Domingo, 22 de enero de 2017

| 1984/05/07 00:00

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Los resultados de las encuestas de TV y las opiniones de los televidentes demuestran que la televisión actual no gusta

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Antenas rastreadoras de satélite están comenzando a llegar al país. Sus precios, todavía exorbitantes, las siguen manteniendo a raya y, hoy por hoy, sólo hay unas cuantas de ellas en las ciudades colombianas. Sin embargo, es fácil predecir que con ellas sucederá lo que con calculadoras y computadores, y que pronto no hará falta ser ningún magnate para tener "sembrada" una en su propia casa. Cuando eso suceda, probablemente se estará doblando a muerto por la televisión colombiana. En opinión de Tulio Angel, presidente de Asomedios, ese día no está muy lejos; así, el reto de nuestra T.V., es el de lograr en pocos años, un nivel que le permita competir internacionalmente.
Pero si el futuro pinta castaño oscuro, el presente no deja de mostrarse complicado. Según los resultados mensuales que han ido arrojando las encuestas Nielsen, realizadas en 15 ciudades del país, los colombianos no sólo están apagando sus televisores, sino que cuando los prenden no les gustan mucho los programas. Así, pues, con todas las objeciones que se le puedan hacer a las encuestas, lo cierto es que estos resultados no dejan de ser alarmantes.
Ni tanto que queme al santo
En opinión de algunos expertos consultados por SEMANA, el principal problema de la última licitación, que sacó a la luz la discusión de la televisión una vez más, radicó básicamente en la falta de equilibrio de la programación, más que en la calidad misma de los programas. En efecto, según Tulio Angel, el concepto nacionalista que guió la adjudicación derivó en un exagerado número de espacios dramatizados, culturales y periodísticos, que el concepto de entretención quedó diludido y la calidad puesta en duda por más de un televidente. Del mismo modo, la ubicación de los enlatados, dispuestos más con el ánimo de tapar huecos y de culturizar a la fuerza que con el de recrear, concluyó con la aparición de "fenómenos" como varios clásicos de Shakespeare en un fin de semana, "esperpento que no se soporta ni el más sofisticado de los lores ingleses", tal como lo anota el mismo Angel. Funcionarios de varias programadoras entrevistados por SEMANA coinciden con este diagnóstico y los recientes cambios introducidos por Inravisión parecen apuntar en la misma dirección: corregir los defectos más notorios de la programación.
Pero, ¿de dónde surge el problema?. Para muchos, la proliferación de concursos, por ejemplo, se basa en la poca capacidad nacional para producir un mayor número de programas dramatizados. Según éstos, de las aproximadamente 24 programadoras que hoy operan, sólo unas 8 estarían en condiciones de producir este tipo de programas. Otros, sin embargo, prefieren poner el énfasis en los criterios de "culturización" del gobierno, que inicialmente beneficiaron ciertos concursos y los documentales como transmisores de cultura y que dejaron por puertas a un buen número de programas con altas posibilidades de entretención.
Promediando argumentos y dándole su cuota de razón a cada uno de ellos, el análisis sigue quedando cojo. Si bien es cierto que la "culturización" por televisión no es algo que pueda soslayarse, también lo es el hecho de que, en términos generales, la TV es un medio de recreación. El quid estaría, entonces, en la trillada verdad de perogrullo: llevar cultura entreteniendo o entretener "culturizando". No obstante, en el país tradicionalmente la cultura se asocia con el concepto de "ladrillo", y el pobre televidente ruega para que no lo eduquen precisamente durante las horas que tiene para descansar. Orlando Rovira, gerente de Punch Televisión, opina al respecto que el mayor problema está más en la concepción de lo que es cultura que en la calidad con la que los programas culturales se producen. Es el caso de los programas dramatizados con temas históricos los cuales, según Rovira, pese a estar bien "montados", pueden volverse "pesados" en aras de la fidelidad literaria. De hecho, varios televidentes consultados coincidieron en afirmar: "no soportamos un sólo día más del siglo XIX colombiano por televisión, con horario especial para cada posible bostezo de prócer". Angustia de espectador que parece darle la razón a Rovira.
