Viernes, 20 de enero de 2017

| 2003/06/15 00:00

Color atormentado

Hace 150 años nació Vincent van Gogh, genio que revolucionó la pintura y tuvo una vida miserable. El mundo le rinde homenaje.

Aquel verano de 1890, el sol reverberaba sobre los brillantes campos de trigo, las cigarras y grillos chirriaban como siempre, como todos esos largos días en que Vincent van Gogh salía temprano a pintar en los campos aledaños a la casa de los Ravoux, donde se hospedaba en Auvers-sur-Oise, 32 kilómetros al norte de París.

Meses antes había escrito que tal vez a causa de los remordimientos había gritado tanto durante sus crisis nerviosas. Decía que pintar era demasiado caro y que "mis cuadros no tienen valor, pero me cuestan, es cierto, gastos extraordinarios, quizás a veces hasta en sangre y cerebro". Subrayaba el hecho de que muchos pintores enloquecían porque "es una vida que lo vuelve a uno muy abstraído".



Cuando sonó el disparo, aquella tarde del 27 de julio, los Cuervos sobre el trigal revolotearon en los cielos, en los 'cielos ondulantes' que caracterizaron el estilo de las últimas pinturas del artista holandés. Pero él, con la bala incrustada cerca del corazón, pudo caminar hasta su cama. Como no bajaba a comer, el dueño de la posada subió y descubrió que se estaba desangrando. En la madrugada del 29 de julio, pipa en boca como postrer consuelo, y junto a su hermano Theo y el doctor Gachet, expiró. Tenía 37 años de edad.

"Hay hombres que atentan contra su vida, yo no creo tener semejantes inclinaciones, me gusta la vida", le había escrito 9 años antes a Theo, cuatro años menor que él y quien había empezado, en 1873, su carrera de marchante de arte en la sucursal de la galería Goupil en Bruselas.



Los dos Vincent Willem Van Gogh

En el pueblecillo holandés de Groot-Zundert, el primer Vincent Willem van Gogh nació muerto. Un año después, el 30 de marzo de 1853, el pastor Theodorus van Gogh y su esposa Ana Cornelia Carbentus, tuvieron otro hijo al que pusieron ese mismo nombre.

Desde la época en que ingresó a un internado en Zevenbergen, Vincent ya denotaba su carácter melancólico, solitario y malhumorado. Tiempo después, y debido a los problemas económicos de su familia, tuvo que dejar la escuela y empezar a trabajar. A los 16 años, consigue empleo en la Haya, en una sucursal de la Galería Goupil y Compañía, la más grande de Europa.

Cuatro años después, en 1873, es trasladado a Londres en donde se enamoraría de Úrsula Loyer, la hija de su casera. Cuando le propuso matrimonio, ella le rechazó porque ya estaba comprometida.

En mayo de 1875 llegó a París luego de ser llamado a trabajar en la sede principal de la Galería Goupil. Por causa de sus constantes discusiones con la clientela y con sus superiores, y luego de siete años de laborar en dicha empresa, fue despedido.

Quiso estudiar teología pero no aprobó los exámenes. Pese a ello y convencido de su vocación, decidió irse como voluntario a las minas de carbón del sur de Bélgica a predicar la palabra de Dios y a socorrer a los enfermos.

En la región de Borinage, días antes de la Navidad, recordó las palabras de la Biblia: "La luz que brilla en las tinieblas", y dedujo que quienes tenían más necesidad de escuchar la palabra del Evangelio eran los desgraciados que arriesgaban la vida en la oscuridad, entre las entrañas de la tierra.

Sin embargo, al comité evangélico no le agradó su indigencia y fue despedido. Pero él prosiguió con su misión pastoral instalándose en Cuesmes. Peregrinó, canjeando dibujos por pan y fue en medio de esa miseria donde renació su ánimo: "volveré a coger el lápiz que abandoné en mi decaimiento y volveré a dibujar".

La prima y la prostituta

Durante el verano de 1881, su prima Kee Vos-Stricker, que acababa de enviudar, estuvo pasando una temporada en casa de los padres de Vincent, en Etten. Allí, se enamoró de ella: "yo te amo como a mí mismo", pero ella le replicó: "jamás, no, jamás".

