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| 8/23/2014 2:00:00 PM

¿Cómo era Julio Cortázar?

Esta semana se celebran los 100 años del nacimiento de Julio Cortázar, una de las grandes figuras del ‘boom’. Óscar Collazos, uno de los pocos colombianos que lo conoció, y con quien polemizó, hace esta semblanza.

Cuando llegaron a Colombia los primeros libros de cuentos de Julio Cortázar, estos ya habían sido publicados en Buenos Aires hacía más de diez años. Bestiario (1951), Final del juego (1956), Las armas secretas (1959) e Historias de Cronopios y de Famas (1962) fueron una fascinante carta de presentación de Rayuela (1963), la novela que transformó la sensibilidad de una nueva generación de escritores y sería, con Cien años de soledad, de García Márquez, la locomotora de lujo que arrastró los vagones del boom de la novela latinoamericana de los años sesenta y setenta.

Pertenezco a una generación que empezó a escribir hacia 1964 a la sombra de Julio Cortázar. Nos volvimos cortazarianos antes que garciamarquianos por extrañas razones de sensibilidad. Cortázar venía de las vanguardias de principios del siglo XX y recogía sus experimentaciones estilísticas. Era ferozmente moderno y heterodoxo. Como otro Cronopio (figura creada por él), desconfiaba de las rutinas. Creaba y jugaba con la creación. En sus textos reconocíamos un estilo de vida azaroso y feliz. El amor, el erotismo, el arte, la amistad, estaban fuera de toda convención. El jazz entraba en sus relatos como entraba el tango o la música clásica. Se escuchaba con devoción a John Cage o se discutía sobre Schönberg, Satchmo o Thelonius Monk. Cortázar ponía ‘la realidad’ entre comillas, es decir, desconfiaba de las evidencias. Su arte no era realista.

Por estas razones, algunos jóvenes escritores de los años sesenta fuimos lectores apasionados de este argentino nacido en Bruselas el 26 de agosto de 1914, afincado en París desde 1951. La leyenda decía que era de gran estatura y que tenía una ‘enfermedad’ que lo hacía ver más joven. Una foto del cubano Chinolope lo muestra en La Habana al lado de otra figura gigantesca, su contemporáneo José Lezama Lima. En los últimos años de su vida, cultivó una espesa barba que lo ‘envejeció’. No había llegado a los 70 años cuando murió siendo el más joven de los escritores de lengua española, un escritor en el que era difícil encontrar los pliegues, la fatiga o la falta de curiosidad de muchos ‘viejos’.

No había joven escritor latinoamericano que no fuera a París con la obsesión de encontrarse con Cortázar o de recorrer el mapa de Rayuela como se recorren los mapas literarios del Dublín de Joyce o el Londres de Charles Dickens. Había hecho la fundación mitológica de París por los latinoamericanos. En realidad, cuando los jóvenes de los años sesenta lo empezamos a leer, Julio era un hombre de 50 años cuyos primeros libros se habían publicado hacia 1938, 22 antes de su primera novela: Los premios. El gran mito, sin embargo, fue Rayuela, publicada en 1963.

¿Una novela? Sí, Rayuela es una novela con personajes que van y vienen como en las novelas convencionales; una novela en la que se habla mucho, se piensa y se reflexiona, una novela en muchos sentidos existencial. En ella pasan muchas cosas, aunque los tontos crean que no pasa nada. Una novela de casi mil páginas para leer por cualquier parte en voz alta o en silencio. En voz alta, preferiblemente. Sin Rayuela es difícil imaginar Detectives salvajes, de Roberto Bolaño, el escritor extraterritorial del siglo XXI.

Lo maravilloso de Rayuela es el desorden como método, su manera de dejar que las cosas se ordenen en la imaginación del lector. Los personajes y situaciones de la novela se pierden, como se le pierde La Maga a Oliveira, para encontrarse en un lugar imprevisto. A diferencia del otro gran mito de la novela latinoamericana (Cien años de soledad), donde la línea de continuidad es convencional y sucesiva, en Rayuela nada es convencional ni sucesivo. Es curioso que, sin embargo, sean los grandes mitos de la novela del idioma en la segunda mitad del siglo XX. Lo son por lo opuestos: además de la amistad que unió a Gabo a Julio, los amarraba la admiración mutua: el argentino fue uno de los primeros lectores fascinados con la saga de los Buendía y Gabo el primero en poner a vivir fugazmente en su novela personajes de Cortázar.

¿Cómo era Cortázar? me preguntan quienes saben que lo conocí y traté personalmente, en breves encuentros que se sucedieron hasta octubre de 1983. El último fue en Barcelona, en casa del editor Mario Muchnik, meses antes de su muerte. Me acostumbré a responder con dos palabras: tierno y fraterno. No sé si lo definen, pero su suavidad en el diálogo y el tono de confidencia de una voz grave que arrastraba las erres, lo hacia parecer ciertamente tierno.

Fraterno. Yo creo que entendía la fraternidad como una forma de la solidaridad humana. Más que la ideología, lo que lo llevó a defender las causas de Cuba y Nicaragua fue el sentido de la fraternidad que le dio a la justicia social y que lo llevó a ser parte, desde 1974, del Tribunal Russell que investigaba los crímenes de las dictaduras. Ese año, Cortázar publicó la que es tal vez la más política de sus novelas: El libro de Manuel.

En enero de 1969, en el ascensor del Hotel Nacional de La Habana, lo tuve frente a frente. Nada más entrar a esa jaula de operación manual, reconocí a su lado a una mujer muy alta. Hablaban en inglés. Era la escritora norteamericana Susan Sontag. Más tarde, en el lobby del hotel, le dije que era escritor, que llegaba de Colombia, que era jurado del Premio de Cuento de la Casa de las Américas. Le confesé que hacía más de un año, en abril de 1968, lo había seguido con ganas de abordarlo desde la Rue Dauphine hasta el Boulevard Saint Germain de París, a la altura del Odeón. No había sido capaz de hacerlo. Se rió. Tampoco la noche en que lo vi cenando en Polydor, el restaurante popular de la rue Monsieur Le Prince. El cordero era muy bueno, volvió a reír.

El 29 de agosto de 1969 (día de mi cumpleaños) encontramos motivos para saludarnos y ser amigos: ese día, por petición de Ángel Rama, publiqué en Marcha de Montevideo, un ensayo sobre la novela latinoamericana, las ideas políticas de los escritores y la función de estos en los fenómenos revolucionarios de la historia. Nunca pensé que vendría una réplica casi inmediata de Julio Cortázar y, luego, de Mario Vargas Llosa. Había escrito un ensayo crítico, estimulado aún por la idea del ‘compromiso’ sartreano y por una de mis pasiones de entonces: la sociología de la literatura, pero no esperaba una ‘polémica’.

Desde febrero de 1969, yo era el director del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas y fue quizás esto lo que motivó las respuestas a mis ensayos, suponiendo (mal) que mi posición crítica era la del organismo cubano. No lo era: mis reflexiones eran una mezcla voluntariosa de entusiasmo revolucionario, sincero convencimiento en la función social de los escritores y la lectura un poco limitada de la realidad, reducida al ámbito sociopolítico.

La ‘polémica’ se difundió por toda América Latina, se reprodujo en Cuba, Buenos Aires y Bogotá y fue finalmente editada por Siglo XXI de México con el título de Literatura en la revolución y revolución en la literatura. El hecho es que, antes que distanciarnos, ese intercambio de ideas me acercó a Cortázar. Volví a verlo en los años siguientes: en París, en Barcelona.
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