Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2010/05/31 00:00

Colombia filarmónica

El 14 de mayo la Orquesta Filarmónica de Bogotá lanzó 'Mestizajes': un estudio de la variedad sonora colombiana junto a los principales exponentes de la actualidad musical del país. Por Juan Carlos Garay

‘Mestizajes’ reúne versiones sinfónicas de las canciones de Atercipelados, Choc Quib Town, Totó la Momposina, Andrés Cepeda y los Gaiteros de San Jacinto.

A finales del año pasado, la Orquesta Filarmónica de Bogotá empezó a llevar invitados especiales y poco usuales a sus sesiones de grabación. La presencia de Aterciopelados o de Totó la Momposina, la llegada de instrumentos extraños en un contexto sinfónico como la marimba de chonta de Bahía Trío o la batería de ollas y tarros de Puerto Candelaria, todo ello debió generar sin duda un ambiente exótico. No se trataba de “un día más en la oficina” sino de un trabajo nuevo, alejado de los postulados clásicos y difícil, sumamente difícil, porque cada canción tenía que recrear una atmósfera y un sabor diferentes.

El resultado es el álbum Mestizajes, que en 13 canciones ofrece una muestra de las regiones y las figuras de la gran escena actual de la música colombiana. Hay que imaginarse, quizá, una noche de viernes en Colombia: a lo largo y ancho de todo el territorio nacional sonarían distintas músicas, todas ellas muy vivas. Joropo en los Llanos orientales, currulao en la costa pacífica, hip-hop en las ciudades… todo ello está recreado en los instrumentos de la Orquesta Filarmónica que, si bien le dan a la música un toque de elegancia, en general no la despojan de su espontaneidad.

En general, repito. Buena parte de la riqueza de la orquesta consiste en poder descomponerse en secciones: cuerdas, maderas, metales, percusión, o en secciones más pequeñas dentro de esos grupos. Cuando los arreglistas juegan con estas posibilidades pueden conseguir matices y sutilezas que son un placer al oído. Cuando emplean grandes bloques de instrumentos para que toquen todos lo mismo, logran un efecto grandilocuente pero monótono. No es la primera vez que sucede: recordemos a Gustavo Cerati y sus problemáticos Once episodios sinfónicos. Aquí, al menos, se recurrió a un equipo de arreglistas para asegurar variedad.

Pero, por encima de estas cuestiones que son de gusto, destaca la voluntad de una orquesta para ampliar su público y su repertorio. La Filarmónica nunca fue convencional; llevaba sus conciertos a comunidades, barrios, iglesias populares, colegios y universidades, en tiempos en que la música clásica tenía establecidos templos exclusivos como el Teatro Colón. Cuando hace dos años la Academia de Artes y Ciencias de la Grabación los premió con un Grammy por su selección de temas de Lucho Bermúdez y José Barros, terminó exaltando justamente esa faceta de la Orquesta.

Algunos han querido ver en Mestizajes una segunda parte del álbum ganador del Grammy. Yo lo asocio más con Kraken Filarmónico, de 2006, ese experimento que unió a la Filarmónica bogotana con la conocida banda de heavy metal de Medellín, que a su vez está inspirado en el disco S&M de Metallica con la Orquesta Sinfónica de San Francisco. Allí lo que hay es vigor y riesgo, ambos en grandes dosis. El heavy metal termina adquiriendo un poderío casi wagneriano que recuerda por qué las orquestas han ido creciendo desde el siglo XVIII.

Mestizajes empieza, enigmáticamente, con el clásico Piel canela del compositor puertorriqueño Bobby Capó. ¿Por qué no escoger cualquiera de las composiciones de Andrés Cepeda para un disco que se anuncia en su página web como muestra de “la diversidad musical de Colombia”? Para muchos sigue siendo confuso (un amigo argentino a quien le regalé el disco me preguntó: “¿Pero cómo? ¿‘Piel canela’ es colombiana?”). Pero, pasado ese primer choque, el disco promete momentos conmovedores como la versión de El pescador con Totó la Momposina, la Zafra llorona con Juancho Fernández, uno de los Gaiteros de San Jacinto, y el exquisito arreglo de Bambuquísimo con el grupo Seresta. La variedad es el sello. La idea de trazar puentes y de borrar fronteras tiene aquí su expresión más amplia, más elegante, más vigorosa. Su expresión filarmónica.

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