalinas de una bonhomía alcohólica, la opulencia y el silencio hipócrita. Tras los saludos de rigor el espectador se entera del suicidio reciente de una de las hermanas, de que Michael, el menor, no asistió a su entierro, que Helene espera a su novio y que Christian, el mayor, se trae entre manos un explosivo memorial de agravios. Esta nueva película del director T. Vinterberg, miembro del colectivo danés ‘Dogma 95’ y su nuevo cine ‘puro’, cine con las manos atadas por decirlo de algún modo, respeta casi todas las normas que se imponen: cronología rigurosa, sonido en directo, nada de luces artificiales ni saltos en el tiempo, la cámara al hombro. Ahora bien, para nadie es un secreto que en nombre de la pureza son muchas las atrocidades que se cometen pero, en este caso, lo que Vinterberg comete es arte. El realismo descarnado de Celebración no sólo es fiel al decálogo sino que gracias a la volcánica profundidad de la actuación de su elenco logra que “la vida interior de los personajes justifique el argumento”, rescatando así el primer plano para el contenido y no para la decoración y la forma… hacer cine, no pastillaje. Si bien el resultado final de este sacarse los trapos al sol no otorga el consuelo de un final feliz, igual no deja de sorprender cómo, a pesar de la olla podrida que la tradición y las costumbres encubren, también contribuyen como aglutinante para que la vida siga a pesar del dolor y el horror.

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