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| 4/29/1985 12:00:00 AM

CONFIDENTE DE "LOS DIOSES"

Claude Couffon, traductor de Neruda, Vargas Llosa, Rulfo, García Márquez..., le cuenta a SEMANA cómo llegó a conocer sus obras.

Hay realidades que parecen cuentos. La de Claude Couffon, por ejemplo. Estudiante de literatura latinoamericana y española en los años cuarenta, él nunca imaginó que se convertiría en el traductor y confidente de "los dioses" que había leído durante su bachillerato -Miguel Angel Asturias, Rafael Alberti, Pablo Neruda...- ni que le tocaría traducir y presentar en los periódicos, Le Monde, en particular, a los escritores de su generación que también son sus amigos: Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Augusto Roa Bastos, Mario Vargas Llosa, García Márquez...
Su aventura comenzó en 1951 con la publicación, en Le Figaro Littéraire, de un artículo sobre la muerte de García Lorca. "Era el resultado nos dijo en el Instituto Hispánico de París, donde es profesor, de mis investigaciones sobre los últimos días de Federico en Granada. Largo y completo, ese artículo fue traducido en varias lenguas. Como es natural los amigos de García Lorca que vivían en sus países o en el destierro, como Pablo Neruda, Rafael Alberti, Nicolás Guillén, Jorge Zalamea, Miguel Angel Asturias, Juan Ramón Jiménez -que se encontraba en Puerto Rico-, Jorge Guillén, Luis Cernuda, etc., lo leyeron y, seguramente, les gusto, porque me escribieron y me enviaron sus libros. Así nació nuestra amistad. Así pude darme cuenta de la importancia de las obras que estaban escribiendo y, aunque no era un traductor profesional, sentí el deseo de traducirlos".
Quedaba convencer a los editores. Claude Couffon confiesa que ni él, ni el otro gran hispanista galo, Roger Caillois, tuvieron muchas dificultades para hacerlo. "Mi encuentro con esos escritores correspondió, en efecto, a una época en la que algunos editores franceses, como Pierre Seghers, querían dar a conocer la poesía extranjera y reanudar las relaciones con la literatura iberoamericana, iniciadas a comienzos del siglo, pero interrumpidas por la segunda guerra mundial".
Claude Couffon jugó un papel capital en ese sentido, reconocen los hispanistas en París. "Lo que ocurrió es que en esa época, recuerda el traductor, habia pocos especialistas de América Latina en Francia. Me convertí, pues, de hecho, en la persona encargada de presentar en mi país los libros, traducidos o no, que iban apareciendo en su continente: libros que ahora son reconocidos como obras maestras. Más tarde, cuando yo era una persona, digamos, reputada en Francia, conoci a los escritores de mi generación. Unos vinieron a mi con su primer libro. Otros con la obra todavía manuscrita". Lo cierto es que comenzó a traducir y a ser amigo de Juan Rulfo, Vargas Llosa, García Márquez, Roa Bastos, Manuel Scorza, Manuel Zapata Olivella, Jorge Mejía Vallejo, Marta Traba, y en España, de Blas de Otero y Gabriel Celaya, entre otros.
Claude Couffon asegura que ha seguido la obra de cada uno de ellos. Pero no ha traducido todos sus libros. "He traducido los libros que me apasionan y que hubiera querido escribir. Traducirlos es, para mí, recrear los textos en mi lengua; interpretarlos para mis lectores como una pianista intenta comunicar una partitura a sus auditores. No es fácil pero siempre hay una posibilidad. La elaboración necesita mucha paciencia. Una buena traducción requiere mucho tiempo". Esa es, según él, la razón por la cual no tradujo "Cien años de Soledad". "En ese momento estaba traduciendo un libro de Miguel Angel Asturias y no podía hacer una traducción tan rápidamente como lo deseaba el editor".
