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| 5/2/2015 10:00:00 PM

Con la persona equivocada

La última novela de Tomás González explora el absurdo de enamorarse de una persona radicalmente distinta.

Tomás González
Niebla al mediodía
Alfaguara, 2015
148 páginas


Sin demonios personales, sin obsesiones, un escritor es un periodista. El escritor de raza tiene temas recurrentes; el periodista investiga y sus temas se los impone la coyuntura. Por eso, volver a leer una novela, un cuento o un poema de Tomás González es reencontrarse con un mundo conocido, de coordenadas y fronteras precisas. Niebla al mediodía, su nueva novela, no es la excepción: Raúl, un misántropo que vive refugiado en su finca, ha encontrado su felicidad con Julia y a la vez el infierno. Tendrá que olvidarla y afrontar sin ella la vejez y la soledad de sus últimos días. El idilio roto, el duelo, la sobrevivencia en medio de una naturaleza deslumbrante y feroz: el santo y seña del universo literario de Tomás González.

Que un escritor sea fiel a sus demonios no es garantía de acierto. Decir lo mismo de diferentes maneras es una apuesta riesgosa. Puede escribir una obra fallida. O una obra inferior a las que ha escrito. El camino del arte no es ascendente. ¿Es Niebla al mediodía una obra fallida? No lo creo, aunque la encuentre inferior a La historia de Horacio o a La luz difícil, por mencionar dos de sus cumbres literarias. Una obra menor, tal vez, pero no carente de interés ni de logros. El personaje de Raúl, en el que reconocemos de nuevo al álter ego del autor, vale la pena. Y Julia, la poetisa insoportable y encarnación del artista farsante, no nos deja indiferentes: ?“Escribí un poema en mi blog en el que decía que uno reinaba en su propio corazón y que los sentimientos debían fluir siempre como el agua lluvia, nunca estancarse. Lloré como pocas veces lo había hecho. Incluí el poema en una antología de poetas latinoamericanas que publicaron en Buenos Aires a finales de ese año. Y gustó por lo sentido y por la audacia mía de decir lo que vivía, sin rodeos ni hipocresías. Mis poemas tocaban el alma de mis lectores. Yo era íntegra”. Se alcanza a oír la risa del autor al escribir el párrafo anterior, no le conocíamos a Tomás González ese implacable humor negro con sus personajes.

Raúl es arquitecto y construye en guadua -él sí un verdadero artista- y, sin embargo, debe padecer a Julia, quien además de mala poeta, es una persona presumida y egocéntrica. La vieja historia de enamorarse de la persona equivocada. Que aquí adquiere ribetes absurdos porque Julia no puede entender cómo Raúl la ama a ella y no ama su poesía: ?“Raúl se equivocó conmigo de parte a parte. Él no podía amarme a mí y no amar la poesía mía y yo no podía amarlo si él no lo hacía. Tampoco podía quedarme con él por piedad, y si mi abandono lo aniquilaba, ese ya no sería asunto mío. Escribí un poema en el que lo llamé tuerto, por no haber podido ver sino la mitad de mí misma”.

El drama es claro: Raúl, cercano a la tercera edad, es abandonado por Julia y debe afrontar ese duelo. Que finalmente no será en soledad: aparece en su vida Sonia, una mujer joven y atractiva, que devora libros como si cortara caña. Otra constante de los personajes masculinos de Tomás González: están atrapados simultáneamente en la naturaleza y en lo femenino. El drama es claro, lo que confunde un poco es la forma en que nos lo cuentan: desde cuatro puntos de vista y a la manera de un thriller. Desde el comienzo de la novela Julia ha desaparecido y, además de ella y Raúl, intervienen en la narración Raquel y Aleja. La primera, es una hermana de Raúl que vive en Nueva York y es profesora de literatura. Su función argumental es reforzar lo mala poeta y lo mala persona que es Julia y quizá traer un poco de nieve y de ciudad a un paisaje asfixiante. La segunda, es una amiga de Julia que habla mal de Raúl -demasiada simetría- y parece embarcarse en otro amor con una persona equivocada. Un contrapunto que no se desarrolla. ¿Por qué desapareció Julia? ¿Alguien la mató o la secuestró? No importa, nadie la busca, a nadie le importa. Está muerta y habla desde la muerte, nunca sabremos por qué. Varios puntos de vista y un falso hilo conductor que no consiguen una forma novelística eficaz. Por fortuna nos queda, como siempre, la brillantez de su prosa y la hondura de sus reflexiones.
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