Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2006/04/22 00:00

¿Cómo vive un bibliotecario en Colombia?

El próximo 24 de abril 531 bibliotecarios del país vendrán a Bogotá para participar en el 7º Congreso Nacional de Lectura en la Feria del Libro de Bogotá. A pesar del esfuerzo del Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas que ha llegado a 566 municipios, muchos de ellos viven situaciones absurdas, o son mirados con extrañeza. ¿Quiénes son los bibliotecarios en Colombia?

¿Cómo vive un bibliotecario en Colombia?

A las siete de la mañana del martes 23 de agosto de 2005, Henry del Carmen Ríos achicaba el suelo de la mina armado con una botella de plástico cortada a la mitad. Esa madrugada se había despertado a las cuatro, media hora más temprano que de costumbre. Luego de beber un pocillo de café recalentado y de asegurarse de que la gutapercha con la que iba a aislar un par de cables en el fondo de la mina estaba en el bolsillo izquierdo de sus pantalones cortos, salió de casa. Tenía en qué pensar: la noche anterior lo habían estado buscando varios hombres del pueblo y dos días atrás alguien lo había preguntado en una tienda en la que había estado horas antes.

A las ocho de ese martes, cuando subió a la superficie a tomar un poco de aire, Henry del Carmen recibió la noticia.

—Vas a ser bibliotecario —le dijo Rodrigo Morales Díaz, alcalde de San Martín de Loba.
“Bibliotecario, ¿esa vaina cómo se come?”, pensó Henry del Carmen para sus adentros.
El puesto había quedado vacante quince días atrás, cuando a John Jairo Llorente Ramos le propinaron cinco puñaladas hasta matarlo por coquetear con la mujer de otro.
Cuando vio la biblioteca, Henry pensó que iba a ser un trabajo más duro que el de la mina. No había abanicos y el calor en San Martín es insoportable diez meses al año. El techo tenía goteras. Los estantes eran de madera vieja y fácil blanco del gorgojo, y había un cuarto de cuatro metros cuadrados del que se salían los libros cada vez que se abría la puerta.

Acostumbrado como estaba a bajar veinticinco metros descalzo por entre los troncos de granadillos hasta el fondo húmedo de la mina, cada día; a no dormir, porque el trabajo allá abajo no tiene horario y se realiza hasta sacar las siete toneladas de piedra que se requieren para obtener siete gramos de oro; a meter las manos en agua y azogue para buscar una pepa dorada del tamaño de la cabeza de un alfiler, Henry del Carmen sintió que no tocar greda sino libros y ponerse zapatos todos los días y usar pantalón largo podía resultar más apretado que un hueco entre la tierra.

Sin embargo, aceptó. Y después de treinta y cuatro años y veinticuatro días de estar picando el subsuelo del sur de Bolívar a punta de cincel, se posesionó como bibliotecario.

En Colombia hay 1.098 municipios, de los cuales 566 han sido oficialmente dotados, durante los últimos tres años, con colecciones de 2.400 libros catalogadas y enviadas desde Bogotá por el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional. A San Martín de Loba, distante cinco horas en chalupa de Magangué, llegó una de ellas a finales de 2004, y durante 2005 se hizo un trabajo de acompañamiento para que sus habitantes la exploraran y se le acercaran.

Al principio, Henry del Carmen no supo qué hacer con tanto libro: el finado John Jairo Llorente Ramos no tuvo tiempo de decirle lo que había aprendido en un encuentro de bibliotecarios al que asistió en Magangué, ocho días antes de que lo mataran, así que después de viajar hasta Bucaramanga por su pasado judicial y completar el papeleo para el contrato de trabajo, decidió organizar los libros por colores, siguiendo la etiqueta que tenía cada uno pegada en el lomo.

Se sentía amarrado. Dudó si incluir uno de los libros en la estantería. Las sectas satánicas, escrito por padres jesuitas, no le pareció un ejemplar digno de una biblioteca pública. Podía inducir a cualquier joven a meterse en problemas. También estaba el cuarto lleno de libros en que el finado John Jairo había amontonado todos los ejemplares viejos por no tener espacio para exhibirlos junto a los que habían llegado. Una gotera se había ensañado con ellos y Henry del Carmen intuía que debía protegerlos. Su primer día aún no terminaba y no tenía idea dónde comenzar a buscar la información sobre el número de huesos que hay dentro de un ser humano, que uno de los escolares apelotonados dentro de la biblioteca le pedía insistentemente.

