Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2015/12/05 20:00

Colombianos se rajaron en escritura

El nivel de redacción de los colombianos es preocupante. Comunicar por escrito una idea les resulta cada vez más difícil, y eso tiene consecuencias a todos los niveles.

En las calles se ve que muchas veces a los colombianos les cuesta diferenciar entre una b y una v. Foto: DAVID AMADO - SEMANA

Los síntomas preocupan: errores ortográficos imperdonables, signos de puntuación mal usados o inexistentes, frases inconclusas y palabras repetidas, mal uso o ausencia de los tiempos verbales, oraciones que no se conectan con coherencia. En Colombia no se está escribiendo bien.

Y lo más inquietante es que muy pocos colombianos se escapan. El problema es evidente en las redes sociales, en trabajos escolares y universitarios, en anuncios de la calle, en los chats, en la correspondencia y en los informes de las empresas, entre otros. Lo que no se esperaba es que la discusión se abriera por un tema literario. El domingo pasado la poeta Piedad Bonnett, en su columna de El Espectador, mostró su preocupación por lo mal escritos que estaban la mayoría de los trabajos postulados en un concurso juvenil de cuento: “El nivel de escritura de los estudiantes colombianos es pésimo”, sentenció.

¿Por qué pasa eso? Las razones, al parecer, se encuentran en la forma como se enseña desde el colegio.

Muchas veces los estudiantes no manejan las reglas de ortografía y gramática porque no las aprendieron nunca: “Nadie me puede pedir que ponga bien las tildes cuando no me las enseñaron”, indica Hugo Ramírez, director del Departamento de Lenguas y Cultura de la Universidad de los Andes. “Se nota una terrible ausencia de educación en español… ¿Qué vamos a terminar hablando y escribiendo?”, comenta, con preocupación, Elvira Cuervo de Jaramillo, presidenta de la Asociación de Amigos del Instituto Caro y Cuervo.

Hay quienes señalan a los profesores de español y literatura. Que no están bien preparados, que no le saben llegar a los alumnos, que ahora son muy laxos con los errores cuando antes ni se pasaba el más mínimo fallo. Incluso, hay quienes creen que esto se aplica a los profesores de todas las materias, que a veces consideran a la escritura un asunto menor.

Otros creen que el problema educativo no se limita a la enseñanza a rajatabla de unas reglas. El escritor y fundador de la revista El Malpensante, Andrés Hoyos, que hace poco publicó el libro Manual de escritura, está de acuerdo: “El proceso de aprendizaje es castigador. Se cree que se va a aprender a escribir a punta de gramática y sintaxis, cuando la escritura es de hábitos: es como si a usted le enseñaran a manejar carros con un manual de mecánica y no con la práctica”.

Tal vez, por eso, algunos estudiantes sienten pereza de escribir y creen que es un ejercicio complejo que no tiene nada que ver con ellos. Es muy común escuchar la frase “lo importante es que yo me entienda a mí mismo”. La escritura se ve como un obstáculo, no como un medio para comunicarse.

“No hablemos ya de escritura sino de lectura, que es la base de todo. Los niveles de lectura son muy pobres durante toda la formación y, por lo tanto, toda la estructura está mal. Se escribe con muchas limitaciones, con mucha pobreza y con muchos problemas porque se lee mal”, comenta el editor y escritor Camilo Jiménez Estrada, quien hace cuatro años renunció a ser profesor de la Universidad Javeriana ante la incapacidad de sus alumnos de escribir apropiadamente.

Y esto se hace evidente en uno de los fallos más preocupantes: la gente no lee cuidadosamente lo que escribe, no piensa en la necesidad de revisarlo. Dejan el texto tal cual se escribió en su primera versión y todo acaba ahí.

Los escritores y los académicos están de acuerdo en la urgencia de promover aún más el hábito de leer, que no se vea como una obligación o una tarea más, sino como un verdadero placer. Es imposible esperar que alguien escriba bien si no lee.

Otro de los cuestionamientos apunta al papel de las humanidades en el sistema de educación colombiano. “Sabemos que el sistema económico y académico actual (Colciencias lo hace) privilegia las ciencias”, comenta el filósofo y semiólogo Armando Silva. Pero esa política tiene efectos perversos.

Las redes sociales y los dispositivos electrónicos tampoco se salvan de los señalamientos. Uno de los principales errores es que la corrección va por cuenta del computador, que no siempre acierta ni es capaz (por ahora) de determinar si una idea está bien conectada con otra ni alerta sobre las palabras repetidas o las frases inconclusas. En todo caso, las nuevas tecnologías no tienen toda la culpa, y más bien las redes han hecho visible un problema que viene desde hace años. Solo que hacen virales los errores.

“Además, está la presión por el bilingüismo. Es conveniente primero entender la propia lengua para después trabajar y adquirir los códigos de otra”, indica Jiménez. Otros profesores creen que esto no tiene nada que ver, pero sí reclaman que además de exigir para graduarse exámenes de inglés o de otros idiomas se haga uno obligatorio de español.

