Jueves, 18 de septiembre de 2014

| 1982/07/26 00:00

"CHINCHECHITA"

Así llaman al lugar donde se graba "Don Chinche", el mejor programa de humor de la televisión colombiana.

"CHINCHECHITA"

Todos los martes, desde las 7 de la mañana, una casa-lote de las Aguas, tradicional barrio de la rancia Bogotá, empieza a vivir el tráfago de sonidistas, ambientadores, utileros, maquilladores, auxiliares, camarógrafos, actores...Es "Chinchechitá". Allí se graba el programa de humor que le "pone la pata" a la mayoría de los programas de la TV colombiana porque ha logrado contabilizar un alto "rating" de audiencia en un horario, casi de colonización, los sábados a las 3 de la tarde:"Don Chinche".
Curiosamente y un poco excepcional en el medio de la TV, el programa se realiza con técnicas cinematográficas. El equipo de producción y de actores trabaja como en el cine. El director utiliza director de fotografía y una sóla cámara como lo ha hecho tradicionalmente el séptimo arte. Aquí un sistema más lento y reposado, más serio y profesional, que se ha perdido en la TV colombiana, -donde priman el prurito de la rentabilidad y de la utilización óptima y máxima de los tiempos de grabación en estudio, lo mismo que en el de las ayudas electrónicas- ha permitido que "Don Chinche", aparentemente ligero y fácil, se haga en un tiempo relativamente holgado, y con un presupuesto que alcanza los $200 mil. Para cada capítulo de media hora, su director y libretista, Pepe Sánchez (ver recuadro), cuenta con 2 o 3 días para escribir, un día de grabación y ocho horas de edición, tiempo insólito en las condiciones colombianas.
El personaje de barrio que da nombre al programa y punto de partida de su desarrollo, Don Chinche se "cala" su inevitable sombrero tejido, típico de la artesanía boyacense; Andrés Patricio de Brigard, de "magnífica familia", aristócrata venido a menos, se arregla el sombrero y se enfunda en ese sobretodo negro que caracteriza a los cachacos de pura cepa de la vieja Bogotá, fría y gris. Repasa sus movimientos pausados, caballerescos, y estudia cómo manejar discretamente su obsesión amorosa por doña Dorisitas. Ella, mientras tanto, se "empatuca" de maquillaje para ver, si esta vez, logra llamar la atención del joven Eutimio, el opita inmigrante que, enfrentado a las cosas de la ciudad, y con mayores posibilidades de conflicto, ha ido poco a poco, "robándose el Show". El maestro Taverita "desencama" el repertorio de refranes y dichos de la sabiduría popular, al lado del Doctor Largacha y la doctora Lucrecia, los jóvenes ejecutivos de la Bogotá cosmopolita, y de Rosalbita, la paisa, un personaje que se ha ido modelando y componiendo, tal vez en dirección distinta a la originalmente prevista.
Porque "Don Chinche", aunque desarrollado alrededor de un hilo central, de ciertos personajes de barrio, es un programa que se hace todos los días, cuya trama puede variar, y de hecho varía. Después de la grabación de cada capítulo. Es un programa que se desborda a sí mismo, que "se crece".
Los actores estudian el papel, lo ensayan antes de comenzar la grabación y, a medida que actúan, lo van "llenando", le van dando forma, con improvisaciones de su propia cosecha que, por regla general, el director acepta. Como acepta las sugerencias de camarógrafos sobre tomas y encuadres y composiciones de escena, cuando las encuentra pertinentes.
Nada hay absolutamente variable o prefijado en este programa que se hace el 100% en exteriores. En el fondo, prima la idea de que la creatividad es producto del Homo Ludens, el hombre que juega. Por eso haciendo "Don Chinche" todos juegan un poco y de ese juego, muy profesional por cierto, surgen nuevos conflictos cada mes y surge comicidad. Una comicidad que parte de que los personajes, lugares y conflictos no ofrecen mayores sospechas. Están pegados a la realidad y aunque son personajes-símbolo-caricatura no lo son de una forma mecánica. Porque la tipicidad ha sido superada, la permanente presencia de conflictos crea una dinámica y su desenlace nunca es muy previsible factor que mantiene viva la atención. Son los conflictos de la vida diaria, con múltiples soluciones posibles. Aunque el punto de partida es la anécdota, el programa la supera y logra inscribirse en el marco de la vida misma, de la vida cotidiana, la que viven todos y cada uno de los colombianos. Y es eso lo que permite la identificación ( la catarsis, por qué no) y lo que lo ha hecho popular. Es una forma para que, tal vez sin mucha conciencia, cada uno se ría de sí mismo.
"Don Chinche", aquí está la clave de su popularidad, es un programa ante todo visual y no verbal, lo que parece contradictorio tratándose de la TV. En general, los programas nacionales de humor, para no citar otros casos, naufragan en el verbalismo heredado de la radio. Las resoluciones cómicas se dan a nivel oral. Es posible cerrar los ojos y seguir sin problemas los acontecimientos que son, ante todo, auditivos. En este programa no sucede así. Es necesario ver los gestos, la expresión corporal de los actores, sus atuendos, los lugares, los detalles de ambientación. Porque en "Don Chinche", la adecuada utilización del medio ha hecho que el humor se incruste en todo, no sólo en los diálogos.

