Martes, 24 de enero de 2017

| 2006/02/19 00:00

Conversaciones con el padre

A través de los libros inéditos de su padre, Hanif Kureishi recupera sus raíces familiares y culturales.

Conversaciones con el padre

Hanif Kureishi
Mi oído en su corazón
Anagrama, 2005
210 páginas

Conversar con el padre, comprenderlo: el tema de este libro es irresistible. Aunque nada fácil. ¿Quién lo consigue plenamente? Cuando uno es joven -dijo alguien-, vive descuidado al lado de su padre y, después, al llegar a la edad de entenderlo, ya se ha ido: casi siempre es tarde. Deberíamos poder hablar con él de tú a tú, pero hay un hecho inexpugnable: nunca lo alcanzaremos, nunca tendremos la edad de nuestro padre. A menos que, como ocurre en Mi oído en su corazón, el último libro de Hanif Kureishi, se trate de un diálogo póstumo.

Kureishi se proponía hacer un curioso libro que hablara de otros libros. Su idea era leer a los autores que había leído en su juventud -Chejov, Keruoac, Salinger- para reencontrarse con el adolescente que había sido. Su premisa era muy sencilla: a lo largo de la vida poseemos varias identidades y, como "uno es lo que lee", recuperando esas lecturas iba a descubrir quién había sido. Sin embargo, no se escriben los libros que se quiere sino los que se imponen. Al empezar a trabajar en su proyecto, su agente literario le envía un manuscrito que acaba de descubrir hace pocos meses en su editorial y el cual se estaba enmoheciendo: pertenecía a su padre, Shani Kureishi, a quien nunca, mientras vivió, alguna editorial quiso publicarle sus novelas: "Es como la carta de un muerto, entregada con más de 10 años de retraso". Así no quiera, debe leerla, debe abrir esa caja de Pandora y enfrentarse con el pasado de su padre que, de alguna manera, es también su propio pasado.

El libro inicial se transforma en otra cosa. En un texto de género inclasificable que será a la vez biografía, autobiografía, crítica literaria, ensayo, testimonio, historia y política. Por su forma, Mi oído en su corazón se acerca bastante a esa corriente llamada 'literatura mestiza' que hoy día se encuentra tan en boga. Como si los lectores -y los escritores- estuvieran cansados de cierta rigidez y artificiosidad en los géneros tradicionales y buscaran formas más libres, más impuras. Más cercanas al realismo, donde prima la autenticidad sobre la invención. Verdad antes que estilo; honestidad antes que destreza.

Hanif Kureishi, entonces, empieza a leer Una adolescencia India, la novela de su padre. Se trata de una historia que ocurre en Poona, donde vivió su familia de raíces islámicas, antes de trasladarse a Bombay y, después de la liberación del dominio inglés y la separación de Pakistán, a Karachi. Si bien la novela le parece algo confusa, la percibe bastante legible y agradable. O al menos eso es lo que dice el hijo: ¿puede ser objetivo en su papel de editor cuando tiene la oportunidad única de sacar del anonimato las historias de su padre? El proceso no deja de ser doloroso y conmovedor. Es casi imposible ser objetivo; no obstante, hay que intentarlo, así duela. Lucidez y compasión, emotividad contenida: tal es el tono que busca y que alcanza la prosa de Mi oído en su corazón, y que constituye uno de sus méritos.

Shani Kureishi salió muy joven de la India con el deseo de vivir en Londres y adaptarse a la vida inglesa. A pesar de su talento como jugador de críquet, toda su vida fue un funcionario menor de la embajada paquistaní, un habitante de los suburbios y un escritor clandestino decidido a que su hijo se convirtiera en escritor. Es decir, una vida a medias, en parte frustrada. Hanif hace una lectura en clave de sus novelas para encontrar las causas de su frustración, lo cual lo lleva a la figura de su tío Omar, el periodista mundano y de éxito, la imagen triunfadora. "Estoy buscando la manera en que una vida adulta específica responde a la infancia, una respuesta a las preguntas que esa infancia en particular hacía".

Lo que nos quiere recordar este libro es algo muy sencillo, pero no por eso carente de verdad: para entender nuestro destino no es necesario ir tan lejos, sólo basta volver la mirada hacia el padre y encontrar nuestro lugar en el relato familiar.

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