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| 8/1/1988 12:00:00 AM

CRIMEN Y CASTIGO

En "El caso Moro", el director Giuseppe Ferrara reconstruye los últimos días del político italiano.

El abuelo Aldo Moro está en su apartamento de Roma, en la mañana del 16 de marzo de 1978 y juega con el nieto. Durante los días anteriores y en una coincidencia que muchos califican de histórica, todos los partidos políticos, incluyendo al Comunista, se han agrupado alrededor del presidente de la Democracia Cristiana, apoyándolo sin reservas ni trampas para que pueda organizar un gobierno fuerte, que rescate a Italia de la profunda crisis que atraviesa, crisis en la cual, los grupos terroristas tienen su cuota significativa, secuestrando y matando.

El abuelo está listo para salir, está esperando al guardaespaldas principal y asistente personal y habla con el nieto. Si el espectador de la pelicula "El caso Moro" está atento, sabrá descubrir una premonición de lo que viene: están hablando sobre la fábula del lobo y de cómo el cazador logra matarlo. Unta un cuchillo de sangre, lo acerca a la lengua del animal, éste lo lame, se corta la lengua y poco a poco va desangrándose mientras huye por el bosque. Entonces se muere.
Cuando el político se desangre, los espectadores comprenderán.

"El caso Moro", basada en el libro periodístico de Robert Katz, es la segunda película del realizador Giuseppe Ferrara, quien en su salida inicial ya se había sentido fascinado y atormentado ante el espectáculo de la violencia política en Italia, contando en "Los cien días de Palermo" la historia del general Dalla Chiesa, nombrado por el gobierno jefe militar en Sicilia con la expresa misión de frenar las actividades desbocadas de la mafia y asesinado justamente a los 100 días, cuando los delincuentes se sentían acorralados. La forma como Ferrara reconstruyó ese itinerario demencial, en esas calles con casas blancas y destellantes, con mujeres de negro y hombres que jamás miran a los ojos de los extraños, una forma periodística y austera, sin adornos cinematográficos, ha pasado como ejemplo de un cine sin concesiones al espectador. Esa misma intención, ese mismo lenguaje, esa misma atmósfera desbocada y sangrienta se sienten en esta crónica sobre los 55 días de cautiverio que debió padecer Aldo Moro, desde esa mañana de marzo de 1978 cuando el automóvil oficial en que se movilizaba, seguido por un vehículo con sus escoltas, chocó con otro, al que le habían dañado las luces traseras. La operación montada por las Brigadas Rojas, tomó por sorpresa a todos, policías, políticos y líderes religiosos para quienes ese hombre que era profesor universitario, amigo personal del Papa y mediador eficaz en las disputas internas de la Democracia Cristiana, era todo un símbolo.

El secuestro y posterior asesinato de Moro han pasado a la Historia como ejemplo de insania, ineficacia política y ceguera por parte de los grupos terroristas, en medio del desmoronamiento de las instituciones italianas que eran supuestamente preservadas por un gobierno incapaz de tomar cualquier decisión en esos momentos angustiosos.

Si el espectador, atraído por ciertas coincidencias, quiere encontrar en la película de Ferrara (la actuación de Gian María Volonté como Moro es soberbia, contenida y ejemplar) tomas espectaculares, cacerias al estilo Hollywood y enfrentamientos emocionantes a lo Costa Gavras, seguramente se sentirá desilusionado: aquí la profunda carga de violencia que sacude la pelicula, la desesperación, el suspenso aunque ya se conozca el desenlace, el dolor, la angustia, se alimentan de las escenas que surgen de las relaciones que se establecen entre los secuestradores y su cautivo, del caos que se apodera de Italia--en todos sus órdenes--y de cómo poco a poco Aldo Moro va quedándose solo porque sus amigos, copartidarios) simpatizantes, están demasiado enredados tratando de analizar las bases de ese Establecimiento amenazado se olvidan del hombre que está en cerrado en un cubículo.

En octubre de 1978, el novelista Alberto Moravia escribió sobre este caso: "Entre más hablamos de Moro más nos acercamos a entender por qué es una tragedia italiana y por qué Italia es trágica". Esta afirmación se siente a lo largo de la película, desde el momento en que el secuestro se produce en medio del silencio de una calle lateral, hasta cuando el cadáver es encontrado en el baúl de un Renault 4 rojo, cubierto por una manta agujereada muchas veces. A lo largo de esos cincuenta y cinco días todos se reunirán, discutirán, hablarán en voz alta, sacarán sus temores y fantasmas, apelarán a la legalidad, rechazarán las demandas de los terroristas estarán a pocos metros del apartamento donde tienen a Moro, buscarán la inútil mediación del Papa, se mirarán al espejo y llegarán a la triste conclusión de que, por simples principios de Estado, Moro no puede ser canjeado por prisioneros terroristas.
Entonces, la película adquiere otra dimensión: entran en juego las numerosas, largas y pacientes cartas escritas a mano por un Moro que no pierde la paciencia pero, como conoce muy bien a sus compañeros de la Democracia Cristiana y conoce demasiado a los italianos, sabe que no tiene salvación y que los secuestradores irán hasta el final. Entonces escribe a su mujer (interpretada por la actriz Margarita Lozano, la que hace de abuela-bruja en "La mitad del cielo", de Manuel Gutiérrez Aragón) a sus amigos, a los periodistas, a los políticos, especialmente a los de su partido y con su tono de siempre les dice la verdad que ellos, en esos momentos, no quieren escuchar ni recordar. Les echa en cara su falta de coraje, su indecisión, les anticipa que será sacrificado y que mientras ellos, igual que los bizantinos, discuten y gritan, los terroristas ya han tomado su decisión.

No es fácil hacer cine político, porque la primera trampa en que caen el realizador y el guionista es el panfleto, el discurso altisonante y obvio en busca de ese espectador cada vez más reacio a las peliculas mal contadas.
Guillo Pontecorvo logró la que puede considerarse obra maestra del género, "La batalla de Argel", con esas tomas de noticiero por los laberintos de la Casbah, mientras los franceses saben que están dando una pelea perdida anticipadamente. Lo mismo hizo Costa Gavras con "Z" y "La confesión", mezclando los elementos del cine policiaco con lo político, y la fórmula le funcionó. También habría que mencionar las peliculas de Francesco Rossi en los setenta, con sus historias de jueces agujereados y funcionarios que mueren en accidentes aéreos provocados, sólo porque defienden el petróleo italiano de las trasnacionales. Y las películas de Saura, mientras estaba Franco, y las historias contados por los cubanos, agresivas y cargadas de humor. Ferrara es heredero de este género que va de un extremo al otro y ha preferido la mesura, la contención narrativa.
Prefiere quedarse en ese escenario reducido con Moro que escribe cartas incómodas, los secuestradores que van perdiendo terreno y una nación trágica, humillada, ridícula, incapaz de salvar a uno de sus mejores hombres: el auténtico significado de la película, su verdadero alcance se sienten en esas escenas finales, cuando el presidente de la República busca fórmulas con ministros y militares, sueltan frases huecas y formales, intercaladas con la ejecución de Moro una mañana fría de mayo. Las instituciones por encima de todo y el hombre que podia salvarlas, rescatarlas, sacrificado por la inutilidad de los demás. --
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