Henry del Carmen tenía mucho en qué pensar. Le dijeron que debía hacer un registro diario de los usuarios de la biblioteca, y ésa fue la preocupación de su segundo día. Junto a los libros había llegado un computador, pero él estaba acostumbrado a llevar las cuentas del oro que sacaba de la mina en un cuaderno sin tapa, cuando había oro. Así que con una regla y un bolígrafo diseñó una tabla en la que hacía firmar a los que llegaban y les marcaba la fecha al frente: 18 de septiembre de 2005. Llegó a reunir mil firmas en las primeras tres semanas y aún hoy continúa haciéndolo.

Henry del Carmen conoce a todo el mundo en San Martín de Loba. Lo saludan igual una tropa de catorce mineros que circulan a las doce de la noche por la calle principal del pueblo, cargando cada uno su balde con piedras rumbo al molino, que el concejal Albis Padilla, sentado en una esquina cuando toma el fresco, cerca del mediodía. Por eso está en la biblioteca: uno de los compromisos que adquirieron los municipios con el Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas que se inició en el 2003 fue el de convocar a la comunidad para que se acercara a las colecciones, y en la zona reconocen a Henry del Carmen como un hombre popular.

En el día cuarenta de su nuevo trabajo, Henry del Carmen decidió que era tiempo de recorrer el pueblo anunciando que estaba al frente de la biblioteca pública. Ese jueves 27 de octubre se despertó a las cinco de la mañana, fue hasta la mina, bajó para una inspección de rutina y regresó a desayunar. Comió bocachico frito, arroz y yuca y bebió café con leche. Media hora más tarde, a las nueve, subió al molino. San Martín de Loba se levanta sobre un terreno pedregoso, coronado por peñas de río que abren paso a las canteras de tierra roja de las que se extrae el oro.

En el camino visitó a las Zapata, una familia de mujeres negras sin hijos varones, con hijas de cinco años y bisabuela en activo, que viven entre chivos y gatos. Luego de beberse el tinto que le ofrecieron y salir de ahí, se cruzó a media mañana con “El flaco”, un minero lector de crónica roja que conduce una de las pocas motocicletas que no hacen de taxi en el pueblo. Se dirigió a la alcaldía y esperó afuera del despacho. Cedió su turno a varias mujeres. Cuando lo hicieron seguir expuso ante el alcalde la necesidad de cambiar las estanterías de madera de la biblioteca por estantes de metal, pues temía al gorgojo. El alcalde le recordó que además de director de la biblioteca era el secretario de cultura del municipio.

De la alcaldía salió en busca de Cayetano Cadrazco, un docente de la Escuela Urbana Mixta Número 2, quien acompañó al finado John Jairo Llorente Ramos en el encuentro de bibliotecarios de la región programado por Fundalectura en Magangué, a mediados de agosto. Cayetano estaba en plena clase, así que se encaminó hacia la biblioteca. Se detuvo un momento para hablar con un grupo de docentes que hacía pausa de quince minutos para continuar con las pruebas Saber que se aplican a los escolares del país. Estaba cerca el mediodía cuando se entrevistó con el concejal Albis Padilla en una esquina. Hablaron de lo necesario que era incluir la biblioteca pública en el presupuesto municipal del 2006. Faltaban pocos metros para llegar a la biblioteca cuando cayó en cuenta de que le hacía falta una agenda que le ocupara la axila. Todos los hombres con los que se había cruzado esa mañana llevaban una bajo el brazo.

El bibliotecario promedio en Colombia ha cursado bachillerato y alguna carrera técnica, pero muy pocos han estudiado bibliotecología. La escuela de Henry del Carmen ha sido la mina. Bajó por primera vez cuando tenía doce años y ha vivido la fiebre del oro tantas veces en sus cuarenta y seis años que ahora puede decir que el minero no ahorra: la celebración por encontrar un filón es tan intensa que en ella el filón se agota. Por su trabajo en la biblioteca gana cuatrocientos diecisiete mil pesos mensuales, que podría obtener en un solo día de suerte picando piedra, pero la suerte escasea cada vez más y el trabajo en la mina se detiene por fuerza durante los meses de mayo, junio y julio, y los tres últimos meses del año, cuando las lluvias lo inundan todo.

En la biblioteca el trabajo es parejo: cuando es época de vacaciones escolares debe arreglárselas para organizar olimpiadas deportivas y festivales de todo tipo, pero ya no debe pensar en la motobomba que precisaba para secar la mina cuando venía la temporada de lluvias. La bonanza es de lectores, e intuye que en ellos está el filón que le ha sido esquivo desde hace tiempo. .


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