Se discute así mismo el criterio de enfrentar programas por género, que en un principio se consideró ideal, y que ahora los televidentes y las mismas programadoras cuestionan. Aunque no cabe duda de que el enfrentamiento por módulos funciona (o sea que en las dos cadenas los programas inicien y terminen a la misma hora), la opinión general parece favorecer la competencia entre programas de diferente índole, con lo que además se le daría al espectador una mayor gama de escogencia. Para los defensores de la competitividad, esto podría a su vez presionar a favor de la calidad, ya que el que quiera ganar "a punta de goles a una telenovela, tendrá que dedicarse a mostrar muy bien mostrados los partidos de fútbol, o a cranearse concursos dignos de "Pero sigo siendo el rey". ¿Y de la calidad qué? Las programadoras insisten en que la calidad de sus productos es relativamente alta y, de hecho, exceptuando al Brasil, Colombia parece estar produciendo una de las mejores televisiones de América Latina. "La competencia", afirma Rovira, "se estrella actualmente con fallas en la comercialización, pero no con problemas de calidad. Los programas colombianos tienen un nivel aceptable, tanto desde el punto de vista técnico, como de contenido, y estarían en condiciones de hacer un buen papel en los países hispanoamericanos, si se facilitara su salida". Es posible que el gerente de Punch tenga la razón, y junto con él muchos programadores nacionales. Sin embargo, este argumento podría darle la razón también a muchos de los detractores de la televisión nacional: "la comparación con otras producciones latinoamericanas puede verse como otra forma de mantener la vara de medio metro con la que, se dice, se sigue midiendo la televisión colombiana". Es decir, una producción mediocre con la que se busca dar gusto al grueso del público que no tiene muchas oportunidades de establecer comparaciones. Pero, comparando o no, hoy ese público, que supera en el país a los 9 millones de teleespectadores, ha empezado a apagar sus aparatos. "Todo televidente, sin ser un crítico de televisión, intuye los problemas de un programa y rechaza aquellas producciones que están por debajo de un nivel mínimo de calidad ". Este parece ser el consenso entre los programadores entrevistados por SEMANA. Y sería ese "nivel mínimo de calidad" el problema que sería necesario discutir.
Más vale malo conocido...
Algunos programadores incluyeron en su evaluación de la televisión del país la falta de innovación y de creatividad que reflejan los distintos programas, y todos coinciden en otorgarle al público su cuota de culpa en este problema. "El público colombiano es reacio al cambio. Protesta cuando lo que hay lo aburre, pero se niega por principio a aceptar cosas nuevas". Introducir un cambio es de por sí complicado y, dado el comportamiento del público, excesivamente riesgoso: un punto menos en el rating aumenta el peligro de perder anunciantes y ya son varios los programas que se encuentran ahogados por falta de propaganda. De hecho, pese a haber pronosticado reajustes de tarifas para abril, Inravisión acaba de aplazarlos hasta julio, con el fin de dar un respiro a muchas de las programadoras que se encuentran hoy en situaciones muy difíciles.
Con el agua al cuello, resulta difícil exigir creatividad cuando en TV ésta se traduce en cifras. Sin embargo, el problema tiende a volverse circular. Conservadores o no, los colombianos se están aburriendo de la televisión. Tal como lo decía una de las programadoras entrevistadas por SEMANA, "el cambio de la mentalidad del público le corresponde en parte al medio. En parte el público rechaza los cambios, porque la misma televisión no lo ha enseñado a recibir innovaciones".
Sea como sea, lo que si parece claro es que a la televisión le llegó el momento de quitarse el saco viejo. Para empezar, el nuevo sistema de evaluación, que le permite al público expresar sus preferencias periódicamente, promete incluir un ingrediente de sano dinamismo a la programación nacional. No obstante, hay quienes lo miran con reserva y señalan la necesidad de introducir algún mecanismo de control, que impida a los programadores la salida fácil de cambiar "fracasos" nacionales por enlatados "seguros". Finalmente, "biches" todavía las encuestas Nielsen y "biche" aún la nueva programación, cualquier cosa que se afirme sobre lo que sucederá en adelante puede sonar a futurología. Sin embargo, las críticas que se han hecho oír y la necesidad, que se señale de un cambio que se le "metió por la derecha" a la televisión del país, probablemente sean un buen augurio. En la balanza parecen estar el "click" del apagón o la satisfacción de un público cada vez más exigente.--

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