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| 7/26/1982 12:00:00 AM

CON UN PIE EN LA TUMBA

En torno a una octogenaria, el relato de una clase y una región de España. Ahora en castellano, la novela de un gran narrador catalán ya desaparecido.

"LA MUERTE DE UNA DAMA" de Llorenç Villalonga. Editorial Bruguera, 1981.
Doña Obdulia, una rica y distinguida señora de la burguesía mallorquina, siente la proximidad de la muerte después de 84 años de vida desplegada en la alta sociedad. Como posee una cuantiosa fortuna, la noticia de su posible fallecimiento se expande rápidamente hasta llegar a oídos de sus familiares más cercanos, quienes atizados por la ambición que despierta la posesión de semejante herencia, llegan desde distintos lugares a "velar" la muerte de tan importante dama.
Toda la tensión de la novela gira en torno al montaje familiar urdido para ganarse la voluntad de la avara señora y en el que participan sobrinas altivas pero arruinadas, jovenes oportunistas y lisonjeros, criadas eficientes y sumisas que se someten sin recelo alguno a los dictámenes de doña Obdulia, con la secreta esperanza de haber acertado en la milagrosa pesca de la fortuna.
Al final, toda la corte de oportunistas y parientes maquinadores recibe un merecido escarmiento moral como único legado de doña Obdulia, quien un momento antes de fallecer cambia el testamento a favor de una sobrina "descarriada", de costumbres ligeras y con quien nunca tuvo trato cercano y personal.
En este caso y como dice con sabiduría María Antonia Bearn, la más opcionada entre los herederos, a ellos los "perdió el ser demasiado decentes".
Tal vez por tratarse de una obra joven -escrita por Villalonga cuando sólo tenía veinte años-, "La muerte de una dama" no alcanza a pulir los desperfectos estructurales que relumbran a los ojos de cualquier lector.
De manera anárquica y confusa, el autor mezcla personajes (la poeta Aina Cohen, por ejemplo) que no están integrados a la historia central de la novela. Quiere caricaturizar así, no sólo los prejuicios e intereses de la burguesía mallorquina, sino también su cultura hecha de apariencias y frases retóricas, sin que el intento por sí solo tenga una justificación precisa en el relato.
La historia aparece entonces permanentemente quebrada y desviada de lo que podría ser su propósito inicial, por una necesidad urgente de definir a los personajes que no logran caracterizarse por sí mismos ni cobrar vida propia.
Villalonga aminora en el lector el placer de realizar una lectura "entrelíneas" y subyugada por la complicidad permanente entre lo que no se dice y quien finalmente lo descubre.
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