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| 1/10/2000 12:00:00 AM

Charly García

"Fenómeno" es la expresión con que la fanaticada argentina alude a Charly García. Busco en el diccionario, me encuentro con la siguiente definición: “Ser que se diferencia anormalmente de los de su especie”, y entiendo mejor.

"Fenómeno" es la expresión con que la fanaticada argentina alude a Charly García. Busco en el diccionario, me encuentro con la siguiente definición: “Ser que se diferencia anormalmente de los de su especie”, y entiendo mejor. Hay que ser fenómeno para hacer música con un pie en la tumba, para estar medio muerto y convocar a un concierto a más de 250.000 personas.

Eso fue lo que sucedió el pasado febrero en Buenos Aires. Charly García ofreció un recital gratuito, sorprendiendo por la forma de presentar sus temas: tocó sin hacer casi ninguna pausa entre una canción y otra, resultando el concierto una especie de suite donde emergían sin aviso piezas de distintas épocas de su carrera. Demasiado Ego es el registro de aquel concierto, pero también es una amalgama feroz, menos característica de un álbum de recuerdos que de un testamento.

Y lo que había que temer porque ya había sucedido en otro disco suyo: se olvida de las letras. En una entrevista reciente explicó la ausencia de su voz y la preponderancia de solos instrumentales al decir “para mí no hay disociación entre la palabra y el golpe de batería”. Eso no se le discute, pero otra cosa es escuchar a los instrumentos cubriendo baches, no por concepto musical sino por la amnesia del cantante.

¿Qué tiene entonces el disco de rescatable? La verdad, por paradójica que sea, es que su valor es mucho. Salvada la excentricidad, que para sus fanáticos es simplemente el sello del artista, Demasiado Ego puede ser uno de los discos más comprometidos y sinceros de Charly García. Detrás de su aparente desorden yace una ventana abierta al inconsciente del cantante, y las canciones se van asociando no por razones cronológicas, sino por una gran temática que abarca al recital: la muerte.

Semanas antes de que se realizara este concierto, el periódico Clarín de Buenos Aires registraba una nueva locura de García. Quería que en medio del espectáculo aparecieran helicópteros y dejaran caer muñecos, simbolizando los famosos ‘vuelos de la muerte’ de la dictadura argentina. Las madres de la Plaza de Mayo protestaron por esa intención de “hacer un espectáculo de nuestro dolor” y García les respondió como es su costumbre, cortante, “mi dolor también cuenta”.

Al final no hubo helicópteros (los que se escuchan en el disco fueron agregados a posteriori durante las mezclas) pero el roquero se salió con la suya. Cantó Los dinosaurios, que es una alusión a los desaparecidos durante el régimen del dictador Videla (“El anticristo”, lo llama Charly García), y escogió para su repertorio de aquella noche temas que hacen clara alusión a nuestra índole mortal. Desfilan, pues, El show de los muertos, No llores por mí, Argentina (con su famosa mención de “las heridas que no paran de sangrar”), el freudiano Kill my mother y el perturbador No toquen, en el que se repite hasta la saciedad el estribillo “están muertos, están muertos”...

Hay, además, un tono desconcertante con que García presenta todas estas canciones. Una cita de Chopin aparece en la parte posterior del disco, relatando cómo tres médicos fueron a examinar al músico en sus últimos días. “El primero dijo que moriré; el segundo, que estoy muriendo; el tercero, que ya estoy muerto”. Quizá en este disco, como en ningún otro, el roquero hace conciencia de su trascendencia musical. Quizá este álbum simboliza el gran paso hacia esa trascendencia, la propia muerte.
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