Tenía 27 años cuando se instaló en La Haya, donde conoció a Clasina Hoornik, una prostituta: "Este invierno he encontrado una mujer encinta, abandonada por el hombre de quien llevaba el niño en su cuerpo (...) No puedo casarme más que una sola vez. ¿Y qué mejor ocasión que hacerlo con ella, puesto que es la única manera de continuar ayudándola?"

Van Gogh quiso sustituir su amor por Kee con esta feúcha mujer de invierno, alcohólica e irascible y que lo contagió de sífilis y gonorrea.

Su hermano Theo le recriminó por esa vergonzosa relación y por el destino que daba al dinero que él le enviaba. A fines del verano de 1883, molesto con Theo, decide abandonarla y se marcha a pintar al nordeste de Holanda.

Pese a que Van Gogh mostró siempre una veneración especial por la naturaleza y la luz solar, decía que nunca sería un paisajista: "Cuando digo que soy pintor de campesinos, así es en realidad, (...) allí me siento en mi ambiente, entre los mineros, los carboneros, los tejedores..."

Feliz, como un campesino

En 1885, en Nuenen, realiza uno de sus cuadros más famosos: Los comedores de patatas, que refleja una honda 'preocupación social' y denota su convencimiento de que "la oscuridad es un color". En ese interior gris, muy gris, quiso expresar la idea de que esa gente, bajo la lámpara, come sus patatas con las manos con las que ha trabajado también la tierra, "y que mi cuadro exalta, pues, el trabajo manual y el alimento que ellos mismos se han ganado tan honestamente" También pretendió mostrar esa manera de vivir tan distinta a la de las personas civilizadas. "Así, pues, no deseo en lo más mínimo que nadie lo encuentre ni siquiera bello ni bueno".

Consciente de que sus dibujos y pinturas ni se vendían ni tenían ningún valor, solía decir que lo importante era tener "la bebida, la comida, la cama y la ropa, de estar, en suma, contento con lo que tienen los campesinos".

Al llegar a París en 1886, Van Gogh, que se consideraba a sí mismo como un rebelde, se entusiasmó con 'la revolución impresionista' y sus estudios sobre los efectos de la luz solar sobre los objetos.

En la "triste vida" de la capital francesa nunca se amañó y opinaba que trabajar allí le era imposible: "No me conviene porque es muy agitado". Y le enervaba el tumulto de sus calles, el ruido y la bruma. "La primera vez que se ve París parece todo allí contra la naturaleza, sucio y triste".

En el verano de 1887, cuando se enteró de que Theo contraería matrimonio, le escribió: "Siento pasar el anhelo de casamiento y de niños y en ciertos momentos estoy bastante melancólico de estar como estoy a los 35 años (...) Y algunas veces se lo reprocho a esta sucia pintura". Confesaba sentirse "ya viejo y fracasado".

El soleado sur

En febrero de 1888, Van Gogh recaló en el paisaje nevado de Arlés con el firme propósito de fundar allí una especie de "cooperativa de pintores pobres".

En muchas de sus cartas, siempre le agradecía a Theo su billetico de 50 francos con el que podía sobrevivir. "Hemos gastado tanto dinero en esta maldita pintura, que no conviene olvidar que hay que recobrarlo con cuadros".

"Por 5 o 6 francos por día no se tiene gran cosa (...) y las necesidades de la pintura son como las de una amante ruinosa".

La mayor parte del tiempo estaba aislado, ensimismado: "pasan días sin que le diga una palabra a nadie, excepto para pedir un café o algo de comer". Y sus "hazañas amorosas frente a las arlesianas" se limitaban a las visitas al burdel.

Se había vuelto adicto a la trementina, que para él tenía un olor místico. Y, con cierta vergüenza, se refería a la leyenda según la cual el Todopoderoso se había perjudicado a sí mismo con este estudio del planeta Tierra: "Creo cada vez más que no hay que juzgar a Dios por este mundo, porque es un estudio suyo que le salió mal (...) Este mundo está hecho deprisa en uno de esos malos momentos en que el autor no sabia lo que hacia, o no era ya dueño de su mente".

El color de la noche

En marzo de 1889, confesó que para "conseguir la alta nota amarilla" que había descubierto en verano, tuvo que recurrir al licor. Pensaba que "lo que es Claude Monet en el paisaje, vendrá alguien que lo será en la figura pintada. Que debe ser un colorista como no lo ha habido nunca".

