Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2010/01/23 00:00

Chéjov por sí mismo

Se publican por primera vez en español los cuadernos de notas del maestro ruso del cuento.

Chéjov por sí mismo

Cuaderno de notas
Anton Chéjov
La compañía, 2008
187 páginas


Decía Somerset Maughan: "Nos gustan los rusos porque se arrepienten más de lo que pecan". Hay en ellos algo exagerado, extremo, contradictorio, de lo cual no están exentas sus dos grandes figuras literarias. El sensual y libertino conde Tolstoi que pretendía ser un pobre asceta; Dostoievski, con sus personajes que en un instante pueden pasar del nihilismo al misticismo, de la santidad a la prostitución. La "inefable alma eslava", de la que tanto se burlaban Joseph Conrad y Milan Kundera. ¿Les faltó la ilustración? Quizá, como a nosotros, como a todas la culturas que exageran la importancia de sus pasiones. Pero de lo que quiero hablar es de la excepción: Anton Chéjov, el grado cero de la grandilocuencia rusa. Sin grandes tempestades sicológicas, sin la intención de cambiar el mundo, sus narraciones han ganado simpatía entre los lectores modernos. No por azar escribió Richard Ford en una reciente antología de sus cuentos: "Tenemos la impresión de que sus relatos podrían escribirse hoy en día, publicarse en 'The New Yorker', y leerse con placer y avidez por su perspicacia, sin modificaciones ni notas a pie de página".

Chéjov es el cronista de la vida cotidiana y sus momentos fugaces. Por eso carece de grandes tramas y de grandes personajes. Algo les falta a sus relatos, algo que paradójicamente no es un defecto sino una virtud. Y, como toda zona de sombra, constituye un reto de interpretación. ¿Cuál es el secreto de Chéjov? Mucha -y muy buena- tinta ha corrido intentando una respuesta. Pero, como suele ocurrir, el escritor tenía las mejores claves sobre su escritorio. En su cuaderno de notas, donde iba anotando lo que le interesaba de las personas, lo que pensaba, los libros que leía, los viajes que hacía, las posibles historias, Chéjov dejó las huellas intactas de su visión de mundo. Muy a su estilo: escueto, telegráfico, puntilloso. Leer este Cuaderno de notas, que escribió hasta su muerte en 1904, es el mayor acercamiento que podemos tener a su original espíritu. No a su vida privada; la vanidad no estaba entre sus defectos.

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