Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2000/07/03 00:00

Crítica del intelectual

SEMANA reproduce de la revista ‘Análisis Político’ la posición de Antonio Caballero ante un tema que está caliente: el papel de los intelectuales.

Crítica del intelectual

Me invitaron para que, a manera de presentación de la montaña de libros que publica el Iepri, hablara sobre cuál debe ser hoy y aquí, es decir, en estos terribles tiempos y en este desgraciado país, el papel de los intelectuales. A mi modo de ver, debe ser el papel de siempre y el mismo que en cualquier parte: la crítica.

Fue el papel de Sócrates, a quien considero el primer intelectual crítico —aunque suene a pleonasmo— de la historia de Occidente. Fue el papel del profeta Jeremías, o el de los humanistas del Renacimiento, de Pico de la Mirandola a Erasmo de Rotterdam. Fue el papel de Voltaire, a quien tengo por paradigma del intelectual. Es verdad que esa palabra, en sustantivo, no empieza a usarse sino mucho más tarde, a finales del siglo XIX, con motivo del affaire Dreyfus y del famoso artículo ‘Yo Acuso’ que escribió Emile Zola. Pero ya desde el siglo de las Luces, desde los enciclopedistas y Voltaire, existe el concepto: el del escritor que practica su oficio no como artista o como clérigo, sino como comentarista independiente.

Independiente. Nadie, por supuesto, sea intelectual de profesión o trabajador manual, o monarca absoluto, o Papa de Roma, es nunca verdaderamente independiente. Pero para la práctica del oficio de intelectual —porque se trata de una práctica— es necesario (y perdónenme la perogrullada) el más alto grado posible de independencia intelectual. Por ello no considero intelectuales, en la medida en que no ejercen con independencia su tarea de críticos, a esos que Gramsci llamó “intelectuales orgánicos”. Sean de partido (o sean el partido mismo, “intelectual colectivo”), o de una Iglesia. No son intelectuales, cualquiera que haya sido el valor intelectual de su obra, ni Santo Tomás de Aquino ni Mao Tse-Tung, que escribieron tanto y sobre tantas cosas. Ni tampoco el propio Marx, desde el momento en que se convirtió en ideólogo oficial y jefe político de un partido, por insignificante que fuera en ese momento su partido. Aunque, claro, Marx era demasiado independiente, y demasiado intelectual, para que consiguiera dejar de serlo: aunque escribiera en nombre de la Internacional Socialista, y no de su propia conciencia, y para su propia conciencia. Para su convicción, en términos de Max Weber.

Para su propia conciencia, pero en la sociedad. Sólo se es intelectual en un contexto social. Montaigne, por ejemplo, que escribía sólo para sí mismo y cuyos Ensayos sólo fueron conocidos después de su muerte, no es un intelectual en el sentido en que estoy usando el término: ni buscaba ni tenía influencia alguna sobre la sociedad de su tiempo. El intelectual aspira a influir sobre la sociedad y sobre su tiempo mediante el instrumento que ya mencioné: la crítica, una crítica generalizada. Crítica de las ideas, naturalmente. Pero también de las costumbres y la autoridad. Crítica del poder político, del poder económico y el espiritual. Hablé antes de Jeremías, pero tal vez me precipité al hacerlo porque lo cierto es que no le cuadra bien el nombre de intelectual. Criticaba a los reyes de Israel y a su pueblo corrompido, pero no criticaba a su Dios. Por el contrario, él era la voz de su Dios. En este sentido, tampoco los grandes fundadores de religiones pueden ser llamados intelectuales: no están ejerciendo la crítica, sino imponiendo la autoridad. Un intelectual es menos que eso; pero también es más. No está por encima, sino por fuera.

No por fuera de la vida, ya dije, ni de la sociedad. El ejercicio intelectual es un oficio independiente, pero comprometido. Puede ser peligroso, como lo ilustra el caso de Sócrates obligado a beber la cicuta. El intelectual no vive en la tan mentada torre de marfil. Vive en la sociedad que lo hizo, y piensa sobre ella y para ella, pero dejándose condicionar por ella lo menos posible, lo menos deliberadamente posible. No debe creer, como Marx, que la función del filósofo consiste en cambiar el mundo, ni como Platón, que consiste en gobernarlo. El intelectual puede militar en la política, claro está, pero no como intelectual, sino como ciudadano. Y puede tener fobias, filias, intereses y caprichos, pero no debe dejar que le nublen su lucidez crítica. Tal vez parezca que estoy confundiendo los términos de intelectual y de filósofo, por los ejemplos que pongo. No es así. Comparado con el filósofo, el intelectual es mucho más de su momento. Así como al lado del militante, el intelectual es mucho menos de su partido.

