Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1989/07/03 00:00

CRIA CUERVOS...

El Teatro Libre se anota un hit con "El Pelícano", de Strindberg, una obra sobre la ruina moral de una familia.

CRIA CUERVOS...

En la obra dramática de August Strindberg, "El Pelicano", los hijos acusan a la madre por sus antiguas crueldades. Es el legado del padre que ha muerto y que al abandonar este mundo precipita a la familia a la ruina moral. El clima del intenso dramatismo que invade a la obra proviene de su situación insólita. Un hijo alcohólico y la hija, cuyo esposo es el amante furtivo e interesado de la madre, colocan al espectador ante un cuadro familiar intensamente alterado.
Más que tratar con conflictos y tensiones de un drama al interior de una familia, Strindberg ataca los lazos familiares como creadores de resentimiento, mentiras, odio, desdicha y ruindad que no pueden hacer otra cosa más que precipitar a sus miembros a su propia ruina. Allí estaria el caldo de todas las crueldades y miserias del mundo. La escuela del vicio, el odio y la violencia, el clima infernal de toda desesperación. Esta atmósfera sombria, este dramatismo sin descanso, el encierro angustioso, han sido recreados en el escenario del Teatro Libre con una fuerza insólita y con una determinación teatral absoluta por el director Gustavo Cañas. Estamos ante una puesta en escena de un Strindberg anárquico, sutil y sarcástico, en la que el director retoma las fuerzas secretas de la obra, en el juego de la demente ambiguedad, trocando los caracteres para hacer más explosiva su carga sicológica.

El sentido teatral con que Gustavo Cañas ha puesto en escena "El Pelicano" obedece a su propia y arriesgada interpretación de los caracteres. A diferencia de otros dramaturgos que hacen preceder sus obras de largos y explicativos prólogos, Strindberg apenas las sitúa en el tiempo y en el espacio. Así en "El Pelicano", "la acción se desarrolla en Suecia, en una pequeña ciudad de provincia en los primeros años del siglo XX". Aunque esta ubicación no aporte algo definitivo a la obra, ni modifique sustancialmente su carácter, sirve para comprender cómo aquellos personajes, en el límite de la desesperación, pertenecen a un ámbito social específico, el de la Suecia oscariana, tan semejante al período victoriano inglés, que produce una forma dramática y una condición síquica, determinadas por el sentimiento de la existencia tal como lo experimentó cierta clase de la sociedad sueca en la extraña atmósfera de los primeros años del siglo XX.
Pero más allá de esto, de lo impregnados que puedan estar los personajes de su propio tiempo, ellos son caracteres universales y poseen dramáticamente una vitalidad tan destructiva que resultan como explosivos representantes de las tensiones criminales en los conflictos familiares.

La atmósfera de inconciencia y de sueño en el montaje de Cañas, se convierte en el espacio de una pesadilla que revela un mundo dominado por la oscuridad y en donde la vida va perdiendo todo su sentido. La presencia de la madre impregna el drama, que en el fondo es una versión expresionista de la tragedia de Clitemnestra de la "Orestiada", de Esquilo, o de "Electra", de Euripides. La sombra del padre muerto acecha desde el más allá pidiendo justicia y reclamando venganza.

Pero en realidad ¿quién es la víctima y quién el verdugo? La obra se interroga a sí misma en este sentido tantas veces que por fin esa incertidumbre explota en las palabras del hijo cuando se pregunta ¿cuál de los dos es realmente la víctima? Puede decirse que en su montaje, al llevar el director el papel de la madre al límite del esperpento, ha obligado a la obra a negar otra posible dimensión de su sentido trágico: la condena de un inocente. Pero es que el montaje de Cañas ha dado su respuesta, su propia versión de la tragedia. El padre, como víctima, ha dejado a la madre el debate y el peso de la culpa, mientras espera entre sus propias ruinas el derrumbe final. El personaje de la madre en "El Pelicano" es tan enigmático que deja un espacio infinito para las dudas, los tormentos y las zozobras. ¿Es fuerte o débil? ¿cruel o inocente? ¿cobarde o valiente, en su silencio sin reproches? ¿Culpable o libre de culpa? Cuando recita los versos de Leopardi (suprimidos en el montaje del Teatro Libre) parece purificarse de toda culpa:

... en esta inmensidad se ahoga mi pensamiento y naufragar me es dulce en este mar.

El director ha creado una puesta en escena hermosa, con esa belleza trágica y difícil de las luces crepusculares, una suma de aciertos, sobrecargada de tensión y temor y con tantas cualidades plásticas y tales valores teatrales, que en sí mismo es el mejor argumento en favor del teatro-teatro.-
Enrique Pulecio.-

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.