Disponer de tiempo es importante. Pero no es todo, admite Claude Couffon. La poesía que él traduce por las mañanas -entre las 4h30 y las 10- implica tener, igualmente, "una estructura mental poética parecida a la del escritor. El poema supone una interpretación. Por eso creo que el poema es un texto abierto cuya traducción no es nunca definitiva". La novela exige, por su lado, "conocer perfectamente el mundo exterior e interior del escritor. Conocer su psicología, sus fantasmas, sus sueños, sus pesadillas, sus concepciones sobre la vida, el amor, la muerte, etc. El traductor debe conocer, igualmente, el país del autor; su flora, su fauna y, naturalmente, su contexto social, político y humano".
De otra manera, Claude Couffon no ve cómo sería posible traducir las situaciones, las reflexiones y los pensamientos que conforman el ambiente mismo de la literatura. Más aún, "cuando la temática de la literatura latinoamericana es el hombre. El hombre y sus problemas".
SEMANA: ¿Los escritores conocen la manera como Ud. aborda la traducción ?
CLAUDE COUFFON: Pienso que sí. En todo caso, me tienen tanta confianza que muchas veces me entregan los textos que están escribiendo para que pueda "vivirlos" al mismo tiempo que ellos y facilitarme así el ambiente de la traducción.
S.: Desde hace varias décadas la literatura latinoamericana está de moda en Francia. ¿Cree Ud. que se pueda llegar a un punto de saturación susceptible de perjudicar a los jóvenes escritores?
C.C.: Ud. tiene razón. Para los jóvenes va a resultar muy difícil imponerse en un mercado en el que la gente conoce obras de, por lo menos, veinte escritores latinoamericanos.
Es muy posible que el público tarde en descubrirlos. Ocurrió con los Estados Unidos. Hace treinta o cuarenta años hubo en Francia un gran entusiasmo por Steinbeck, Dos Passos Hemingway, Caldwell y Faulkner. Hoy los franceses siguen leyendo los mismos escritores. Y si los nuevos se traducen, se conocen poco.
Existe otro problema: creo que los escritores latinoamericanos, universalmente conocidos, que durante 30 años produjeron, quizá, la literatura más importante del mundo, ya dieron lo mejor. Muchas de sus obras maestras están ya detrás.
Muchos siguen escribiendo con talento. Pero esas obras ya no son tan significativas. Son bonitas y menores. Yo las leo con interés pero comprendo que los jóvenes lectores se sientan un poco desilusionados.
S.: Por fuera de si tendran o no éxito comercial, ¿Cómo juzga Ud. el nivel de lo que está haciendo la nueva generación de escritores latinoamericanos?
C.C.: Le confieso que no tengo tiempo de leer todo lo que me envían los jóvenes escritores. Además, creo que cada generación debe mostrar su curiosidad por su propia generación. Nosotros hemos formado varios hispanistas muy inteligentes que tienen la misma sensibilidad que los jóvenes escritores. Son ellos los que deben descubrirlos.
Yo me limito, actualmente, a dar a conocer las obras esenciales de escritores que, no se sabe por que, se quedaron sin traducir. Pienso, por ejemplo, en Horacio Quiroga de cuya obra sólo se tradujo un libro antes de la Segunda Guerra Mundial. Acaba de salir, ¡por fin!, otro libro en Francia.
Pienso, igualmente, en escritores como Felisberto Hernández y Martín Adan, que acaba de morir y que yo traduje. Roberto Arlt tampoco era muy conocido, pero ya se han publicado tres de sus libros. De todas maneras, son casos limitados.
¿Sabe Ud. que casi todas las obras de los grandes escritores latinoamericanos ya han sido traducidas? Los franceses a veces no lo saben, porque muchas de esas obras se encuentran en colecciones agotadas. Se está haciendo, actualmente, un gran esfuerzo para tratar de sacarlas en ediciones de bolsillo, muy populares.
El problema es que durante mucho tiempo, y salvo algunas excepciones, los editores hicieron traducir esas obras por traductores que no siempre se daban cuenta de su importancia literaria. Y ciertos grandes escritores fueron muy mal traducidos. Total: tenemos que volver a hacer ese trabajo.
Hoy, felizmente, el problema ya no se plantea. Francia cuenta con excelentes traductores. En la mayoría de los casos, estos son amigos de los escritores y participan del mismo entusiasmo creador.
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