"Encuentro que lo que he aprendido en París se va, y que vuelvo a las ideas que me habían venido en el campo antes de conocer a los impresionistas". Decía que su arte había sido más fecundo gracias a las ideas de Delacroix, que por las de aquellos. Insistía en que no buscaba reproducir con exactitud lo que tenía delante de los ojos, "sino que me sirvo arbitrariamente del color para expresarme con más fuerza".

Al observar el cielo estrellado pensaba que, a menudo, las noches eran mucho más vivas y de colorido más rico que los días. Respecto al mar Mediterráneo anotaba que su color era cambiante: "no se sabe si es verde o violeta, o es azul, porque al segundo siguiente el reflejo cambiante toma un tinte rosa, o gris. Me he pasado una noche a orillas del mar por la playa desierta, no era alegre pero tampoco triste, era bello".

Para Van Gogh, el color por sí mismo expresa alguna cosa, y su preocupación consistía en mostrar algo más que una fotografía: "el ardor de un ser por la radiación del sol poniente(...) El amor de dos enamorados, por la unión de dos (colores) complementarios", y mostrar las terribles pasiones humanas por medio del rojo y del verde.

"Por momentos tengo una lucidez terrible, cuando la naturaleza es tan bella como en estos días y entonces, los cuadros me vienen como en un sueño".

En el otoño de 1888, cuenta que está afligido y alcoholizado "a fuerza de empinar el codo". Se queja de la falta de modelos, de "la vista fatigada y la cabeza vacía", y de haber pasado 4 días sin un centavo, durante los cuales "he vivido principalmente de 23 cafés y con el pan que todavía tengo que pagar".

En un autorretrato de 1888, se representó con los ojos "un poco a lo japonés". Días después escribió que si no fuese por su naturaleza dual, producto de la unión entre un monje y un pintor, ya se habría chiflado.

Por esa época, Paul Gauguin llega a convivir con él en la "casita amarilla". Vincent le escribe a su hermano contándole que aquel le alienta a recurrir a la imaginación como fuente de inspiración para pintar.

Se refiere a su angustia de producir para compensar los gastos, pero dice que no puede hacer nada si las pinturas no se venden. Le preocupan las deudas que tiene con Theo, pero guarda la esperanza de que llegue el día en que su obra valdrá más "que el precio que nos cuesta el color y mi vida, en verdad muy pobre".

Pintaron, bebieron absenta (un licor barato extraído de las hojas y flores del ajenjo) y polemizaron acerca del arte y los artistas: "La discusión es de una electricidad excesiva: salimos a veces con la cabeza fatigada como una batería eléctrica después de la descarga".

Dos días antes de Navidad, de seguro bestializados por causa de la intoxicación con absenta, se disputaron. Gauguin se fue a dormir en otra parte y Van Gogh se cortó parte de su oreja derecha.

En el mes de enero de 1889 contó que la herida estaba sanando, que estaba un poco anémico y que combatía el insomnio con una potente dosis de alcanfor en la almohada y en el colchón.

El segador de Saint Remy

En febrero fue atacado por alucinaciones y constantes pesadillas. Confesó que confundía lo que imaginaba con la realidad y que sus pasiones habían sido carcomidas por el tiempo.

En mayo, ingresa al sanatorio de Saint Remy. Opina que el paisaje es bello y que la comida es regular y "se nota un poco de moho como en un restaurante con cucarachas en París".

Explicó que estaba pintando con furor, "como un verdadero poseso" y que, como había dicho Delacroix, "he encontrado la pintura cuando ya no tenía ni dientes ni aliento". En todo caso, de entre los cerca de 750 cuadros que hizo, solo uno se vendió cuando aun vivía.

En Saint Remy pintó un segador sumergido en un trigal: "es una imagen de la muerte (...) A mí eso me divierte, después de haberlo visto así a través de las rejas de hierro de una casa de locos".

Al doctor Gachet le fue imposible sacar la bala. Su hermano se recostó a su lado y rememoraron los tiempos de su infancia. Vincent, poco antes de morir, a la 1 y 30 de la madrugada, le musitó: "Theo, quiero irme a casa".

Tiempo atrás, había escrito: "Dicen que en la pintura no hay que buscar ni esperar nada más que un buen cuadro, una buena conversación y una buena comida como máximo de felicidad (...) No se está en la Tierra para divertirse(...) Sufrir sin quejarse es la única lección que hay que aprender en esta vida".



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