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| 1/19/2017 12:45:00 PM

El toro de lidia, el amor que une a taurinos y animalistas

El domingo vuelven las corridas de toros a Bogotá y con ellas la controversia. Taurinos y antitaurinos dicen preocuparse por esta raza ¿cuáles son los argumentos?

El próximo domingo volverá a salir un toro a la arena de la Plaza de Santamaría de Bogotá después de cinco años. Miles de aficionados ya tienen separadas sus entradas, y para los taurinos el 22 de enero será una fecha especial. También para animalistas. Por redes sociales son muchos los ciudadanos que han convocado una manifestación a las afueras de la plaza, para exigir la suspensión de la temporada taurina. Los argumentos de animalistas y taurinos se conocen de sobra pero nada parece ponerlos de acuerdo. Lo paradójico es que ambos profesan el amor por el mismo animal: el toro de lidia.

Su origen viene del uro o toro salvaje del neolítico que habitaba en territorios de China hasta la actual España. Se cree que el último de esta especie murió en los montes de Polonia, en 1627, donde tiene un monumento en el bosque polaco de Jaktorów. El hombre ha intervenido en su evolución, por lo que se considera una especie de selección artificial, pero también son considerados como una raza dentro de la especie, con características propias, y que habita principalmente en España, el sur de Francia y Portugal. 

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A Colombia, según los historiadores, los primeros toros llegaron a partir de 1543, en uno de los tantos desembarcos españoles de la época de la Colonia, traídos por don Alfonso Luis de Lugo. De la Costa Caribe descendieron por el río Grande de Magdalena, y se asentaron en Hato Bermejo, actual departamento de Tolima. También entraron por el sur, por Quito, gracias al capitán Pedro de Añasco. Y por último, por los Llanos Orientales, traídos por Fernando Álvarez de Acevedo. 

Pero el toro de lidia no llegó a Colombia sino hasta 1923, cuando Ignacio Sanz de Santamaría, el mismo que mandó construir la plaza de toros de Santamaría, (bautizada en honor al mecenas taurino), trajo vacas y sementales con los que fundó la primera ganadería del país, Mondoñedo, cuyos toros también se lidiarán en la temporada taurina que comienza el domingo.  

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Según Jorge Gutiérrez, propietario de la ganadería Dos Gutiérrez, el toro requiere de cuidados delicados. “Como cualquier ganado de raza fina necesita un trabajo especializado, alimentación controlada y constantes revisiones de veterinarios”, dijo. Estos determinan si el animal es apto para enfrentarse al torero en la plaza.

Allí, en la plaza, es donde surge la polémica: el dolor del animal. En el 2007 la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid publicó un estudio preliminar titulado “Regulación neuroendocrina del estrés y dolor en el toro de lidia (bos taurus l.)”, liderado por Juan Carlos Illera.

Según el estudio de Illera, el toro de lidia tiene particularidades en su sistema neuroendocrino, por lo que no es comparable con otras especies vacunas. La investigación explica que la hormona adrenocoricotropa (ACTH) se libera en mayores cantidades cuando el toro está siendo transportado, lo que hace que se sienta más estresado que cuando está en la lidia.

En cuanto a la percepción del dolor, la medición de los niveles de betanedorfinas, hormona que bloquea los receptores del dolor en donde este se está produciendo (nociceptores) muestra que “llega un momento en que se deja de sentir dolor”. Durante la lidia el umbral del dolor es altísimo, por lo que se liberan grandes cantidades de betaendorfinas.

Sin embargo, la investigación de Illera no solo ha sido cuestionada por animalistas, también por muchos veterinarios y zootecnistas taurinos que se han apartado de sus conclusiones.

Human Society, una asociación de veterinarios que aboga por los animales, escribió una carta firmada por varios de sus miembros en la que declara que “El trabajo del doctor Illera y otros que pone en duda el dolor en las corridas no ha aparecido en una publicación internacional respetable, en la que se sometiera a la revisión crítica rigurosa por un comité científico”.

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Natalia Parra, directora de Alto Plataforma Ambientalista y organizadora de la manifestación contra el inicio de la temporada taurina, dice que la discusión con Illera ya se saldó. Que en su momento se le calificó como una investigación novedosa pero que perdió credibilidad al no tener una revisión de pares. “Cuando salió esta investigación muchos veterinarios salieron a desmentir punto por punto”, declaró Parra.

También opina que cruzar a los vacunos artificialmente va en contra de la bioética. Frente al argumento de los taurinos de que el toro de lidia se extingue si se acaban las corridas de toros, contraargumenta diciendo que se trata solamente de una raza y no de toda una especie. “Nosotros proponemos la tauromaquia del siglo XXI, donde existan santuarios que preserven la raza, donde de verdad se puedan apreciar”, opina Parra.

Jorge Gutiérrez defiende que el cuidado del toro genera movimiento económico, “como necesita de un cuidado especializado, así mismo necesitamos trabajadores que se encarguen de esa labor. También es importante mencionar que gran parte del dinero que producimos en otras ciudades gracias a los toros va a dar a la caridad, y a caridad seria”, dijo.

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El IDRD recibirá el consorcio Colombia Taurina mínimo el 13,1% del valor bruto de ingresos por boletería. Carolina Pineda, jefe de prensa del instituto, dice que todo lo que se recaude de la temporada va a parar a una bolsa común que puede destinarse a las necesidades de la organización “que pueden ser para deporte o para adecuación de parques”.

Por un lado el argumento de los taurinos de generar ganancias para la ciudad puede verse como algo favorable, pero los animalistas no se quedan atrás con su discurso que, por lo menos ha puesto a dos políticos a favor, Gustavo Petro, el alcalde que cerró la plaza de toros, y Enrique Peñalosa el que tuvo que volverla a abrir. Eso sí, anunció que no estaría en el ruedo, sino afuera, de lado de los animalistas.

El próximo 22 de enero, la Santamaría será el epicentro de la controversia. Los gritos de ¡Ole! volverán a los tendidos, y los de “¡No más Ole!” se oirán en la calle.

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