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| 3/21/1988 12:00:00 AM

CRIA FAMA

El último montaje del Teatro Libre deja mucho que desear.


Marsha Norman, quien estrenó su obra "Buenas noches madre" en 1982, pertenece a la tradición del teatro realista norteamericano, en donde los dramas de Eugenio O'Neill, Arthur Miller, Tennessee Williams y Edward Albee marcan todo un estilo que pretende dar su sentido trascendente, y a veces poético, a la vida recreada sobre la escena cotidiana. Este teatro ha desarrollado consecuentemente unas ciertas características en la actuación naturalista, o mejor: un estilo, una tendencia, una escuela. Aquella escuela salida de los métodos de Stanivslasky y que luego Lee Strasberg retomó en el Actor's Studio, llevándolo a altos niveles de eficacia escénica, con los actores que fueron sus mejores representantes. Pero no hay una sola manera de representar un drama; ni siquiera una obra escrita bajo los cánones de tal o cuál tendencia: Pero si el director decide sobre su estilo realista, entonces la obra demanda una línea de actuación rigurosa, centrada, convencida, limitada y explorada en toda la riqueza de sus matices. Y éste es el trabajo y la responsabilidad tanto del director como de los actores a su cargo.

Cuando una obra de teatro resulta fallida, el público -por lo general- vacila en atribuir su fracaso a la obra misma, a los actores, o bien al director. Pocas veces al trabajo preparatorio, ni a la relatividad del concepto con que se fue encontrando el sentido para la puesta en escena del texto teatral. ¿Qué ha sucedido con "Buenas noches madre", estrenada recientemente por el Teatro Libre de Bogotá bajo la dirección de José Domingo Garzón? Hay un poco de todo esto. El texto teatral, si se toma en la integridad que su realismo demanda, ha sido empobrecido por los actores: no alcanzan jamás ciertos grados de intensidad dramática implícita en la obra. Tampoco alcanzan frente al público la necesaria convicción de lo que sus personajes se componen como a través del texto para la creación de una suerte de ilusión, establecida a través de las corrientes efectivas que hipotéticamente sacuden a estos personajes .

El director puso la obra en escena mecánicamente y los actores responden mecánicamente a su plan de trabajo. El lenguaje teatral, que crea una acción dramática, está ausente aquí. La obra vivida y sentida en la tragedia está ausente de la escena practicada por José Domingo Garzón. La obra poseé densidad psicológica y por momentos aspectos melodramáticos, que contrastan con el mar de fondo que es el drama de una existencia a punto de ser abandonada; y este mar que debería crecer y alzarse impetuoso ante el espectador como verdadera catástrofe humana, se reduce a una debil línea emocional trazada por el director y seguida por las actrices. Unidimencionales, nos quedamos con sus recitativos, con sus partes habladas, no vividas, bajo una gestualidad -sobre todo la de la madre, cargada de mohines- que trivializa y empobrece la obra minuto a minuto. Sin duda las posibilidades del director están situadas mucho más allá de lo que mostró en el conjunto representado de la obra; ciertos momentáneos aciertos escénicos dejan ver en él a un artista sensible en la creación de sus imágenes teatrales con la concepción de momentos reveladores, aun cuando aparece lánguido en la concepción de la puesta en escena y muelle en la condición de sus actores.

La obra tiene todo aquel trasfondo trascendente que ante el suicidio fue advertido por Camus: "No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio". Y, sin embargo, aqui el suicidio que la hija anuncia a su madre al comienzo de la obra y que desencadena confrontación y recuerdos, en lugar de estar situado en este terreno arriesgado y peligroso del teatro existencial, se nos da disuelto en las aguas tibias de un costumbrismo melodramático, y aún sin que alcance su propia identidad. El suicidio de Jessie Cates no llega a conmovernos, más bien nos libera, cuando el tedio reina en la sala, en medio de un montaje fallido de T.L.B.. -
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