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| 10/18/1982 12:00:00 AM

CONVIVENCIA PACIFICA

El arte colombiano de los 80's, un arte de individualidades más que de escuelas o tendencias.

El trabajo artístico en conjunto, es decir. el hecho de que un grupo de artistas laboren en una sola obra siendo todos igualmente responsables por su concepción y ejecución (como en el caso del Sindicato de Barranquilla; no así en el del maestro y sus discípulos) es una actitud reciente y altamente representativa de los conceptos por los cuales merodea la creatividad contemporánea. La idea de "participación" o de intervención del público en la obra (bien para modificarla o bien para experimentarla) se ha convertido igualmente en una forma de creatividad bastante común en el panorama artístico reciente. No obstante, el arte de los últimos años no se distingue por su espíritu gregario ni por su comunidad en objetivos, sino todo lo contrario, por su carácter rabiosamente personal y por su consiguiente hermetismo y aislamiento.
En consecuencia, el panorama actual del arte, no sólo en Colombia sino internacionalmente, es de una variedad estilística, técnica y temática que carece de antecedentes en la historia. De allí que se le considere más como un arte de individualidades que de escuelas y tendencias (e incluso que se le califique como un arte de postmovimientos). Y de allí que sea difícil en este momento encontrar artistas jóvenes que trabajen en obras personales pero con metas comunes y objetivos similares. como era posible hasta hace poco tiempo (recuérdese el Hiper-Realismo).
Pues bien. en Colombia, un país que hasta los años sesenta fue escenario de tajantes y desde luego, interesantes discusiones, por ejemplo entre los partidarios del arte figurativo y del abstracto, esta nueva indiferencia por las clasificaciones, así como por los ideales compartidos y los manifiestos y demás pronunciamientos colectivos, ha tenido un efecto ambivalente. Por una parte es claro que la vida artística ha perdido animación, gracia y pasión; pero por otra parte es cristalino que el trabajo artístico se ha abierto en las más inesperadas direcciones sin cerrar viejos caminos, lo cual no indica necesariamente indiferencia o timidez sino distintas circunstancias y hasta cierta madurez que no era tan notoria previamente. Después de todo, ¿a quién se le ocurriría en la actualidad discutir la validez del arte figurativo o del abstracto?
Hay trabajos, por ejemplo, de reciente aparición en nuestro medio que se insertan en viejas tradiciones pero que hacen perceptible su contemporaneidad mediante las visiones que proyectan y las consideraciones que respaldan su realización. Tal es el caso de la obra de Ana María Rueda, quien trata el tema del paisaje en pinturas que sugieren al unísono panoramas y parajes, con una ambiguedad espacial que es claramente coherente con sus intenciones atmosféricas. Su interés en el medio que utiliza (el cual es reconocible en la especial profundidad de sus colores y en las huellas de su aplicación) así como su indiferencia ante el detalle y su simpatía por la abstracción, son también indicios inequívocos de sus logros en la búsqueda de una expresión particular dentro de una continuidad establecida.
También hay obras, desde luego, que prosiguen la tradición figurativa en el país sin que por ello inciten una crítica con base en sus estilos, ni sean obras que no aporten apreciaciones personales o no revelen su contemporaneidad. Ejemplo claro de esta situación lo representan los trabajos de Lorenzo Jaramillo quien, en óleos de acento expresionista que representan rostros y figuras, ha logrado proyectar tanto su gozo con el medio, como el carácter de proceso, de idea siempre cambiante y siempre exploradora, que le otorga el acto de pintar. Su habilidad, además, es plenamente comprobable en el intenso colorido y en las posibilidades infinitas de la deformación como vehículo expresivo, los cuales son patentes en su constante producción.
Con trabajos como los anteriormente mencionados conviven en esta nueva paz de los ochenta, obras de inspiración definitivamente abstracta (lo cual es ya otra tradición en el arte del país). Camilo Velásquez, por ejemplo, hace pinturas básicamente monocromas que no implican ningún tipo de representación, pero en las cuales los espacios reales (digamos los rincones), son fundamentales para que se capten sus afirmaciones totalmente. Las formas de sus obras las dan los bastidores que se aúnan para armar un solo "cuadro" (y en los cuales se encuentran con frecuencia ondulaciones y cortes diagonales); y su color es, además, suavemente modulado como reiterando su interés en la presencia contundente de superficies sin alardes ni aspavientos, pero cuya integración arquitectónica es simultáneamente un producto y un motivo de intensa reflexión.
Son muchos, igualmente, los ejemplos de obras nuevas que carecen, en técnica o estilo, de antecedentes conocidos en Colombia, pero que no por ello suscitan un rechazo o un desconocimiento por parte de la crítica. Dentro de este grupo figura, desde luego, una buena parte de los artistas calificados indiscriminadamente como Conceptuales a pesar de las extremas diferencias que sus obras manifiestan tanto en sus objetivos como en su ejecución. Alicia Barney por ejemplo, ha conseguido rápidamente un amplio reconocimiento con una obra a base de elementos por lo regular gratuitos como aire, tierra, agua y deshechos con lo cual ha logrado revivir la idea de un arte de argumentos y mensajes (sobre ecología, sociología y política), pero expresando simultáneamente concepciones de la creatividad y de la vida que tienen poco de convencional. Inginio Caro, por su parte, apuntando en la misma dirección en cuanto a la relatividad de la importancia del objeto, también se ha hecho acreedor a una justa aceptación con unas esculturas que son al mismo tiempo veladoras, y en las cuales es palpable una inspiración de tipo religioso poco común en el arte de esta época.
Son igualmente nuevas en Colombia algunas obras en las cuales" el medio es el mensaje" (no el masaje), entre las que deben destacarse los afiches callejeros y los trabajos en clave morse o para radio que ha presentado Adolfo Bernal. Y son nuevas asi mismo, en forma y contenido (sin que esto implique un menosprecio por otras formas de creatividad) las sugestivas construcciones que ha realizado Lydia Azout, después de transitar por varios años en la representación, en las cuales se conjuga la intrepidez de un exterior, con las evocaciones de espacios interiores y con las connotaciones primitivas o aborígenes de sus elementos naturales.
En conclusión, la escena artística en Colombia es actualmente de una estimulante variedad, pero no obstante sus profundas diferencias y sus argumentos antagónicos no es una escena que promueva movimientos ni en la cual se descalifique algún trabajo con base en su temática, técnica o estilo. Si esto significa que hemos aprendido que el logro artístico depende de la honestidad de las propuestas y de su profundidad y trascendencia, no del acatamiento de unas normas, que sea entonces entusiastamente bienvenida esta individualidad desconcertante y este sosegado pero prolífico aislamiento.
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