Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1992/08/17 00:00

COLORES DE LUNA

La Galería Diners expone la obra reciente de Luis Luna, inspirada en las crónicas de Indias.

COLORES DE LUNA


DESDE HACE UN año trabaja en un pequeño estudio de Nueva York donde los rascacielos le dan forma a un interminable paisaje de cemento. Durante el día, los pitos de los automóviles no dejan de sonar, mientras cientos de miles de personas se mueven con prisa en las aceras de la Quinta Avenida. En las noches, las luces de neón se proyectan sobre su ventana con gran brillo. El tema urbano, sin embargo, permanece alejado. El pintor bogotano Luis Luna sigue pensando en las raíces.
Antes de viajar a Estados Unidos se despidió con una exposición en la que recreaba a su manera las leyendas del "Popol Vuh". Ahora la Galería Diners expone su obra reciente, en la que predominan los temas inspirados en las crónicas de Indias.
Curiosamente no abordó el tema a propósito de los 500 años de la llegada de Colón a América El tema estaba, desde antes, en lista de espera. A Luna, desde sus inicios en el arte, lo han atraído no sólo la magia de las historias precolombinas sino también su iconografía. Buena parte de esos signos que utilizaron los primeros pobladores del continente, para dejar una huella de su paso por la Tierra, han aparecido en sus lienzos, reinterpretados.
Para los que han seguido de cerca la travectoria de Luna, es evidente que en su obra actual hay una mayor preocupación por la pintura en si, que por el mensaje. El color de sus nuevos cuadros demuestra que se ha concentrado en la técnica. Al fin y al cabo sabe que después de tanto trajinar con sus temas de siempre, estos se hacen presentes en el lienzo sin necesidad de proponérselo.
Las obsesiones del pintor están ahí, en cada trazo: la transición se carácter indeleble del ser humano las raíces, la espiritualidad convertida en mística. Su pintura cada vez más apreciada por la crítica constituye un punto medio entre lo pagano y lo espiritual.
La obra de Luis Luna, como en los tiempos de la caverna, en las primeros siglos del cristianismo y en el Renacimiento, parecería hecha con el único propósito de establecer un diálogo directo con el más allá.

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