Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2009/01/04 00:00

Crepúsculo

Los espectadores desprevenidos lanzarán ironías, pero las fieles seguidoras de la novela de Stephenie Meyer aplaudirán el resultado. ** 1/2 (Aceptable)

La melancólica Belle Swan (Kristen Stewart) se enamora perdidamente del personaje más misterioso del colegio: un vampiro llamado Edward Cullen (Robert Pattison)

Título original: Twilight.

Año de estreno: 2008.

Dirección: Catherine Hardwicke.

Actores: Kristen Stewart, Robert Pattinson, Billy Burke, Ashley Greene, Nikki Reed, Jackson Rathbone, Kellan Lutz, Peter Fascinelli, Cam Gigandet

Viene bien ser una niña de 13 años a la hora de ver esta curiosa película de amor. Y viene aun mejor ser una seguidora fiel del best seller del que parte: el primero de la exitosa serie de novelas redactadas por la mormona norteamericana Stephenie Meyer. Viene bien ser una colegiala fanática de la saga, cuando se está frente a Crepúsculo, porque entonces no molestan las actuaciones mediocres, no da ganas de reírse de las líneas rimbombantes (él le dice a ella "eres como mi marca personal de heroína") ni se siente la tentación de encontrarle cabos sueltos a una trama que sólo se le podría ocurrir a un narrador sin pelos en la lengua. Incluso puede llegar a creer, a la salida del teatro, que acaba de suceder una de las mejores películas que se ha visto en la vida.

Para los demás, para los descreídos, los sarcásticos y los que no creen ya en amores eternos, no todo está perdido: podrán analizar, en el peor de los casos, cómo ha hecho el semirromántico, semigótico, semiterrorífico Crepúsculo para captar las fantasías de tantas personas.

Revisemos su trama sin ceder, del todo, a la ironía: una niña llamada Bella Swan se muda de la gigantesca Phoenix, Arizona, en donde ha vivido desde siempre al lado de su madre, al pequeñísimo Forks, Washington, en el que tendrá que reinventarse la relación con un padre al que ha visto muy poco, adaptarse a un bachillerato habitado por una cantidad de personajes monstruosos que no dicen la verdad y sobrevivir a un primer amor más peligroso de lo usual: el que siente por un anacrónico joven de 17 años, el pálido, fruncido y engominado Edward Cullen, que actúa como actúa porque en verdad pertenece a una inveterada raza de vampiros.

Está claro que las fieles seguidoras de la serie creada por Meyer aplaudirán el resultado. Que dirán: "el tipo que escribió esta reseña no tiene ni idea de nada" en el remotísimo caso en que se tropiecen con el presente texto. Y volverán a verla, con la amiga que aún no la ha visto, apenas puedan.

Pero ¿y los demás? ¿Y los incrédulos? ¿Encontrarán alguna razón para sentarse frente a este relato de iniciación?

Los demás deben saber que la autora se inspiró en Orgullo y prejuicio, en la música de la banda Muse y en los postulados de su iglesia cuando se sentó a redactar la primera novela. Y deben estar al tanto de que Catherine Hardwicke, ni más ni menos que la realizadora de esa joya sobre la angustia adolescente titulada A los trece, le ha dado algo de su realismo brutal a esta decorosa versión cinematográfica. Entonces apreciarán la aventura como un placer culposo, valorarán su talento para reciclar las fantasías que han cautivado a las colegialas desde siempre (él le dice a ella "no te metas conmigo: soy peligroso") y reconocerán la destreza con que nos vuelve a decir que tendemos a caer en las redes de quienes pueden destruirnos.
 

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