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| 4/6/2016 11:27:00 AM

Cuando la ciencia se vuelve música

Aunque en la actualidad el Theremín y el Moog Modular son instrumentos musicales poco conocidos, durante el siglo XX causaron una verdadera revolución en la historia de la música.

El pasado 9 de marzo se conmemoró el 105º. aniversario de Clara Rockmore, la interprete más importante del Theremín (uno de los primeros instrumentos electrónicos que se ejecutan sin tener contacto físico con este); cinco días después murió Keith Emerson, teclista de la agrupación Emerson Lake and Palmer y uno de los maestros en la interpretación del Moog Modular, un sintetizador análogo de grandes proporciones que podría reproducir millones de sonidos.  

Detrás de ambos acontecimientos y de ambos instrumentos se esconden las historias de dos científicos apasionados por la música que utilizaron sus conocimientos para llevar cabo una verdadera revolución en el mundo musical.

Creador de música en el aire

El primero de ellos fue el ruso Lev Serguéyevich Termén, que en la alborada de la Revolución Bolchevique creó el Theremín, un aparato extraño compuesto por una antena horizontal y otra vertical que forman un campo electromagnético, que al ser alterado por las manos del intérprete produce una especie de sonido “futurístico”.

Era tan extraño el invento, que Termén rápidamente abrazó la fama en Rusia y en el mundo. Se dice que Lenin y sus camaradas quedaron tan maravillados con su sonido, que lo enviaron a Europa y a Estados Unidos a dar conciertos, y, de paso, mostrar la superioridad y la grandeza del nuevo régimen bolchevique. En esa correría por el mundo rápidamente se fascinó por el mundo burgués, tanto que cambió su nombre ruso por el afrancesado León Theremín.

Sus conciertos y fama lo condujeron a Estados Unidos, donde tocó con la Filarmónica de Nueva York en 1928 y un año después, en contravía de la ideología bolchevique, firmó un astronómico contrato por 100.000 dólares con la RCA para manufacturar y comercializar el Theremín. Aunque, según Albert Glinsky, biógrafo de Termén, su vida burguesa era una fachada para la verdadera misión encomendada por los soviéticos: espiar a los países capitalistas.

Durante su permanencia en Nueva York, Theremín montó su laboratorio y continuó creando instrumentos sorprendentes como el Rhythmicon, la primera caja de ritmos de la historia. Todo parecía ir bien para este dandi comunista (valga la pena el oxímoron), tenía fama y éxito hasta que la comercialización de su invento no llenó las expectativas comerciales de la RCA, que dejó de fabricarlo. Arruinado, regresó a la Unión Soviética, donde fue víctima de las purgas ordenadas por Stalin. Theremín, acusado de contrarrevolucionario, fue condenado a diez años de reclusión en un laboratorio-prisión.             

El rey del sintetizador

En el momento en que el inventor ruso finalizaba su condena, en el otro extremo del mundo, un joven de 15 años construía su primer Theremín. Su nombre era Robert Arthur Moog, segundo protagonista de esta historia.

Con tan solo 21 años, este pianista aficionado creó una compañía para continuar la labor que la RCA había abandonado: construir y fabricar theremines, que por esa época eran usados con furor en las películas de ciencia ficción, de terror y en el cine B de Hollywood. Al tiempo, Robert continuó sus estudios de física e ingeniería eléctrica. En 1964, un año antes de terminar su doctorado en ingeniería física, Moog presentó al mundo su sintetizador modular, que tenía el tamaño de un armario.

Este nuevo instrumento contaba con un teclado de piano al que se le conectaban distintos módulos compuestos por circuitos eléctricos. Para crear los distintos sonidos el músico tenía que intercambiar la conexión de los cables al estilo de una telefonista de los años 60. El invento cayó de perlas en las nuevas tendencias musicales de la época. La música culta había derivado en movimientos como el fluxus y la música concreta que buscaban trabajar con nuevos sonidos e instrumentos.

En los 60 aparecieron el rock y la psicodelia, y centenares de bandas encontraron en el Moog un instrumento con el que podían ampliar su experimentación musical. Aparecieron maestros en interpretación del descomunal instrumento como Keith Emerson, teclista de Emerson Lake and Palmer, y Rick Wakeman, que lo utilizó en sus legendarios albúmenes Las seis esposas de Enrique VIII y Mitos y leyendas del rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda.

Para aumentar la comercialización del Moog, en 1971 Robert lanzó al mercado el Minimoog, una versión más pequeña en la que los módulos se reemplazaron por una pequeña consola con perillas. La nueva versión del sintetizador de Robert rápidamente se popularizó en el rock, el progresivo y hasta en el naciente funk.

A pesar del apogeo del Moog, el Theremín no fue abandonado y muchas agrupaciones también acogieron su uso, incluso Pink Floyd utilizó ambos instrumentos en sus álbumes.

Al tiempo que el Moog y el Theremín eran utilizados en la música clásica y en el rock, Robert era cada vez más millonario y León colaboraba con la KGB para crear artefactos utilizados en el espionaje contra Estados Unidos y el bloque de países occidentales. En 1993, dos años después de la caída del muro de Berlín, murió Termén, no sin antes haber vuelto a viajar por Europa y Estados Unidos, en donde recibió homenajes y galardones, como lo había hecho en la década de los 20.

Doce años después, murió Robert Moog. El deceso de ambos supuso el fin de una época de la historia en la que la música electrónica se realizaba análogamente. En los últimos años de vida de ambos inventores ocurrió la transición del sonido análogo al digital. En la actualidad ya no son necesarios los cables, ni las antenas, ni los condensadores para hacer música. Ahora un músico con un computador y un teclado puede crear los millones de sonidos que emiten el Moog y el Theremín, instrumentos que pueden estar condenados al olvido pero que hicieron una gran contribución a la música electrónica, en especial al rock y a la cultura del siglo XX.


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