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| 4/28/1997 12:00:00 AM

CLASICO DE CLASICOS

Esta semana se cumplen cien años de la muerte de Johannes Brahms, el más importantemúsico del neoclasicismo.

"Sus obras evocan un mundo salvaje, fantástico y a la vez demoníaco". Así describió el director alemán Wilhelm Furtwängler la música de Brahms, quien murió en el Nº 4 de la Karlsgasse de Viena el 3 de abrilde 1897. La historia le reservó dos espacios importantísimos. Primero el de gran maestro del neoclasicismo, lo que palabras más, palabras menos, es el reconocimiento por haberse convertido en depositario de la tradición clásica que en la segunda mitad del siglo XVIII iniciaron Haydn y Mozart, posteriormente Beethoven y Schubert y luego Mendelsshon y que Brahms recibió directamente de Schumann, para elevarla a cumbres insospechadas en sus sinfonías, conciertos y música de cámara. El segundo vino de Hans von Bulow, prácticamente su contemporáneo y el primer gran director de orquesta de la historia en el sentido moderno de la palabra, cuando lo consagró como la tercera de las grandes 'B' de la música alemana con Bach y Beethoven.Un tumor hepático fue la causa de su muerte cuando contaba 64 años. Apenas unos meses antes la Sociedad Filarmónica de Viena le tributó un homenaje conmovedor con la interpretación de su Sinfonía en mí menor. A pesar de sus problemas de salud esa noche Brahms tuvo que ponerse de pie para recibir la ovación del público al final de cada uno de los movimientos.Aunque es uno de los compositores más asociados con Viena, Brahms en realidad había nacido en Hamburgo en 1833. Allí vivió una infancia de mala salud y penurias económicas, al punto de que su padre, que había sido su primer maestro, se vio obligado a hacerle trabajar como pianista de los prostíbulos del puerto donde el niño tocaba todas las noches música popular. Quiérase o no, esta especie de experiencia brutal y el hecho de ser particularmente afecto a la figura de su madre, condicionaron una personalidad huraña y un temperamento que podía llegar a ser rudo en extremo.Años más tarde Brahms elaboró un amor imposible con Clara Wieck, que fue la más brillante pianista del siglo XIX y de paso esposa de su maestro y mentor Robert Schumann. La verdad es que Brahms nunca contrajo matrimonio, decía temerle más que a la ópera, el único género musical que jamás a lo largo de su vida abordó. La obra de Brahms es admirable y a su vez un tanto paradójica. Por un lado no tuvo ningún temor de acercarse sin remilgos a la música popular, que entre otras cosas había conocido directamente desde niño en los prostíbulos de Hamburgo. Legó a este género obras que son modelos de estilización y refinamiento, como sus colecciones de Volkslieder (cantos populares) y naturalmente las archipopulares Danzas húngaras para piano a cuatro manos. Sin embargo hubo géneros por los cuales sentía una especie de reverencia sin límites, por eso no se atrevió a componer una sinfonía hasta después de haber cumplido los 40 años; cuando lo hizo se cuidó de practicar una especie de homenaje a Beethoven instalando en el corazón del movimiento final el célebre coral de la Novena. La noche del estreno alguien se le acercó para observarle _no sin suspicacia_ que la música se parecía a la de Beethoven. Brahms con su rudeza habitual le respondió: "¡Cualquier asno se da cuenta de eso!". Enemigo del boato y los convencionalismos sociales, prefería mejor pasar inadvertido y detestaba la adulación. Ni siquiera se permitió ser retratado por los grandes pintores de su tiempo. En realidad era tremendamente susceptible y podía conmoverse hasta límites insospechados, a punto que en ocasiones la audición de su propia música podía llevarlo a las lágrimas. Entonces para disimular prefería exclamar: "¡Termine esa espantosa música!".Para sus contemporáneos, que estaban fascinados con las propuestas vanguardistas de Wagner y Liszt, Brahms era fundamentalmente un músico académico y se dio por descontado que Wagner y él eran prácticamente rivales. En ello aportó su grano de arena una anécdota ocurrida en Weimar cuando muy joven Brahms solicitó una audición con Liszt. Allí, quizá cohibido por el exceso de boato y por la corte de aduladores que siempre rodeaba al gran pianista húngaro, se negó a tocar su música; minutos más tarde todos rogaron a Liszt tocar su célebre y audaz Sonata en sí menor. En plena interpretación Liszt de inquietó por la tranquilidad de Brahms, observó con cuidado y vio que estaba dormido, entonces interrumpió el discurso e indignado cerró aparatosamente la tapa del piano para retirarse del salón.A la posteridad Brahms legó cuatro magistrales sinfonías, un concierto para violín, otro para violín y violoncello y dos para piano, el segundo para muchos estudiosos es sencillamente una obra perfecta. Su obra para piano es amplia y asombrosa, también su música de cámara, obras corales, para órgano, escribió más de 300 lieder y al decir de los expertos es el gran maestro del arte de la variación.Salvo pocas excepciones, toda su obra está inspirada en su amor por Clara Wieck. Brahms creía, como Mozart, que el nacimiento de una obra tenía alguna relación con el adormecimiento, pero insistía en la necesidad de la inspiración, al fin y al cabo en una oportunidad aseguró: "Si mediante el trabajo esmerado se llegase a la genialidad, cualquier practicón sería un Mozart o un Beethoven". nn De niño le tocó trabajar como pianista de un prostíbulo
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