DEL MICROFONO A LAS CAMARAS
Alguien. detrás de las cámaras maneja los hilos y coordina las claves de la popularidad de "Don Chinche". Pepe Sánchez para muchos "simplemente Chépito", un hombre que forma parte ya del inventario de la TV., colombiana. Porque nació para el público, con ella y con ella ha vivido "en las buenas y en las malas", como en todo buen matrimonio. Pero quien, también como en todo matrimonio, ha tenido sus "deslices" y ocasionales retiradas.
Empezó como locutor en la emisora HJCK, pasó a la Radio Nacional y luego a lo que hoy es INRAVISION. Encontró allí una puerta abierta para la actuación y cerró definitivamente las del Derecho y la pintura. Discípulo de Sekisano, el maestro japonés que sembró las semillas de una escuela de actores de TV y a quien una "ola macartista" sacó corriendo del país, Pepe Sánchez hizo su primer papel para la pantalla chica en una obra de Priestley, "Ha llegado un inspector", bajo la dirección de Fausto Cabrera, "en vivo y en directo". Cuando el Video-tape era aún ciencia ficción, cuando se hacían largos ensayos y los "apuntadores" no convertían a los actores en títeres de la electrónica.
Después, la producción comienza a estandarizarse y se pretende producir programas como quien fabrica galletas. Un poco desilusionado de la actuación, convertida en rutina más que en vivencia, y con la inquietud de la dirección, aprendida al lado de Bernardo Romero Lozano, Pepe tiene sus "experiencias secretas" en el cine, a escondidas de "Yo y tú", el programa de humor que lo había hecho popular.
En 1965 la tentación del cine es demasiado grande. Se va para Chile, abandona la TV durante 4 años. Pero lleva una experiencia, además de guiones y cine caseros, el haber sido asistente de dirección de Julio Luzardo en "El Río de las tumbas" y un cuento, "Chichigua", realizando con Fernando Laverde y conocido en el exterior. Ya en Chile y durante el apogeo del Cinema Nuovo Brasilero, colaboró con el guión y fue asistente de dirección de Miguel Littin en "El Chacal de Nahueltoro". Además, hizo un documental sobre Pablo Neruda. El camino de la dirección quedó trazado para siempre.
De regreso a Colombia, a pesar de sus reticencias internas, el "problema de cuchara" lo hace "engranar" nuevamente dentro del elenco de Alicita. Pero también actúa en otras obras, desempeñando papeles que demuestran su calidad profesional y su versatilidad. "Mientras el papel sea bueno, dice, no importa su carácter cómico o drámatico".
Por eso los colombianos no olvidan a Chepito, pero tampoco "La Tregua", ni a Meursault de "El Extranjero". Porque se "desempeñó a fondó".
Ahora, dirigiendo, desarrolla toda su creatividad y calma su nostalgia del cine. Proyecta hacerlo con telenovelas y algunos de los "Cuentos del domingo" descabezados en la pasada licitación, pero próximos a su "segundo debut". La actuación no es su fuerte. Pepe seguirá detrás de las cámaras, su "lugar sin límites".

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