Pero este diagnóstico de causas múltiples no solo se aplica a los estudiantes. “Aquí hay presidentes de compañías, ministros y profesionales con muchos títulos que no saben redactar una carta. Es un tema recurrente”, comenta Andrés Hoyos.

No solo se ven errores en los avisos de la calle. En septiembre, la Asociación de Amigos del Instituto Caro y Cuervo organizó ‘Caro y Cuervo Ink’, una campaña para corregir errores ortográficos en los tatuajes. Se vieron expresiones como “Dios vendice a mi madre”, “solo Dios jusga”, “segidme”, “alturista”, en vez de altruista, “objetibo”, “la vida no es fasil” y “sonrrisa”, entre otras.

Y los foros de las páginas de internet, sobre todo los de los medios de comunicación, evidencian los problemas de escritura de los colombianos. “La gente escribe a las patadas y casi nunca se entiende. Recurre al madrazo cuando no tiene una frase buena”, señala el crítico literario y profesor universitario Camilo Hoyos.

Para algunos, sin embargo, la situación no es tan grave. “Falta mucho, pero no todo es malo. He dirigido varios colegios y en cada uno de ellos hay revistas, ensayos, jornadas y otro montón de cosas, pero sus resultados se demorarán en aparecer”, comenta Juan Carlos Bayona, rector del Gimnasio Los Pinos.

Paradójicamente, llama la atención esta denuncia justo cuando este año se han destacado varios escritores jóvenes como Juan Álvarez, Álvaro Robledo, Juan Sebastián Gaviria, Daniel Ferreira, Amalia Andrade, Melba Escobar, por citar algunos. Aunque para los editores las dos cosas no tienen nada que ver. Gabriel Iriarte, director editorial de Penguin Random House, dice que “puede haber buena literatura aunque el común de la gente no escriba bien”.

Frente a este problema algunos proponen soluciones como que se capacite mejor a los profesores, que se le otorgue más importancia a la enseñanza humanística, que una política pública proteja el lenguaje y que los colegios y las universidades trabajen en enseñar bien el idioma.

Y lo más importante: que la gente entienda que escribir bien es fundamental para transmitir las ideas eficientemente. Y que hacerlo mal no solo ofrece una pésima imagen del autor, sino que puede conducir a entregar un mensaje ambiguo o incomprensible, lo cual puede ser grave, por ejemplo, en un texto de instrucciones dirigido a los empleados de una empresa. En fin, que por el contrario, un documento bien escrito es la mejor carta de presentación de una persona.

“Las tildes no existen, la puntuación es caótica…”

La escritora Piedad Bonnett asegura que la principal causa de que muchos colombianos estén escribiendo mal es que en los colegios no se imparte la formación correcta del lenguaje.

Semana: ¿Qué encontró usted en el concurso de cuentos del que fue jurado para afirmar que se está escribiendo mal?

Piedad Bonnett: No exagero cuando digo que es horripilante. De los 100 cuentos que leí, en 70 encontré que prácticamente las tildes no existen, la puntuación es caótica, las estructuras mismas del castellano son torpes y hacen incomprensibles los textos. Esto, por supuesto, no se puede generalizar, pero sí identifico que tenemos un grave problema con el castellano.

Semana: ¿Se está viendo la literatura desde una perspectiva equivocada?

P.B.
: Es que no saben para qué es la literatura. Creen que es hablar de cosas bonitas y pajaritos o historias tremebundas. Hay una tendencia a la moraleja del amor y de la paz, o a la truculencia excesiva.

Semana: ¿Cómo debería entenderse?

P.B.:
La literatura sirve para mostrar la complejidad humana, el conflicto humano, para hacerte preguntas, para inquietarte, para incomodarte, para delatar cosas. Pero solo se está tomando para concluir que seamos mejores.

Semana: Entonces, ¿también se lee mal?

P.B.:
No es cuestión de que las lecturas sean perfectas, sino de que lean mucho para que les dé una idea de lo que es la literatura.

Semana: ¿Dónde radica el problema?

P.B.:
La educación está fallando y es un problema estructural –de sueldos bajos y maestros mal capacitados–. Aquí se perdió el respeto por el maestro y se perdió la idea de que todo lo bueno de un país comienza por la escuela. No sé qué están leyendo los estudiantes, pero también habría que echarle un vistazo, y claro, a si están leyendo lo suficiente. Me horrorizó también que haya quien piense que el tema es totalmente irrelevante, que piense ingenuamente que eso se debe a experimentaciones formales de los muchachos. Eso no es así. Y que echemos al traste la ortografía y la corrección lingüística, y que los miembros de un jurado nos hagamos los de la vista gorda con eso me parece imposible.

Semana: ¿Cuál es la solución?

P.B.:
El Ministerio de Educación está haciendo cosas muy importantes, mucho más que en otros países latinoamericanos con la lectura, pero falta involucrar a las familias, sobre todo a las mamás, quienes están más cerca de los niños y le pueden leer en voz alta. Que el sistema de lectura abarque el entorno familiar. Además que se exija mucho, a todo nivel, en cuestión de lenguaje. Así como se hace tanto énfasis en lo científico, pues que se haga también en el lenguaje.

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