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| 4/20/2003 12:00:00 AM

Ciudad de Dios

Un adolescente llamado Petardo reconstruye la aterradora historia de una favela en Rio de Janeiro.

Si al menos tuviera otro nombre, si los políticos del Rio de Janeiro de los años 60 no hubieran llamado Ciudad de Dios a aquel barrio que tarde o temprano abandonarían a su suerte, entonces no importaría tanto que al final se haya convertido en un infierno. A esa conclusión llega Petardo, el adolescente que cuenta esta historia, mientras nos habla de las víctimas y de los victimarios que conoció mientras crecía. Está convencido de que todo fue culpa del nefasto 'trío ternura'. Porque la banda, compuesta por su hermano mayor y un par de amigos sin futuro, no sólo introdujo los delitos menores en las calles de la favela y puso en evidencia la corrupción de las autoridades, sino que transformó a Dadiño, un niño con una inquebrantable vocación al crimen, en un asesino sin ninguna clase de escrúpulos que, muchos años después, bautizado 'Zé pequeño' por el diablo, se convirtió en el más poderoso de los traficantes de droga, el temible rey de casi todo el territorio.

Petardo relata las tragedias que presenció, por supuesto, porque necesita deshacerse de cada una de ellas: nos explica cómo Mane Gallina, un trabajador honesto que no le hacía daño a nadie, terminó atrapado en aquella guerra, y nos cuenta la historia de amor entre Bene y Angélica, la tarde en que el pobre Filete con papas mató por primera vez y la forma en que una pandilla de niños llamada 'los mocosos' fue tomándose las calles, porque sólo así, narrándolo todo como si acabara de ocurrir, podrá vivir de nuevo. Sí, eso es. Su voz le abre paso a las principales escenas y le confiere autoridad a todo lo que vemos, pero quizá sean la energía de sus extraordinarios actores naturales y el asombroso pulso narrativo de su director, el brasileño Fernando Meirelles, lo que termina por convencernos del todo: Ciudad de Dios es, desde el comienzo hasta el final, una película extraordinaria.

Meirelles se inspira, para bien, en el tono casi documental del cine de Martin Scorsese y en las pantallas divididas de los dramas de Brian de Palma, pero a veces, en los momentos más sangrientos de la historia, se tienen ciertas dudas sobre el tratamiento de atractivo videoclip que se le ha dado a las imágenes. Filmar un asesinato como si se tratara de un deporte de alto riesgo produce escalofríos por las razones equivocadas. Y más cuando no se trata de presentarnos las curiosas vidas de los glamorosos gángsteres italoamericanos que eligieron el crimen como forma de vida sino de reconstruir la miseria de toda esa gente a la que la sociedad le ha dado la espalda y que no tiene nada que ver con su destino. Sin embargo, cuando salimos del teatro y pasamos dos o tres días con Ciudad de Dios en la cabeza, nos damos cuenta de que ahora tenemos más noticias de este mundo. Y que no debería pedírsele más a una película.
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