Entonces, ¿desde dónde escribe el intelectual?

Un paréntesis. Digo que el intelectual “escribe”. O, si ustedes prefieren, que habla. Porque no tomo en cuenta como intelectuales ni a los artistas, ni a los poetas, ni a los matemáticos, salvo cuando hacen declaraciones. Einstein, por ejemplo, que revolucionó la física y el concepto que tenemos de universo, no era un intelectual cuando hacía cosas extraordinarias. Pero sí lo era cuando hacía algo tan anodino como escribirle una carta al Presidente de los Estados Unidos pidiendo que suspendieran los ensayos nucleares. Los intelectuales son “los abajo firmantes”, con toda la carga de impotencia que eso implica. Y, a la vez, con toda su carga de libertad. Intelectual no es el que crea, ni el que descubre, ni el que inventa, ni el que reflexiona: sino, más modestamente, el que opina. Y se opina por escrito, o hablando: de palabra. O en rigor, por el silencio .

Aunque no creo que la función del intelectual deba ser nunca la de guardar silencio. En eso tenía razón Quevedo, poeta y por añadidura poeta cortesano; y que no era un intelectual en el sentido en que vengo usando la palabra, ni cuando componía sonetos de amor metafísico ni cuando redactaba laboriosos libros de doctrina. Pero sí cuando escribía esa famosa Epístola al ministro Olivares que comienza diciendo:

No he de callar, por más que con el dedo /
Tocando ya la boca o la frente /
Silencio avises o
amenaces miedo...

El intelectual no debe callar. Y debe esforzarse por no tener miedo. Ahora, la pregunta: ¿Desde dónde escribir, opinar, hablar, en resumen, desde dónde debe “no callar” un intelectual? Desde la convicción, ya dije; y a la vez desde la responsabilidad: no creo que sean tan excluyentes ambas. Pero la pregunta se refiere, más que a la posición intelectual, al sitio físico: ¿En dónde debe opinar un intelectual?

Eso depende, claro, de para quién hable. Sócrates, que hablaba para los jóvenes de Atenas, hablaba en la calle. Quevedo ponía su Epístola doblada bajo la servilleta del ministro, porque hablaba para el ministro. Lenin, que hablaba para las masas, lo hacía desde una tribuna. El intelectual que se dirige a otros intelectuales escribe artículos en revistas académicas o libros. El que habla para sus alumnos tiene una cátedra en la universidad. Todos esos sitios están bien, sí, y son todos necesarios. Pero vuelvo al principio: hoy y aquí. Y creo que el sitio más adecuado para un intelectual, en este lugar y en este país, son los periódicos.

Yo mismo decía, hace apenas quince días, que escribir en los periódicos en este país es clamar en el desierto. No es que haya cambiado de opinión en dos semanas: me sigue pareciendo una tarea bastante estéril. Y sin embargo, creo que pese a todo, en un país donde quienes leen apenas leen el periódico, es el sitio donde un intelectual debe estar. Como estuvo Zola hace cien años denunciando la abominación del caso Dreyfus en un periódico popular de Francia. Porque el intelectual, al que he definido como modesto opinador, no debe en mi opinión limitarse a opinar para unos pocos: ese es un lujo de poetas. Debe tratar de alcanzar la más amplia audiencia posible. No para tener eco —otro lujo de poetas—, sino para tener efecto: el intelectual es un oficio práctico. Por eso considero modelo de intelectual a Voltaire, que escribía para el teatro, y componía versos y publicaba novelas. Lo contrario de lo que hacía su contemporáneo Leibniz, que sólo escribía artículos abstrusos en publicaciones científicas. Por eso me parecen grandes intelectuales de este siglo —con lo cual quiero decir intelectuales eficaces—, el inglés Bertrand Russel o el español José Ortega y Gasset, o el francés Jean-Paul Sartre. O para nombrar a uno que todavía está activo, el norteamericano Noam Chomsky. Todos ellos, además de dedicarse a hondos estudios de lógica matemática o de lingüística o de metafísica escribían en los periódicos, y hasta fundaban periódicos: porque no querían que la influencia de sus opiniones se redujera al ámbito estrecho de la academia, sino que aspiraban a llegar al más amplio de eso que se llama, justamente, opinión pública.

Tal vez, esté diciendo estas cosas porque no soy metafísico, ni lingüista, ni lógico matemático, sino simple periodista. No pertenezco a la “crema de la intelectualidad”, como la llamaba Agustín Lara sino sólo al primer escalón. Pero también los simples periodistas de opinión podemos aspirar a la noble tarea del intelectual, puesto que ella consiste sencillamente en opinar. Y supongo que por eso me han invitado a presentar estos libros.

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