Domingo, 22 de enero de 2017

| 1985/10/14 00:00

CRITICA LITERARIA, HOMBRE Y SOCIEDAD

De la misma generación que Faulkner, Dos Passos y Hemingway, en forma injusta Wilson quedó olvidado

CRITICA LITERARIA, HOMBRE Y SOCIEDAD

EDMUND WILSON. "La herida y el arco". (Ensayos). México D.F. Fondo de Cultura Económica, 1984. 364 págs.
Cuando en los años treinta, en el panorama de las letras norteamericanas aparece una nueva generación de escritores --aquella que Gertrude Stein llamó la generación perdida-- la crítica literaria atravesaba por una época de crisis. Si exceptuamos a T.S. Eliot y a Ezra Pound, la orfandad sería casi total. Era una época de transición y de incertidumbre, que se aviene mal con los principios de la reflexión. Una época que presentaba una situación similar a la que encontramos referida en la objeción de John Stuart Mill quien advirtió en su tiempo que "los hombres han superado sus viejas instituciones y doctrinas sin que todavía tengan otras nuevas".
Las obras de la nueva ficción nortearnericana de los años treinta carecían de una respuesta crítica, cuya resonancia pudiera ampliar sus efectos en el comentario pertinente de la referencia literaria. Sin embargo, este estado de cosas vino a cambiar desde el momento en que una figura importante fue creciendo como un gigante de las letras y cuyo dominio en el panorama de la literatura norteamericana durante casi medio siglo fue definitivo: el nombre de Edmund Wilson es ya la invocación al primer crítico de las letras norteamericanas.
Habiendo nacido en 1895, Wilson perteneció a la generación formidable de William Faulkner, de John Dos Passos, de Ernest Hemingway, de Scott Fitzgerald, de Vpton Smclaire; y aunque la fama de Wilson y su gloria fueron durante un tiempo una reserva, su espíritu estuvo a la altura de los mejores, a quienes reconoció sus méritos en sus comentarios críticos y con los que contribuyo, con pasión, y su reputación pública, que luego se tradujo en fama y gloria literaria.
Wilson tenía un fino olfato y una elegante suspicacia para reconocer el talento allí donde se presentara, aunque éste apenas apareciera tímido o en un estado de tosquedad, para otros difícil de discernir.
Pero si Wilson descubrió el talento de Hemingway, también le jugó arriesgadas cartas laudatorias al nombre de Dos Passos y a William Faulkner, después de rescatar de un injusto olvido la obra de Edith Wharton. Pero aún así, lo que más importa en la valiosa obra de Wilson es su exigencia intelectual, en la que la elevación del carácter, el rigor siempre vigilante y sugerente, y su justa estimación de los fines de la vida, define su actitud vital. Los fines de la vida reflejándose en la literatura.
Los análisis que Wilson realizó acerca de las obras de autores tan exigentes como Proust, Valery, Joyce, Eliot, Yeats, son un triunfo de la claridad de juicio y también de la imagiación creadora aplicada para expoer sus puntos de vista críticos con una gran vivacidad de matices. Así, lo que Edmund Wilson escribió respecto su maestro, Christian Gauss, puede aplicarse al propio Wilson: "La noión genuina de la crítica literaria es ésta: una historia de las ideas y las imágenes forjadas por el hombre en el marco de las circunstancias que le dieron forma". Para Wilson es inseparable, pues, la comprensión de las circunstancias, que son modeladoras; y por tanto buscará en la obra literaria rondar incitantemente, con preguntas acerca de las relaciones del hombre y la sociedad. Y en estas relaciones se planteará una y otra vez el papel del escritor frente a los hechos de la vida y la sociedad.
El gran común denominador de los ensayos que conforman el volumen de "La herida y el arco", único libro suyo hoy disponible en castellano, alude a esa relación compleja entre la existencia personal del autor y los contenidos de su conciencia, proyectados en la obra literaria.
En "Filóctetes", una de las tragedias de Sófocles menos conocida, que Wilson estudia, la mordedura de una serpiente en el pie de Filóctetes, que le deja una herida que nunca sana, y que lo obligará a un destierro de diez años en una isla desierta, y el legado de un arco recibido de Apolo, cuya flecha jamás falla su blanco, constituyen al fin un símbolo: el de "la fuerza superior como algo inseparable de la invalidez" Así, la infancia de Dickens, torturada y desesperada, en "Dickens: los dos Scrooges" y la vivida y padecida por Kipling en "El Kipling que nadie leyó", se hace evidente el procedimiento de Wilson, las claves que descubren los antecedentes de las obras literarias, pero que sólo son momentáneos puntos de apoyo de los que se sirve para desarrollar sus posteriores observaciones críticas.
Tras la lectura de "La herida y el arco", que reúne siete ensayos magistrales, el lector queda persuadido de que Wilson transformó y enriqueció el panorama de la literatura que fue objeto de sus meditaciones, puesto que a través de ellos descubrimos nuevos rasgos y sutilezas que amplían las posibilidades de la lectura.
Los poemas de Rilke, Yeats, Eliot, la poesía erótica de Nerval, la obra de Joyce, tuvieron que esperar un largo tiempo para encontrar su interpretación adecuada; también ha sido necesario un largo tiempo para que la obra de Wilson tenga la resonancia que merece. Con razón el Times de Londres dijo de él que era "el hombre de letras más ilustre de Norteamérica".--
Enrique Pulecio

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