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| 12/12/2004 12:00:00 AM

Cinco siglos de adicción

Una brillante, exhaustiva y bien documentada historia sobre el uso de las drogas en el mundo entre 1500 y 2000.

Richard Davenport-Hines
La búsqueda del olvido
Fondo de Cultura Económica, 2003
543 páginas

En 1670 el marinero inglés Thomas Bowrey, mientras recorría la costa de Bengala junto con sus compañeros, vio que los nativos se divertían mucho con una bebida llamada bhang y decidieron comprarles varios litros y, desde luego, probarla. La bebida contenía nada menos que semillas secas y maceradas de cannabis mezcladas con agua. La 'traba' no sólo fue monumental sino que, al decir de Richard Davenport-Hines, marcó el inicio en Occidente del uso de sustancias medicinales "con el fin de satisfacer la curiosidad y el deseo de olvido placentero".

Un feliz descubrimiento -y también el comienzo de un doloroso karma- que no era ninguna novedad para culturas más antiguas. Desde hace 2.000 años los aborígenes de lo que es hoy Bolivia, Ecuador y Chile humedecían las hojas de coca con la boca y se la introducían entre la mejilla y las encías para mitigar el hambre, la sed y el cansancio. El opio fue cultivado en la zona del mediterráneo occidental desde hace 8.000 años y en la lengua sumeria -la más antigua de las conocidas- existen ideogramas que representan la flor del opio como 'la planta de la alegría'. En la Odisea ha quedado testimonio de la mezcla de alcohol con opio: cuando Telémaco es recibido por Menelao -rey de Esparta-, su esposa Helena al ofrecerle vino vierte en la misma jarra "una droga que tenía el poder de privar de su aguijón al dolor y la cólera y desterrar todo recuerdo doloroso".

El investigador Davenport-Hines, para no hacer tan exhaustivo su trabajo, limita su historia global de las drogas únicamente al período comprendido entre 1500 y 2000, lo que no es poca cosa. Cinco siglos de adicción y de consumo: monarcas, ministros, escritores famosos, compositores, soldados heridos, médicos estresados, amas de casa oprimidas, trabajadores cansados, prostitutas, adolescentes angustiados y rebeldes, estrellas del pop. Y la drogadicción en ciudades y suburbios de Estados Unidos, Londres, París, Suramérica, Europa del Este, noroeste de África y suroeste asiático. Una historia de gentes y lugares, pero sobre todo -insiste Davenport Hines- de un desafortunado concepto, la prohibición: "Este libro muestra cómo las políticas prohibitivas han convertido medicamentos legales, aunque peligrosos, en el mercado negro más lucrativo y mejor organizado del mundo. La prohibición ha sido esencialmente una técnica de colonización cultural informal por parte de Estados Unidos".

Desde hace 500 años, por desesperación, escapismo, trasgresión o simple deseo de encontrar visiones trascendentes y místicas, los seres humanos han acudido a diferentes clases de drogas: narcóticos, hipnóticos, estimulantes, embriagantes, alucinógenos. Desde el opio, en los refinados salones de la ilustración, hasta las 'drogas de diseño', como el éxtasis, en las discotecas contemporáneas. En busca de 'un instante perfecto' o de 'la paz que concede el olvido', estos se han entregado, a pesar de todas las amenazas y advertencias -o por eso mismo-, al consumo de sustancias que tienen tanto el poder de hacer el bien como el mal: "Las verdades profundas se reconocen por el hecho de que lo contrario también es una verdad profunda".

Sin embargo, esta ansia de drogarse no sería tan trágica y tan horriblemente violenta si el mundo no hubiera aceptado como única alternativa el modelo prohibicionista y represivo que ha venido impulsando Estados Unidos a partir de la ley de narcóticos de Harrison de 1914. Una guerra, como lo hemos podido comprobar los colombianos en carne propia, imposible de ganar por las impresionantes utilidades que deja su ilegalidad: ¡400.000 millones de dólares!, es decir, el 8 por ciento de todo el comercio internacional.

Por su buena escritura y por la riquísima información que contiene, esta investigación es mucho más que un mero alegato contra la prohibición: es un libro notable porque muestra toda la complejidad de un fenómeno que se ha querido reducir a un pobre y limitado asunto judicial o a una torpe e inapelable política exterior norteamericana.
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