Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2015/10/31 22:00

Andre Agassi: una vida

Las cautivantes memorias del carismático y polémico ex número uno del tenis y ganador de ocho Grand Slams.

Andre Agassi
Open. Memorias
Duomo, 2014
475 páginas


Cómo no leer la biografía de un gran tenista que en la primera página dice: “Juego al tenis para ganarme la vida, aunque odio el tenis, lo detesto con una oscura y secreta pasión, y siempre lo he detestado”. Además de la curiosidad por resolver semejante paradoja, quedamos enganchados por el deseo de conocer la parte “oscura” de esa “secreta pasión”.

Antes de explorar la causa de aquella pasión ambigua, debemos leer primero una emocionante crónica durante el Abierto de los Estados Unidos en 2006: en la segunda ronda se enfrentan Marcos Baghdatis y Andre Agassi, que ha anunciado su retiro. Este podría ser el último partido como profesional del jugador de 36 años que, no obstante su carisma y sus ocho Grand Slams ganados, ha tenido una carrera polémica y con muchos altibajos (después de ser el número uno del mundo llegó a descender al puesto 141 del ranking). En la noche neoyorquina, en un partido que no es un partido cualquiera, su principal rival no es el joven y talentoso chipriota que tiene al frente (número ocho del mundo) sino, como siempre, él mismo, su mente -“el tenis es ese deporte en el que hablas contigo mismo”- y su cuerpo: siempre hay un dolor, alguna lesión que le pasa su cuenta de cobro a los jugadores de alto rendimiento.

Las memorias de Andre Agassi comienzan por el final y planteando un interrogante. Fueron escritas por alguien que conoce el oficio de narrar. No queremos dejar de leerla (Rosa Montero dice que la mantuvo toda la noche sin dormir). Por supuesto que no es Agassi el responsable sino J. R. Moehringer, un premio Pulitzer de periodismo y el autor de otras impresionantes memorias, las suyas: The Tender Bar. Aunque no aparezca en los créditos, Moeheringer no es un ghostwriter (escritor fantasma o ‘negro’) sino caso extraño de un buen escritor de perfil bajo que se identificó con el personaje que lo contrató y no quiso restarle protagonismo. “Le pedí en numerosas ocasiones a J. R. que firmara este libro. Pero a él le pareció que solo un nombre podía figurar en la cubierta”, aclara Agassi en los agradecimientos.

Muy pronto sabremos quién es el causante de esa relación amor-odio de Agassi con el tenis: Mike, su padre, un iraní de origen armenio, muy pobre, que se apasionó por ese deporte viendo a los soldados norteamericanos en Irán. Se cambió el nombre, emigró a Chicago, se casó con una gringa y terminó trabajando en un casino de Las Vegas. Allí, en un suburbio, construyó con sus propias manos una cancha de tenis. Siempre con su obsesión y su frustración: compitió en boxeo en los Juegos Olímpicos de Londres en 1948 y sentía que le habían robado una medalla. Cambió el deporte y el instrumento de la venganza: alguno de sus cuatro hijos tendría que ser el tenista número uno del mundo. Por descarte, le correspondió al menor, Andre, quien desde los 7 años tuvo que enfrentarse al ‘Dragón’, una infernal máquina inventada por él, que despedía miles de pelotas de tenis al día. Una tortura de la cual no se podía escapar fácilmente: Mike era un hombre violento y autoritario que tenía para su hijo un destino prefigurado. El siguiente lugar de reclusión fue la famosa academia de tenis de Nick Bollettieri, un ambicioso cazatalentos.

Agassi brilló muy joven pero tardó años en ganar su primer Grand Slam. Y luego de ganar otros dos, hizo todo lo posible por autodestruirse y echarlo todo por la borda. Un rebelde con causa pero sin el aliento suficiente. Nadie le creía pero era auténtico: de verdad odiaba el tenis. “¿Y quién no?”, le dio a entender su actual pareja, Steffi Graf, también víctima de otro padre obsesionado por el triunfo. Creo que el gran logro de estas memorias –y por eso son de interés incluso para una persona a la que no le interese el tenis- es que consigue ser la historia de una persona que busca hacer las paces con su destino. Y que es capaz de mostrarse sin retoques y reírse de sí mismo. No cualquiera confiesa haber sido mentiroso en un asunto público de consecuencias o haber estado a punto de hacer un ridículo mundial con su peluquín.

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